miércoles, 31 de julio de 2013

MATUSALÉN Y LA LONGEVIDAD DE LOS DESCENDIENTES DE ADÁN.

Retrato de un viejo con barba, cuadro de Rembrandt. Colección particular.
Retrato de un viejo con barba, cuadro de Rembrandt, 1963. Colección particular.

El relato del capítulo 5 del Génesis ofrece una lista con la edad de los descendientes de Adán, el primer hombre, y casi todos superan los 900 años. Este sería el resumen:

Adán murió a la edad de 930 años, su hijo Set, a los 912; el hijo de este, Enós, a los 905; y el hijo de este, Quenán, a los 910; el hijo de este, Majlael, a los 895; el hijo de este, Yéred, a los 962; Henoc, su hijo, no murió, sino que fue llevado por Dios, pero el hijo de este, Matusalén, murió a los 969 años; y el hijo de este, Lamec, a los 777. Su hijo Noé fue el que sobrevivió al diluvio, y será el último de los longevos.

Tras el diluvio, los seres humanos, por mandato divino, no vivirán más de 120 años.

El relato se puede interpretar desde un lenguaje simbólico que manifiesta que la longevidad es un don de Dios hacia aquellos que escuchan y siguen su mensaje y que el número no es ni literal ni más significativo que una referencia general.

También puede analizarse el texto como un lenguaje real pero en clave numérica distinta, lo que pondría de manifiesto que los años a los que hace referencia tendrían que ser diferentes de los nuestros, pero el problema es que aunque fueran años lunares siguen siendo vidas con una duración poco aceptable en general: o viven demasiado o demasiado poco o procrean demasiado pronto.

El tercer punto de vista es el de los que lo asumen como una realidad literal.

Los avances técnicos en biología nos predicen que seremos capaces de vivir 120 años o incluso más con una alta calidad de vida. Pero esta afirmación plantea muchos interrogantes. Por un lado, la humanidad siempre ha soñado con la inmortalidad y la medicina puede ayudar en cuanto a calidad de vida y longevidad, pero no dejamos de ser seres naturales con una vida limitada. Por otro lado, se plantea la cuestión de si es justo que se invierta tanto dinero en investigar avances médicos costosísimos y solo al alcance de los países desarrollados, mientras otros no tienen ni siquiera acceso a tratamientos médicos básicos.

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