miércoles, 23 de julio de 2014

EL VERDADERO DRÁCULA.



Los que sentimos pasión por las narraciones de terror encontramos en la novela de Bram Stoker, Drácula, una de las más exquisitas, completas y atractivas de este género. El mito del vampiro, muy extendido en Centroeuropa halló, a través de las páginas de Stoker, su expresión
más real, en una combinación de seducción y espanto, que es la viva expresión del Mal, al que con no pocas dificultades, logra vencer  el Bien. 

Existe toda una literatura y filmografía vampírica que ha puesto los pelos de punta a media humanidad. Este mundo de muertos vivientes, que sobreviven alimentándose de la sangre de los vivos, esa búsqueda de la eternidad a través de la muerte y la destrucción, ese universo de perversidad y soledad que sufren los vampiros, ejerce un malévolo atractivo en escritores y directores cinematográficos que, con peor o mejor fortuna, lo han convertido, de alguna manera, en perenne actualidad. 

Las creencias en vampiros es común en casi todos los pueblos del mundo, desde Japón a Europa, desde la India a América, lo que contribuye a que sea un tema que nunca se agota. 

Pero Drácula existió en verdad, y sus hazañas convierten al Drácula literario en una hermanita de la caridad. Una vez más nos encontramos ante aquello que dice que "la realidad supera siempre cualquier ficción.

En 1431 nacía, en Schässburc, Vlad Draculea. Era el segundo hijo del gobernador de Valaquia, Vlad Draculea y había venido al mundo en un escenario político lleno de incertidumbre, de guerras constantes entre los propios clanes de su país y la amenaza de los turcos que conquistaron Transilvania al año siguiente del nacimiento del Drácula que nos ocupa. En 1448 su padre fue asesinado y él tuvo que huir para no morir también. 

En el exilio se alió con el sultán turco y en 1452 se sentó en el trono de Valaquia, pero apenas se mantuvo en él unos días. De nuevo salió del reino a toda prisa, y se prometió a sí mismo que algún día retornaría para no huir jamás. Los turcos, mientras tanto, proseguían su marcha triunfal por los Balcanes y en 1456 llegaron a las puertas de la ciudad de Belgrado, que resistió y ante la que tuvieron que levantar el cerco. 

La situación de debilitamiento de los otomanos le brindó a Drácula la oportunidad de hacerse con el trono de Valaquia otra vez, con el consentimiento de sus enemigos tradicionales, los húngaros y el beneplácito de los turcos. Corría el año 1456 y tenía sólo 25 años. Entonces decidió afianzar su poder a través de un régimen de terror que puede pasar por ser uno de los más sanguinarios que recuerda la historia. 

La situación geográfica de Valaquia la situaba como punto de paso imprescindible hacia las ciudades alemanas y Vlad aprovechó esta circunstancia para exigir derechos de tránsito por su territorio, comenzando así una política económica que beneficiara al reino. Pero al mismo tiempo comenzó también una política terrible que le hiciera a él incuestionable. 

Penetró en Transilvania y arrasó cuanto encontró a su paso, sin respetar la vida de mujeres y niños. No tuvo piedad con los enemigos que murieron por un terrible sistema que Vlad aplicó como forma habitual de suplicio y que fue el empalamiento. Estaba convencido del poder disuasorio del terror y para hacerlo más efectivo, almorzaba frente a filas de empalados que agonizaban ante sus ojos. Pronto se le conoció como" El Empalador" y desde luego esta tortura produjo su efecto, porque creó un estado fuerte en el que no existía ningún tipo de oposición y en el que no existía la criminalidad. Los pocos que se atrevían a protestar eran de inmediato empalados, como fue el caso de un clérigo que le reprochó, no sus actos, sino que los inmensos bosques de cadáveres empalados infectaban el aire. A éste le hizo atravesar en un poste más alto que los demás para que pudiese disfrutar de aire puro. 

Se dice que cuando los gitanos se negaron a enrolarse en el ejército, Drácula hizo asar a tres de ellos y obligó al resto a comérselos, y prosiguió con esta práctica salvaje hasta que consiguió sus propósitos y los gitanos combatieron, como los demás, contra los turcos. 

En otros aspectos sociales, Vlad procedió con idéntico rigor. No toleraba a las adúlteras ni a las viudas impúdicas. Ambas eran condenadas a muerte en unión de aquellas doncellas solteras que no eran vírgenes. Más de 25.000 personas murieron en un solo año, ejecutadas por orden suya, entre ellas figuraban varias cortesanas que habían confesado sentirse atraídas por semejante monstruo. Para estas infelices la pena fue de descuartizamiento. 

En este panorama contradictorio y desolador, el rey de Hungría del que era vasallo Drácula, comenzó a inquietarse por el poder y la fortaleza de Valaquia. En 1462 fue apresado por orden del monarca húngaro y durante varios años recorrió distintas prisiones. El espíritu indómito del Drácula recluido se entretenía en empalar a inocentes pájaros y ratones, soñando que los empalados eran sus enemigos. 

Hacia 1475 los turcos se habían recuperado y de nuevo constituían una amenaza para los reinos balcánicos y alguien se acordó de Vlad, el único que había logrado contenerlos en más de una ocasión. Se le liberó pero disfrutó poco tiempo de su vuelta al poder y de su libertad.

Parece que un comando turco, entre 1476 y 1477, acabó con él. Unos dicen que murió en el combate y otros aseguran que fue muerto a traición, lo que no sería de extrañar porque era tan temible para la población como los mismos turcos. 

Fue enterrado en un convento cerca de Budapest, en Snagov, y a partir de este momento nació la leyenda y crecieron las opiniones diversas sobre la vida y milagros del Empalador. 

Para unos no se trataba más que de un salvaje que logró imponerse por medio del terror, pero,
aunque parezca increíble, la gran mayoría le considera un héroe luchador por la independencia
de Rumanía. 

Lo que es bien cierto que su nombre ya se ha hecho inmortal a través de Bram Stoker, aquel escritor irlandés, de naturaleza enfermiza y romántica, que en 1897, lo convirtió en el personaje central de su famosa novela. 


Y ya que hablamos de personajes extraños, no lo es menos la condesa Elisabetha Báthori, que podría ser una representación femenina vampírica. Al igual que Drácula se trata de un personaje totalmente real, procedente de Moldavia y emparentada con la realeza. Por lo visto era una mujer de belleza excepcional que no se resignaba a envejecer y a perder los encantos que la habían hecho célebre. Para prolongar su vida y su belleza eternamente, se bañaba en la sangre de muchachas vírgenes que raptaba en sus dominios.

Este "tratamiento de belleza", tan horripilante, pronto despobló de jovencitas los alrededores de su castillo y levantó la lógica alarma entre los campesinos que pidieron una investigación. Una vez aclarado el misterio de tantas desapariciones, el propio rey, primo suyo, la mandó emparedar viva en sus habitaciones.

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