miércoles, 9 de abril de 2014

BAROJA Y NESSI, PÍO


Escritor y novelista español, dueño de una prosa especialmente adecuada para el género novelesco. Pertenece a la llamada generación del 98. Novelista espontáneo, su actitud es natural, jamás recargada ni preciosista. Encarna la sencillez.
      Biografía. N. en San Sebastián, el 28 dic. 1872. Su padre era ingeniero de minas, aficionado a escribir. Su madre (m. en 1935) fue el principal afecto del escritor. Su infancia es bastante nómada, debido a los frecuentes cambios de destino paterno. En 1879 reside en Madrid.En 1881 en Pamplona. En 1884 nace su hermana menor, Carmen, que es una presencia femenina, como su madre, de honda repercusión en su vida. Nuevo traslado a Madrid, donde los hermanos (Ricardo, también escritor) han de estudiar. Ante la necesidad de elegir carrera, B. parece decidirse por Farmacia, pero elige Medicina. Estudiante mediano, prefiere entregarse más a sus narraciones que a su profesión. Escribe dos volúmenes de cuentos que luego destruye. En 1893 se doctora en Madrid con una tesis sobre El dolor. Estudio de psicofísica. Ejerce como médico rural en Cestona (Guipúzcoa), pero se traslada pronto a Madrid para dirigir la fábrica de pan de su tío: «El negocio del pan no marchaba adelante, y si hubiera podido dejarlo y dedicarme a otra cosa lo hubiera hecho con gusto... no sé si tendría (para panadero) más o menos condiciones que para médico», dice en sus Memorias. La familia cierra la tahona y B. se inicia en el periodismo y traba amistades literarias. Llega a ser redactor-jefe de El Globo y colabora en El País.
      El primero de sus frecuentes y dilatados viajes a París lo realiza en 1899. La capital francesa cautivó siempre el espíritu del novelista, quien tuvo oportunidad de vivir de cerca el «affaire Dreyfus». La condición andariega de B. en su juventud es proverbial. Devorador de numerosas lecturas se siente atraído por los audaces, los fuertes y los activos: Nietzsche, Schopenhauer, los moralistas franceses. Indiferente a los valores estéticos, es muy sensible a los morales. Aunque su ideología es bastante anárquica y sin contornos fijos, la propensión ética y crítica es evidente. En cuanto a sus modos narrativos, puede decirse que este «eticismo» se complementa con la «autenticidad descriptiva» y ambientadora de la geografía. Viaja mucho por el extranjero y por España. Conoce Suiza, los Países Bajos, Dinamarca, Italia y visita Londres en 1905. En 1900 publica Vidas sombrías, su primer libro. En 1902, su primer éxito: Camino de perfección. La vida del novelista es plácida y rítmica. Escribe sistemáticamente llevando una jornada ordenada y casi ritual. Desde 1912 pasa largas temporadas, sobre todo veraniegas, en su casona de Iztea (Vera). El 12 mayo 1935 lee su discurso de ingreso en la Academia Española, que es contestado por el Dr. Marañón. Pasa la Guerra civil en Iztea y aunque huye a Francia a pie y reside algunos meses en Basilea, regresa de nuevo en 1937 a la Península. Entre Madrid y Vera pasa el resto de su vida hasta que m. el 30 Oct. de 1956.
      Producción literaria. Las obras completas de B. reúnen cerca de 100 volúmenes, de los cuales dos terceras partes corresponden a novelas, y el resto a relatos breves y algunos ensayos, biografías y los dedicados a sus Memorias. Eugenio G. de Nora, gran conocedor de la novela española contemporánea, rectifica el orden de la clasificación por «trilogías», que el mismo B. hizo de sus obras, según la fecha de la novela inicial de las nueve series de trilogías que componen, junto a las Memorias de un hombre de acción, las cuatro novelas de la serie El Mar y el grupo amorfo de «últimas novelas», el conjunto de la obra barojiana: a) Tierra vasca: La casa de Aizgorri (1900); El mayorazgo de Labraz (1903); Zalacaín el aventurero (1909); La leyenda de Juan de Alzate (1922). b) La vida fantástica: Aventuras, inventos y mixtificaciones de Silvestre Paradox (1901); Camino de perfección (1902); Paradox rey (1906). c) La lucha por la vida: La busca (1904); Mala hierba (1904); Aurora roja (1905). d) El pasado: La feria de los discretos (1905); Los altimos románticos (1906); Las tragedias grotescas (1907). e) La raza: La dama errante (1908); La ciudad de la niebla (1909); El árbol de la ciencia (1911). f) Las ciudades: César o nada (1910); El mundo es ansí (1912); La sensualidad pervertida (1920). g) El mar: Las inquietudes de Shanti Andía (1911); El laberinto de las sirenas (1923); Los pilotos de altura (1929); La estrella del capitán Chimista (1930). h) Memorias de un hombre de acción (1913-15): título de la obra en 22 volúmenes, 14 de los cuales contienen una novela con cierta unidad y los ocho restantes incluyen hasta 25 novelas cortas enlazadas con la vida de Aviraneta. Entre estos relatos destacan la serie de El sabor de la venganza, La nave de los locos y La senda dolorosa, i) Agonías de nuestro tiempo: El gran torbellino del mundo (1926); Las veleidades de la fortuna (1927) y Los amores tardíos (1927). j) La familia de Errotacho (1931); El cabo de las Tormentas y Los visionarios (1932). k) La juventud perdida: Las noches del Buen Retiro \1934); El cura de Monleón (1937); Locuras de carnaval (1937). I) Últimas novelas: Susana (1938); Laura o la soledad sin remedio (1939); Los impostores joviales ( 1941); Los espectros del castillo (1941); El caballero de Erlaiz (1943); El puente de las ánimas (1945); Las veladas del chalet gris (1952) y La obsesión del misterio (1952).
      De lo apuntado puede deducirse que P. B. fue un auténtico escritor vocacional y profesional, que se entregó con entusiasmo y laboriosa dedicación a su actividad novelesca. Trabajaba sin descanso, infatigablemente. Al elenco citado hay que añadir sus Memorias (1944-49).
      Memorias. Constan de siete copiosos volúmenes bajo el título general de Desde la última vuelta del camino; cada volumen lleva un título particular. No todos ellos poseen el mismo interés. Ya en 1917 traza un cuadro cabal de su vida y sus opiniones en uno de sus mejores libros Juventud, egolatría, donde está admirablemente autorretratado, y se revela ya «agnóstico y dogmatófobo». Estima, a la hora de escribir de sí mismo, la sinceridad como la máxima virtud. En otra serie de páginas como Divagaciones apasionadas (1924), Las horas solitarias (1918), Entretenimientos (1926), Intermedios (1931), escribe páginas similares y autoexplicativas. Que «Baroja no sabe escribir» es una frase que tiene aplicación a sus Memorias, que no fueron, por otra parte, muy bien acogidas. El escritor explica meticulosamente los datos de su biografía infantil y juvenil. En definitiva, si queremos «guardar intacta nuestra admiración por el novelista más vale doblar la página sobre aquellas hojas en que Baroja, olvidado de los demás, habla de sí mismo» (Guillermo de Torre) o cuando habla de sí mismo, con absoluta franqueza, como si fuera uno de los demás, del modo más sencillo y espectacular imaginable.
      Valoración del estilo. El estilo de B. es espontáneo, fácil y atractivo. Estas virtudes le han valido, no obstante, el reproche de «que no sabe escribir»; es algo que viene repitiéndose «desde hace más de medio siglo, y resulta falso; que Baroja ignora pertinazmente hasta las mínimas reglas sintácticas, es obvio e incorregible. Pero nunca la gramática ni los gramáticos han tenido la última palabra, y los secretos del estilo personal no caben en un código. Cabalmente aquel que tiene la idea más alta del estilo, quien sólo vive casi en función del mismo, quien ha sido, por otra parte, el más infatigable panegirista del autor de El laberinto de las sirenas, en una palabra, Azorín, encuentra el secreto de la seducción barojiana en el estilo. Lo halla en su incriminada ausencia de estilo, que no es tal, sino el arte de conseguir a fuerza de simplicidad acercarnos totalmente a lo concreto. Dice Azorín: «la prosa de Baroja, es clara, sencilla, sobria. La pureza no tiene nada que ver con ella. Baroja vive y está cerca de las cosas. Su fuerza reside en ese contacto con lo concreto». Estos párrafos de Guillermo de Torre resumen mejor que ningún otro comentario, las virtudes, defectos y límites de la prosa barojiana. La clave de la imantación del arte novelístico de B. reside en su fácil lectura, en el sentido innato de la amenidad, en su idea de que la literatura debe divertir. «Se limita a rehabilitar el Concepto de divertido, a sostener que la literatura divertida no puede ser mala. Su gusto por el folletín, género de donde realmente arranca su arte novelesco aunque superándolo, aclara bastante el sentimiento barojiano de lo que se debe perseguir con una novela y de lo que se debe ofrecer al lector. 'Folletinista de ideas', por la manera Como capta en las ideas su perfil chocante, su aire de peripecia y aventura, dramatizándolas al modo de seres vivos» (G. de Torre).
      En su prólogo a La nave de los locos, B. define, por lo demás, su postura ante la novela, diciendo que lo que debe encontrarse en todo novelista es su «permeabilidad» en contra de este criterio, Ortega y Gasset había señalado amo don supremo el «hermetismo».La contraposición entre los criterios de ambos escritores ha sido señalada con frecuencia, aunque un Crítico Como M. Baquero Goyanes ha advertido que la «oposición de estos dos conceptos es más aparente que real». Por «permeabilidad» se entiende una relación entre novela y lector. «Para Baroja la novela es el género comunicable por excelencia; es decir, susceptible de parentesco y cruce con los restantes géneros literarios». Todo puede caber dentro de una novela: teatro, poesía, ensayo, narraciones menores, fábulas. No hay límite en el cuerpo proteico de la novela que permite absorberlo todo y dar forma a todo.
      Significado de Baroja. Dentro de los límites negativos de la «generación del 98», B. es un negador que no ofrece ningún pensamiento sistemático. Es anárquico en cuanto a su forma de expresarse, lo es también en cuanto a los valores que trata de afirmar, y lo es más en cuanto a los que niega. Su pensamiento, como su novela, no tiene contornos definidos. Se ha apuntado que la ilimitada indignación cósmica de B., su inaplacada y plural irritación tienen su raíz última en la ausencia sensual de la mujer, en la falta de vida conyugal, de erotismo femenino a su alrededor que dulcifique o atenúe sus actitudes entre iracundas e irónicas. La soledad ha sido su tragedia íntima y el motor de su derivada existencia pública: la de sus libros (G. de Torre).
      Ideológicamente, su anarquismo es izquierdista. «Incluso en sus momentos extremos la actitud de Baroja frente a la España tradicional es fríamente crítica y negativa, pero sin oponer a lo rechazado ningún indicio de ideología que pueda mover a la acción» (de, Nora). No es, por tanto, un auténtico revolucionario. Es lo que podría llamarse un insatisfecho, un escritor rebelde, contrario a cualquier tipo de dogmática, antidogmático por excelencia y definición. ¿Cabe, sin embargo, como lo ha hecho Corrales, acusarle de conservadurista? Luis Martín Santos ha caracterizado, y parece justa su observación, la obra de B., emparentándola en este sentido con la de Unamuno, de un individualismo rebelde y agresivo. «Ambos critican con acritud la realidad que tienen ante sí, pero esta crítica no tiene alcance totalizador» (A. Elorza, «Rev. de Occidente». Número extraordinario. Homenaje a Pío Baroja).
      El amor aparece en su obra raramente, y cuando no bordea la sexualidad primaria e instintiva suele ser decepcionante, fracasado y amargo. Tiende a negar el amor, o más bien a retratar sus aspectos crueles, sus derivaciones negativas. Está predispuesto psicológicamente a ello. No es nunca un hombre de partido, de posiciones políticas. Tampoco su psicología tiene disposiciones para banderías. «En realidad, aparte del anárquico espíritu de protesta que frente a casi todo surge en su sensibilidad irritada, del anticlericalismo poco menos que pintoresco y de la fobia a la multitud, todo ello, eso sí, peculiarmente impregnado de pesimismo y aspereza, no cabe hablar demasiado de la ideología de Baroja» (de Nora). Pero esto no quiere decir que sea un hombre huero y siempre suspicaz. Cabe hablar de un humor barojiano que «no tiene raíces españolas, sino que sus posos hay que ir a buscarlos a Inglaterra y, en otra medida, a Vascongadas. Baroja retrata sus personajes sin tremendismos aunque también sin piedad» (L. López Delpecho, «Rev. de Occidente» 62). Era, como los británicos, un hombre práctico. Todo lo viviente fue para él discutible, imperfecto y, por tanto, objeto de crítica. Por eso no debe extrañar que una de las fuentes de máxima eficacia irónica residiera en su agresión al prójimo, aunque en sus ataques, contra esto y aquello, sin especificación, no hubiera soberbia, sino burla. «Para mí, diría B., la base de la vida social sería: nada de dogma político, o por lo menos el mínimum, y en vez de esto, crítica, libre examen, experiencia y dictadura». «Todo lo colectivo me es antipático». «El mejor gobierno: el que garantice las posibilidades de ser escritor independiente». Estas frases definen su postura independiente y autónoma y su posición crítica y política.
     
BIBL.: P. BAROJA, Obras completas, Madrid 1946-50; G. TORRENTE BALLESTER, Panorama de la literatura española, Madrid 1961; M. BAQUERO GOYANES, Proceso de la novela actual, Madrid 1963; E. G. DE NORA, La novela española contemporánea, Madrid 1963; G. DE TORRE, Del 98 al Barroco, Madrid 1969; M. PÉREZ FERRERO, Pío Baroja en su rincón, San Sebastián 1941; I. ORTEGA y GASSET, Ideas sobre Pío Baroja, en Obras completas de I. Ortega y Gasset, Madrid 1946; Homenaje a Pío Baroja, «Rey. de Occidente» 62 (1968).

L. NÚÑEZ LADEVÉZE.

Cortesía de Editorial Rialp. Gran Enciclopedia Rialp, 1991

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