domingo, 23 de marzo de 2014

LOS DRUIDAS: MUY LEJOS DE ASTÉRIX Y OBÉLIX.



Durante siete años César combatió en las Galias, la Francia actual, para anexionar este territorio a Roma, lo que consiguió en el año 50 a.C. Los galos, formados por numerosas tribus, se defendieron con ferocidad, agrupados bajo el mando del gran caudillo Vercingetórix. La batalla definitiva se dio en Alesia (Alise-Saint-Reine) y la ganaron los romanos gracias a una táctica de César, totalmente revolucionaria, en el asedio de esta población. Por su parte los galos la perdieron por carecer de alimentos que hubieran podido remediar comiéndose sus caballos, pero este animal tenía para ellos un carácter sagrado y no fueron capaces de sacrificarlos para salvarse ellos. Su situación llegó a ser tan desesperada que de la ciudadela de Alesia, donde estaban atrincherados, echaron a los enfermos y ancianos que no podían combatir en un intento de soltar lastre que les permitiera resistir un poco más. 

De esta campaña César nos legó Comentarios de la guerra de las Galias , en los que describe con intensidad, brevedad y concisión todos los detalles militares y un cuadro de costumbres magnífico de los pueblos conquistados: religión, la salud, formas de vida ... Ya bien entrado el siglo XX, los franceses Uderzo y Goscinny hicieron un cómic delicioso sobre los galos y los romanos: Las aventuras de Astérix, en el que, despreciando la historia real, los esforzados nativos ponían en serios aprietos a los orgullosos invasores. Entre los muchos personajes que aparecían en este comic tenía una importancia especial el druida, o sacerdote sabio, un ancianito simpático capaz de fabricar una pócima que hacía a los galos poco menos que invencibles. 

Efectivamente los druidas eran los sacerdotes celtas muy respetados por la comunidad gala. Atendían al culto divino e interpretaban los misterios de la religión. Pero además actuaban como jueces para dirimir los problemas de lindes, de herencias, casos de asesinato ... tanto si se trataba de particulares como si se trataba de personajes públicos. Su sentencia era inapelable y al que no quería acatarla se le excomulgaba, lo que constituía el castigo más grande. 

Los druidas estaban bajo un sacerdote superior con autoridad suprema. A su muerte le sucedía aquel que tenía más conocimientos o al que se consideraba con mayores dotes. Si existían dudas se procedía a una votación que, en ocasiones, acababa con las armas en la mano para lograr el primer puesto, aunque los druidas no iban a la guerra ni pagaban tributos. 

Tenían también sus escuelas en las que no estaba permitido escribir lo que se aprendía y cuando lo hacían era con un alfabeto sólo para iniciados. Por lo visto esto tenía una doble finalidad: para que los estudiantes agilizasen su memoria sin fiarse de lo escrito y para que sus doctrinas no fuesen del dominio público, pues en el secretismo y el misterio residía parte del respeto supersticioso que les tenían sus adeptos. 

Creían los druidas en la inmortalidad del alma y en la transmigración de unos cuerpos a otros y estas creencias les hacían enaltecer el valor y despreciar la muerte. Parece que eran buenos astrólogos y poseían muchos conocimientos sobre las virtudes de los animales y las plantas. 

Pero los druidas eran los encargados también de los sacrificios a los dioses, que distaban muchos de ser sencillas ofrendas de flores y frutos. Los galos tenían muchas supersticiones y al igual que todos los pueblos cuando estaban en un gran peligro o enfermaban gravemente, hacían promesas a los dioses. Tales promesas consistían en sacrificios humanos. Consideraban que la ira de los dioses o la conservación de una vida sólo podía lograrse con la ofrenda de otra vida. Los ritos que por ley ejecutaban los druidas eran especialmente cruentos. Entretejían con mimbres figuras enormes y en los huecos se colocaban las víctimas. Se prendían fuego y los sacrificados morían de forma horrible. Según creían a los dioses les agradaban, especialmente, que las ofrendas fueran de delincuentes, pero a falta de éstos no dudaban en sacrificar inocentes. 

iES seguro que muchos de los lectores de Las aventuras de Astérix, están lejos de imaginar que el druida de la historia, con sus vestiduras blancas, un tanto despistado y con su carácter bonachón pudiera dedicarse a semejantes menesteres! Pero ya se sabe que como dice el refrán: "Hay que ver, que pintar como querer."

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