lunes, 26 de enero de 2015

Protesta.

La fiesta es tanto más necesaria cuanto más difíciles sean las circunstancias cotidianas. Precisamente cuando el hombre es víctima de la opresión y de la injusticia, ha de afirmar y despabilar con más frecuencia su fe en la vida, recordar su derecho a la libertad y plenitud, evitando caer en la indiferencia resignada. La celebración es ya por sí misma una protesta contra el agobio y mantiene la aspiración por una vida más justa. La fiesta, con su alegría por los verdaderos valores, iza el estandarte de la intransigencia cristiana. De que ésta existe, no hya la menor duda; de lo contrario, nunca habría habido mártires. Deriva del propósito cristiano de vida auténtica y sincera, signo del reino de Dios y principio de unidad entre los hombres. Por eso la intransigencia se opone al principio de desunión, que es la ambición del mundo: "Los bajos apetitos, los ojos insaciables, la arrogancia del dinero" (1 Jn 2,16). Si la celebración no tuviera impacto alguno sobre la actitud habitual, no sería cristiana, por mucho que en ella se aireasen los términos y símbolos de la fe. La experiencia de la unión en Cristo ha de traducirse en intransigencia con la maldad del mundo y en empeño por la reconciliación de los hombres. La más suave emoción o arrebatada exaltación festiva no alcanza nivel cristiano si no se traduce en aliento para la obra de promoción del hombre, sembrando la paz y la igualdad. La experiencia de Cristo entre los hermanos fue expresada por él mismo en un dicho no registrado en los evangelios, pero conservado por varios escritores cristianos primitivos, entre ellos Tertuliano, de fines del siglo II: "Vidisti fratrem, vidisti Dominum tuum" (Al ver a tu hermano estás viendo a tu Señor) (De Oratione, 26,1).

El hombre necesita destruir la personalidad llamada por muchos "normal", cúmulo de tabúes y represiones, encanijamiento de emociones e ideales, para formar una persona capaz de admiración y de sorpresa, de expresión y de apertura al misterio, aceptadora y sin miedo a comunicar. Ha de combatir la personalidad social ajustada a todas las incongruencias y criterios malvados del mundo. Cristo desajustó a los apóstoles, y por eso el mundo los odiaba. A la ambición opuso la sencillez, la pobreza y la generosidad; al honor, la igualdad, sin tratamientos ni primeros puestos; a la rivalidad, la sinceridad y el amor mutuo. Nadie podía soportar eso, decían que no estaba en sus cabales (Mc 3,21).

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