viernes, 11 de abril de 2014

La necesidad del bautismo.


El magisterio ha sancionado la necesidad del bautismo, pero nunca lo ha considerado separado de la fe, sino precisamente como sacramento de la fe, suprimiendo así todo carácter facultativo o libertad entendida como opción autónoma de acceder o no a ese gesto de salvación (cfr. DS 1618). Y ha enseñado esto remitiéndose en particular tanto a Mc 16, 16: «El que crea y sea bautizado, se salvará; el que no crea, se condenará», como a Jn 3, 5: «En verdad, en verdad te digo: el que no nazca de agua y de Espíritu no puede entrar en el Reino de Dios». La razón de tal necesidad estriba en el hecho de que, tras la promulgación del evangelio, la justificación del impío sólo puede tener lugar con el lavado de la regeneración (cfr. DS 1524) o con el deseo explícito o implícito de ese sacramento. Esta doctrina, continuamente confirmada, depende tanto de la misión confiada a la Iglesia, como de la importancia del bautismo según la modalidad de la salvación realizada en Cristo. Esa necesidad se refiere de modo claro no sólo a los adultos, sino a todos los hombres en cuanto necesitados de redención, incluidos los recién nacidos. En efecto, todos los hombres deben ser bautizados para la remisión de los pecados, es decir, por estar privados de la gracia otorgada por Dios a causa del pecado original y de los pecados personales. También los recién nacidos deben ser bautizados para la remisión del pecado, como confirma de manera explícita su rito.
El lavado de la regeneración suprime todo lo que es pecado y el recién nacido se reviste del hombre nuevo creado según Dios (cfr. DS 1514-1515). La necesidad del bautismo para los recién nacidos es aún más apremiante, dado que les es imposible el deseo del bautismo o de una elección con respecto a su propio destino.
Junto a la necesidad del bautismo o del deseo del mismo, el magisterio ha confirmado en otras ocasiones su firme convicción de que el Espíritu concede a todos la posibilidad de la salvación: «Cristo murió por todos, y la vocación suprema del hombre en realidad es una sola, es decir, la divina. En consecuencia, debemos creer que el Espíritu Santo ofrece a todos la posibilidad de que, en la forma de sólo Dios conocida, se asocien a este misterio pascual» (GS 22). Por estos motivos no pueden ser excluidos de la salvación eterna aquellos que sólo con un deseo implícito se adhieren a la Iglesia (o a Cristo), como recientemente ha confirmado el magisterio (cfr. DS 3870).

Así como, por una parte, debemos afirmar, con los Padres de la Iglesia, con los teólogos medievales y con toda la tradición, que Jesucristo hace depender la salvación del bautismo, por otra, Jesucristo no está ligado ni se limita a obrar a través de los sacramentos. El poder y la gracia de Dios no están vinculados de manera exclusiva a los sacramentos visibles, como afirman Ambrosio y Tomás 27. Por eso, aunque el hombre pueda ser salvado de muchas maneras, es preciso recordar, no obstante, que toda gracia, toda conversión, conduce a la salvación de por sí únicamente en estrecho vínculo con el bautismo por voluntad de Cristo, que envió a hacer discípulos de entre toda la gente y a bautizarlos. La conversión y la salvación del hombre están conectadas con el bautismo: «[...] también por la exigencia intrínseca de recibir la plenitud de la nueva vida en él [...]. En efecto, el bautismo nos regenera a la vida de los hijos de Dios [...] no es un mero sello de la conversión, como un signo exterior que la demuestra y la certifica, sino que es un sacramento que significa y lleva a cabo este nuevo nacimiento por el Espíritu; instaura vínculos reales e inseparables con la Trinidad [...]» 28
De lo expuesto se desprende claramente la necesidad del bautismo, que dimana de la orden salvífica de Jesucristo. Tras su venida, muerte y resurrección, tras el anuncio del evangelio de salvación, al que se accede y en el que se participa con los sacramentos, nadie puede sustraerse a la responsabilidad de obedecer el mandato de Jesucristo. Mas el nexo entre el bautismo y la salvación no es sólo del orden del precepto, sino también del medio. ¿Qué quiere decir esto? En primer lugar, que existe un orden de salvación estrictamente objetivo. De por sí, ninguna consideración de tiempo, de lugar o de conocimiento puede infirmarlo. Jesucristo es el camino, la vida y la vida; es la vida y la resurrección: quien crea en El no morirá para siempre (cfr. Jn 14, 6; 11, 25). Jesús afirma: «Yo soy la vid; vosotros los sarmientos. El que permanece en mí y yo en él, ése da mucho fruto; porque separados de mí no podéis hacer nada» (Jn 15, 5). Así pues, el bautismo, que nos da la vida de Cristo, no puede ser considerado como simple ejecución de una orden a la que estamos obligados en la medida en que la conozcamos y podamos cumplirla.
Existe, a continuación, un nexo objetivo intrínseco entre la salvación tomada en sí misma y la obra redentora de Jesucristo. El orden cristiano de salvación es experimentado y gozado en su objetividad sólo por aquellos que encuentran y viven el hecho cristiano como acontecimiento genuino de verdad y de felicidad para el hombre. «La búsqueda de la verdad, la insaciable necesidad del bien, el hambre de libertad, la nostalgia de la belleza, la voz de la conciencia» 29, que hacen estar inquieto al corazón humano, son escuchados por Jesucristo y experimentados directamente en su realización completamente satisfactoria por el hombre nuevo que participa en la vida de Dios, creado de nuevo en Cristo en la plenitud de la gracia y de la verdad.

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