viernes, 21 de junio de 2013

Leyenda de Abgar

El historiador Eusebio registra una tradición (Hist. Ecl., 1.12) en la que él mismo cree firmemente, respecto a una correspondencia que tuvo lugar entre Nuestro Señor y el potentado local en Edesa. Tres documentos se relacionan con esta correspondencia:
  • la carta de Abgar a Nuestro Señor;
  • la respuesta de Nuestro Señor;
  • una imagen de Nuestro Señor, pintada durante la vida de Él.
Esta leyenda gozó de gran popularidad, tanto en Oriente como en Occidente, durante la Edad Media: la carta de Nuestro Señor era copiada en pergamino, mármol y metal, y era usada como talismán o amuleto. En la época de Eusebio se pensaba que las cartas originales, escritas en siríaco, estaban guardadas en los archivos de Edesa. En nuestros días, poseemos no sólo un texto sirio, sino también una traducción en armenio, dos versiones griegas independientes, más cortas que la siria, y varias inscripciones en piedra, todas ellas discutidas en dos artículos en el “Dictionnaire d’archéologie chrétienne et de liturgies” cols. 88 ss. y 1807 ss. Las únicas dos obras a consultar referentes a este problema literario son la “Historia Eclesiástica” de Eusebio, y la “Doctrina de Addai,” la cual afirma pertenecer a la época apostólica.
De acuerdo a estas dos obras, la leyenda se desarrolla de la siguiente manera: Abgar, rey de Edesa, quien sufre de una enfermedad incurable, ha oído la fama del poder y los milagros de Jesús y le escribe, rogándole que venga y lo cure. Jesús no acepta, pero promete enviar un mensajero, dotado de Su poder, llamado Tadeo (o Addai), uno de los setenta y dos discípulos. Las cartas de Nuestro Señor y del rey de Edesa varían en la versión que da Eusebio y la de la “Doctrina de Addai.” La siguiente está tomada de la “Doctrina de Addai,” ya que es menos accesible que la Historia de Eusebio:
“Abgar Ouchama a Jesús, el Buen Médico, que ha aparecido en el territorio de Jerusalén, saludos: He oído de Vos, y de Vuestra sanación; que Vos no usáis medicinas o raíces, sino por Vuestra palabra abrís (los ojos) de los ciegos, hacéis que los paralíticos caminen, limpiáis a los leprosos, hacéis que los sordos oigan, cómo por Vuestra palabra (también) curáis espíritus (enfermos) y aquellos atormentados por demonios lunáticos, y cómo, de nuevo, resucitáis los muertos a la vida. Y, al conocer sobre las maravillas que Vos hacéis, me he dado cuenta de que (de dos cosas, una): o habéis venido del cielo, o sois el Hijo de Dios, quien hace que sucedan todas estas cosas. Por lo cual le escribo a vos, y le ruego que venga a mí, quien adora a Vos, y sane toda la enfermedad que sufro, según la fe que tengo en vos. También he sabido que los judíos murmuran en contra Vuestra, y Os persiguen, que buscan crucificaros y destruiros. Poseo únicamente una pequeña ciudad, pero es bella, y lo suficientemente grande para que nosotros dos vivamos en paz.”
Cuando Jesús recibió la carta, en la casa del sumo sacerdote de los judíos, le dijo a Hanán, el secretario, “Id, y decid a vuestro amo, quien os envió a Mí: ‘Feliz seáis, vos que habéis creído en Mí, sin haberme visto, porque está escrito de mí que quienes me vean no creerán en Mí, y que aquellos que no me vean creerán en Mí. En cuanto a lo que habéis escrito, que debería ir a vos, (he aquí, que) todo a lo que fui enviado aquí está terminado, y subo de nuevo a Mi Padre quien me envió, y cuando haya ascendido a Él os enviaré a uno de Mis discípulos, quien sanará todos vuestros sufrimientos, y (os) dará la salud de nuevo, y convertirá a todos aquellos con vos a la vida eterna. Y vuestra ciudad será bendecida por siempre, y el enemigo nunca prevalecerá sobre ella.’” De acuerdo a Eusebio, no fue Hanán quien escribió la respuesta, sino Nuestro Señor mismo.
Ha surgido un crecimiento legendario curioso a partir de esta ocurrencia imaginaria. Se ha discutido seriamente la naturaleza de la enfermedad de Abgar, al crédito de la imaginación de varios escritores, sosteniendo que era gota, otros que era lepra; los primeros diciendo que había durado siete años, los últimos descubriendo que el enfermo había contraído su enfermedad durante una visita a Persia. Otros historiadores, nuevamente, sostienen que la carta fue escrita en pergamino, aunque algunos favorecen al papiro. Sin embargo, el pasaje crucial en la carta de Nuestro Señor es el que promete a la ciudad de Edesa la victoria sobre todo enemigo. Le dio al pueblecito una popularidad que desapareció el día en que cayó en manos de conquistadores. Fue una inesperada conmoción para aquellos que creían en la leyenda; estaban más dispuestos a atribuir la caída de la ciudad a la ira de Dios contra sus habitantes, que a admitir el fracaso de una protección en la que en ese tiempo se confiaba no menos que en el pasado.
El hecho relatado en la correspondencia desde hace tiempo dejó de tener algún valor histórico. En dos lugares, el texto está tomado del Evangelio, lo cual de por sí es suficiente para refutar la autenticidad de la carta. Por otra parte, las citas son hechas no de los propios Evangelios, sino de la famosa concordancia de Taciano, compilada en el siglo II, y conocida como el “Diatesarón”, fijando así la fecha de la leyenda en aproximadamente mediados del siglo III. Sin embargo, además de la importancia que obtuvo en el ciclo apócrifo, la correspondencia del Rey Abgar también ganó un lugar en la liturgia. El decreto “De libris non recipiendis”, del pseudo-Gelasio, coloca la carta entre los escritos apócrifos, lo cual puede, posiblemente, ser una alusión al hecho que haya sido interpolada entre las lecturas oficialmente autorizadas de la liturgia. Las liturgias sirias conmemoran la correspondencia de Abgar durante la Cuaresma. La liturgia celta parece haber concedido importancia a la leyenda; el “Liber Hymnorum”, un manuscrito conservado en Trinity College, Dublín (E. 4, 2), da dos colectas sobre las líneas de la carta a Abgar. Tampoco es del todo imposible que esta carta, seguida de varias oraciones, pueda haber conformado un oficio litúrgico menor en ciertas iglesias.
El relato dado por Addai contiene un detalle al que se puede hacer referencia aquí brevemente. Hanán, quien escribió lo que Nuestro Señor le dictó, era archivero en Edesa y pintor del Rey Abgar. Se le había encargado pintar un retrato de Nuestro Señor, tarea que llevó a cabo, trayendo de regreso consigo a Edesa una pintura que llegó a ser objeto de veneración general, pero que, después de un tiempo, se dijo que había sido pintada por el mismo Nuestro Señor. Al igual que la carta, el retrato estaba destinado a ser el núcleo de una legendaria evolución; el “Santo Rostro de Edesa” era principalmente famoso en el mundo bizantino. Debe ser aquí suficiente una indicación mínima de éste hecho, sin embargo, ya que la leyenda del retrato de Edesa forma parte del extremadamente difícil y oscuro tema de la iconografía de Cristo, y de las pinturas de origen milagroso llamadas acheiropoietoe (“hechas sin manos”).

Fuente: Leclercq, Henri. "The Legend of Abgar." The Catholic Encyclopedia. Vol. 1. New York: Robert Appleton Company, 1907. <http://www.newadvent.org/cathen/01042c.htm>.
Traducido por Leonel Antonio Orozco. L H M.

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