miércoles, 1 de junio de 2016

Satanás del mito a la realidad.


El año 1692 fue especialmente catastrófico para las colonias de Nueva Inglaterra,en la costa estede los Estados Unidos. Impuestoselevados, duro invierno, los piratasatacaban a los comerciantes yla viruela causaba grandes estragos.Para los hombres y las mujeres educados en el estrecho y rígido mundo puritano de Nueva Inglaterra, las desgracias de ese año eran debidas al Demonio. En este mundo, concretamente en un pueblecito de Massachusetts llamado Salem, el Diablo estaba haciendo de las suyas.
Todo comenzó cuando un grupo de jovencitas se reunía para escuchar las fantásticas historias de las Indias Occidentales queles contaba Tituba, la esclava del reverendo Samuel Parris. Susrelatos impresionaron a las másjóvenes del grupo: la hija del reverendo,Elisabeth, de nueve años,y su sobrina, Abigail Williams, de once. Las niñas empezaron a sufrir ataques con sollozos y convulsiones.Ambas desafiaron el mundo de los adultos con su actitud desobediente y anárquica, llegando a unos extremos inimaginables para la mente de un severo reverendo. Sus ataques histéricos sirvieron de inspiración a las chicasde más edad. Ann Putnam, Elisabeth Hubbard, Mary Walcott,Mary Warren, Elisabeth Proctor,Mercy Lewis, Susan Sheldon y Elisabeth Booth fueron ¿las ocho perras brujas?, como las definiría un acusado durante el juicio en el que la travesura se convirtió en brujería. Las chicas dijeron que unos espectros las atormentaban. En primer lugar, las jóvene sconvirtieron en chivos expiatorios a las personas que más antipatía despertaban en la comunidad. Después, la acusación se extendió a cualquier ciudadano; ya nadie estaba a salvo. Los jueces estaban convencidos de la acción del Demonio, y utilizaron a las chicas como acusadoras: a quien ellas señalaban como brujo, le acusaban. Sorprendentemente, no se ahorcó a ningún brujo confeso, sólo se ajustició a quien lo negaba. Aquel año se procesó a 31 personas y todas fueron condenadas a muerte. De ellas,19 fueron ahorcadas, dos murieron en prisión, una fue muerta por aplastamiento, dos mujeres lograron posponer la ejecución alegando estar embarazadas y al final consiguieron el indulto. Otra escapó de la cárcel, cinco confesaron y salvaron su vida y la pobre esclava Tituba fue encarcelada indefinidamente sin juicio. Una de las perras brujas y principal instigadora, Ann Putnam, confesó la farsa catorce años más tarde:¿Todo cuanto hice fue sin querer,engañada por Satanás?. Siempre viene bien para echarle la culpa.
La idea del Maligno pone en jaque al Todopoderoso

Para los cristianos, el Diablo esla personificación del Mal Supremo,el enemigo de Dios. Ninguna otra religión posee algo parecido,un ser que represente la causa última del mal. Y este es el problema al que lleva enfrentándose la teología desde hace siglos. Si Dios es el creador de todo, también ha tenido que crear al Diablo. Algo paradójico, por mucho que se trate de eludir usando ¿losmás sutiles artificios sofísticos?,como decía Herbert Haag, uno de los teólogos más perspicaces en cuestiones demoníacas de la segunda mitad del siglo XX.

El ejemplo reciente más claro lo da José Antonio Fortea, arciprestede Alcalá de Henares desde 2001 y famoso especialista en demonología y exorcismo, que defiende la postura de los teólogos dogmáticos católicos: ¿Losángeles debían pasar una prueba en la que demostrarían su amor aDios?. Por supuesto, fallaron y se rebelaron y, cómo no, al final hubo la clásica batalla entre buenos y malos. Según Fortea, ¿fue unabatalla intelectual?, porque es evidente que los ángeles son espíritus y no pueden blandir espadas ni lanzar bombas atómicas. Los buenos argumentaban a favor de la fidelidad a Dios y los malos defendían la rebelión. Esta conversación de miles de millones de ángeles se saldó con bajas de un lado y otro. Una vez que cada ángel decidió su bando, la partida quedó en tablas.
Otra pregunta de los teólogos es por qué Dios no aniquila al Diablo. Nuestro exorcista patrionos rebela el gusto del Todopoderosopor los juegos de guerra.¿Ha dispuesto permitir que haya una guerra entre el bien y el mal para que los hombres puedan decidirse por un camino o por otro. Además, no se puede negar que los demonios le vengan bien a largo plazo, pues cuando no haya hombres sobre la tierra a los que tentar, la existencia de los demonios será una manifestación de la gloria de Dios?.

¿Es una criatura de Dios o su homólogo malvado?

¿Pero cuál fue, en definitiva,el pecado del Demonio?Tomás de Aquino sentó cátedra: la soberbia,la pretensión de ser igual a Dios. Este acuerdo entre los teólogos dogmáticos se rompe a la hora de evaluar cuántos ángeles cayeron en sus redes, aunque la mayoría sustenta que fueron pocos.

Para los católicos, el Diablo ha ejercido una influencia determinante sobre el curso de la historia humana, que terminará el día del Juicio Final con la derrota deSatán y sus adláteres. Esto ocurrirá durante una lucha parecida al Ragnarök de la mitología nórdica. Todos los detallesde la famosa batalla final¿quién morirá, quién será herido y quién ganará?- están decididos de antemano.

¿El hombre no tiene más opciones,o se somete a Dios o se somete al Diablo?, escribía el teólogo Michael Schmaus en su Dogmática. ¿No es esto una muestra del dualismo negado por el catolicismo? Entre los evangélicos,la pirueta lógica para justificar su existencia es aún más enrevesada. Saben que podrían extrapolar al Malo y sacarlo fuera de la buena creación de Dios, pero eso lo convertiría, por fuerza, en una especie de antidiós, lo que lleva a un inadmisible dualismo.Tampoco pueden asumir que Dios, infinitamente bueno y misericordioso, haya creado al Diablo. ¿Qué opción les queda? Dejemos hablar a una de las personasque más ha influido en la teología evangélica de mediadosdel siglo XX, Karl Barth: ¿Dios es,en su presciencia, señor y causa del ser y también señorpero no causa del no ser?. Ahí es donde encaja el Diablo: ha sido querido pero no creado por Él. Surge de la nada, del no ser que Dios dejó a un lado en la creación. Sin embargo, para el gran teólogo de la primera mitad del siglo XX,Rudolf Bultzmann, que se esforzó en limpiar la figura de Jesús de todo contenido teológico para descubrir al verdadero hombre, el Diablo, los ángeles y los demonios no son más que una figura mítica:?El pecado es asunto exclusivo del hombre, no ha sido causado por el Diablo?.

¿QUÉ QUISIERON DECIR REALMENTE LOS ESCRITORES DE LA BIBLIA CUANDO HABLABAN DE ESPÍRITUS INMUNDOS Y DEMONIOS? 



ESPÍRITU INMUNDO, DEMONIO.

En primer lugar hay que constatar un hecho extraño y significativo. Mientras en los tres evangelios sinópticos (Marcos, Mateo y Lucas) aparecen con frecuencia casos de posesión por parte de espíritus impuros/inmundos o demonios, que Jesús expulsa, esto nunca sucede en el Evangelio de Juan: en él, Jesús no libera a un solo endemoniado.

El hecho es notable, pues en los sinópticos la expulsión de demonios no ocurre una vez aislada, sino en numerosas ocasiones. Sí, como se dice a veces, exorcizar demonios era uso de los rasgos característicos de la actividad de Jesús, no podía Juan omitir toda mención a ella, so pena de dar una visión incompleta de su persona, tanto más cuanto que la expulsión de los demonios era, según la opinión de muchos, un signo demostrativo de la llegada del reinado de Dios.

Esta diversidad que se constata entre los evangelios sinópticos y Juan hace sospechar que la expulsión de espíritus impuros o demonios pueda ser una manera de hablar de los tres primeros evangelistas y que, en realidad, estén utilizando una figura que deba ser interpretada con otras categorías. En tal caso, podría ser que Juan expusiese la misma idea utilizando un símbolo diferente.

Para determinar el significado que tienen los “espíritus inmundos” o “los demonios” en los evangelios sinópticos, examinemos el pasaje de Marcos donde aparece por primera vez un poseído: el episodio de la sinagoga de Cafarnaún (Mc 1,21b-28).

Marcos 1,21b-28: El poseído de la sinagoga de Cafarnaún.

La palabra “espíritu” significa originariamente “viento” o “aliento”. Un “espíritu”, lo mismo el “Espíritu Sato” que el “espíritu inmundo” se conciben como fuerzas o principios activos que proceden del exterior del hombre; si éste acepta su influjo, actúan desde su interior.

Los adjetivos “santo” e “inmundo/impuro” significan, respectivamente, “perteneciente a la esfera divina” o “ajeno y contrario a ella”, y caracterizan a estos espíritus como fuerzas, una procedente de Dios, la otra contraria a Dios. Al ser aplicados al “espíritu/fuerza”, los dos adjetivos adquieren un valor dinámico y significan “el Espíritu que consagra”, introduciendo al hombre en la esfera divina, y el “espíritu que impurifica, haciendo al hombre incapaz de penetrar en esa esfera, es decir, incompatible con Dios.

Viniendo ahora al episodio de la sinagoga (Mc 1,21b-28), se constatan los datos siguientes:

1) El público de la sinagoga queda impresionado por la enseñanza de Jesús y, al compararla con la de los letrados, maestros oficiales, reconocen en ella una autoridad divina que nunca han encontrado en sus maestros habituales (1,22: “Estaban impresionados de su enseñanza, pues les enseñaba como quien tiene autoridad, no como los letrados”). Esto equivale a decir que la enseñanza de Jesús provoca el descrédito de la enseñanza oficial, que aparece falta de autoridad divina. Esta era, sin embargo, la autoridad que los letrados atribuían a su enseñanza; según ellos, por consistir solamente una exposición actualizada de la Ley escrita y oral, su enseñanza gozaba de la misma autoridad divina de la Ley. La enseñanza de Jesús hace derrumbarse el prestigio religioso de los letrados y, con él, el de la institución que representan.

2) Un hombre poseído por un espíritu inmundo reacciona interrumpiendo a gritos la enseñanza de Jesús (1,23: “Estaba en aquella sinagoga un hombre poseído por un espíritu inmundo e inmediatamente empezó a gritar”).

3) El poseído se encuentra “en la sinagoga de ellos”. La palabra “sinagoga” significa en primer lugar “reunión” (como “iglesia” significa “asamblea”), y de ahí “lugar de reunión” (como “iglesia”, “lugar de asamblea”). “La sinagoga de ellos”, significa, pues, el lugar donde están reunidos los que han escuchado la enseñanza de Jesús. El poseído es, por tanto, uno del público de la sinagoga, forma parte de la reunión.

4) En la primera frase que pronuncia el poseído: “¿Qué tiene tú contra nosotros”, Jesús Nazareno?”, resalta el contraste entre el singular “tú”, que designa a Jesús, y el plural “nosotros” con el que designa al poseído (en cambio, el singular en 5,7, en boca del endemoniado geraseno: “¿Qué tiene tú contra mí?” El plural que utiliza el poseído contrasta con la singularidad del “hombre” que lo pronuncia y revela que este hombre se identifica con un grupo y se hace su representante.

Para determinar de qué grupo se trata hay que examinar el contexto. Es claro que el plural “nosotros” señala a los que se sienten amenazados por la enseñanza de Jesús (“¿Has venido a destruirnos?”). Según lo dicho anteriormente, para el público de la sinagoga la enseñanza de Jesús ha sido una experiencia positiva; son, en cambio, los letrados la categoría cuyo prestigio se ve en peligro de desaparecer.

5) El poseído, que no era un letrado, sino uno del público, se identifica, sin embargo, con ellos: el peligro que representa Jesús para los letrados y su enseñanza lo ve como peligro propio (1,24: “destruirnos”). Como este hombre no pertenece a la clase de los letrados, su identificación con ellos se explica únicamente por la común ideología: el individuo, miembro de la sinagoga y receptor de la enseñanza de los letrados, ha hecho suya la doctrina de éstos y defiende su prestigio.

6) El que ha hablado por boca del hombre ha sido el espíritu inmundo: así lo muestra la orden sucesiva de Jesús; “Cállate la boca y sal de él” (1,25). Por tanto, la identificación de este individuo con los letrados no procede del hombre, sino del espíritu que lo posee.

7) Ahora bien: si el poseído es adicto incondicional de los letrados, esto se debe a que los letrados le han infundido esa adhesión inquebrantable, persuadiéndolo de la autoridad divina de su doctrina. O sea, que el espíritu inmundo que lo posee y lo hace identificarse con los letrados le viene del influjo de éstos, de haber asimilado la enseñanza recibida de ellos y haberla hecho suya. El espíritu inmundo se identifica, por tanto, con la doctrina de los letrados, con la ideología que éstos transmiten; ella domina al hombre y lo despersonaliza: ya no habla el hombre, sino la ideología que profesa. Los letrados, por su parte, aparecen como “los que endemonian” al hombre con su enseñanza.

8) El espíritu inmundo es, pues, una figura tomada de la cultura ambiente, pero a la que Marcos cambia el contenido. Para el evangelista y sus destinatarios, el verdadero espíritu inmundo que oprime y despersonaliza al hombre no es un agente externo invisible y maligno que se introduce en el hombre, según la concepción popular del tiempo, sino, en lenguaje moderno, un factor alienante procedente del exterior, que impide al hombre se él mismo y utilizar su razón; en el caso de la sinagoga, la doctrina propuesta por los letrados.

El endemoniado es un caso de alienación total, pues, al contrario que el público de la sinagoga, que conserva la capacidad de crítica (1,22: “estaban impresionados… pues les enseñaba como quien tiene autoridad, no como los letrados”), actúa impulsado únicamente por el fanatismo de su ideología. Ésta es “inmunda/impura”, es decir, antagónica de la santidad divina, diametralmente opuesta a Dios (8,33: “tu idea no es la de Dios, sino la de los hombres”); por eso quien la profesa no puede comunicar con Dios ni tener acceso a él.

9) Hay que retener, por tanto los siguientes rasgos del espíritu inmundo: a) es un factor activo que no procede del hombre, sino del exterior; b) el hombre puede aceptarlo y, en ese caso, las acciones se atribuyen igualmente al hombre y al espíritu (1,23.24); c) es alienante; una vez que se apodera del hombre, lo despersonaliza: ya no actúa realmente el hombre, sino “es espíritu”; d) “el espíritu inmundo” es figura de una ideología contraria al ser de Dios.

10) En la escena de la sinagoga resalta también la preponderancia de la enseñanza sobre la acción (expulsión del espíritu). De hecho, cuando los presentes expresan su admiración, inmediatamente después de la expulsión del espíritu, se refieren en primer lugar a la enseñanza de Jesús, insólita por su novedad y autoridad (1,27ª: “¡Un nuevo modo de enseñar, con autoridad!”), y secundariamente, como dependiente de ella, a la obediencia de los espíritus inmundos y le obedecen!”).

Esto confirma la interpretación anterior: expulsar el espíritu, es decir, liberar al hombre de la ideología que lo domina y lo deshumaniza, no es un acto independiente de la enseñanza: se debe a la novedad que ésta presenta por la autoridad (el Espíritu) con que Jesús la propone. La expulsión del espíritu inmundo es imagen de la fuerza de persuasión de Jesús, portador del Espíritu (1,10.12), capaz de vencer la resistencia fanática a su mensaje.

Esta interpretación del “espíritu inmundo” (y, como se verá, de los “demonios”) como factor
alienante que se identifica con una doctrina o ideología contraria a Dios puede ser verificada en los demás pasajes en que aparece en el evangelio. En el caso de un poseído israelita, la alienación proviene de la doctrina de los letrados (9,14; 9,11). Cuando el poseído es un pagano (5,2ss; 7,24ss) o los espíritus se encuentran en una multitud compuesta de judíos y paganos (3,11), hay que investigar qué ideología contraria a Dios está representada por ellos.

Al geraseno, el espíritu que lo poseía era un espíritu de hostilidad y rebelión violenta contra la sociedad injusta. Si se compara con el espíritu que posee a individuos judíos, tiene en común la hostilidad (entre los judíos, contra los paganos que ocupan su nación; también contra las instituciones injsutas), que se expresa en violencia o en deseo de ella. Dondequiera aparezca una violencia que quiere imponerse como poder implicando la destrucción de otros, se tiene un espíritu incompatible con Dios, como lo son entre sí el amor y el odio, la vida y la muerte.


“ESPÍRITUS INMUNDOS” Y “DEMONIOS”.

Los evangelistas hablan unas veces de “espíritus inmundos” y otras de “demonios”, y puede preguntarse si con esta diferencia de terminología quieren marcar una diferencia entre dos conceptos. Hay casos, como el del geraseno, donde el mismo individuo es llamado “poseído por un espíritu inmundo” y “endemoniado” (Mc 5,2.15ss). Otras veces, en cambio, se habla solamente de uno u otro fenómeno (Mc 1,23: “poseído por un espíritu inmundo”; 1,32.34: “endemoniados”, “demonios”.

Parece que “estar endemoniado” añade a “estar poseído por un espíritu inmundo” un rasgo de exaltación o violencia externa que hace al individuo conocido como fanático y extremista. Es decir, todo “endemoniado” lleva dentro un “espíritu inmundo”, pero no puede decirse que todo el que tiene ese espíritu esté “endemoniado”, pues externamente puede comportarse como un individuo normal y solamente en situaciones particulares mostrar lo que lleva dentro. Tal es el caso del poseído de la sinagoga, que se encuentra en la reunión como uno más, hasta que nota el efecto sobre el público de la enseñanza de Jesús; entonces salta e interrumpe violentamente (a gritos) la enseñanza (Mc 1,23).

El geraseno, en cambio, que está poseído, da continuas muestras del espíritu que lo agita: se rebela, rompe las cadenas, se escapa, vive en los sepulcros, grita y se destroza en los montes. Su posesión es manifiesta, “está endemoniado”.

Hay, por tanto, que interpretar los pasajes según que aparezca una u otra expresión. Los “endemoniados” que son llevados a Jesús (Mc 1,32) no son solamente gente que en su interior es adicta incondicional de una ideología destructora, sino evidentemente individuos conocidos por su actitud y conducta violentas.


SATANÁS, REALIDAD O RECURSO SIMBÓLICO.


SATANÁS.
a) USO Y SIGNIFICADO DE LA PALABRA EN EL A.T Y EL JUDAÍSMO.

“Satán” o “Satanás” es una palabra hebrea que significa “adversario”, “contrincante/opositor malvado”; la traducción griega fue casi siempre diábolos, derivado de un verbo diabállô, que significa entre otras cosas, “acusar, calumniar, falsear, engañar”. A través del latín, el griego ha dado origen al español “diablo”.

En el texto hebreo del Antiguo Testamento, la palabra se usa ante todo para hombres. Ejemplos: 1 Sm 29,4 donde los generales filisteos consideran a David un potencial “satán” o adversario a traición, “que no baje al combate con nosotros, no sea que se vuelva contra nosotros”; lit.: “no sea que en el combate sea un adversario [un satán] para nosotros”).

También se le llama así a Rezón el líder faccioso y luego rey de Siria (1 Re 11,23: “También suscitó el Señor como adversario [ satán ] de Salomón a Rezón”; 11,25: “Fue adversario [satán] de Israel durante todo el reinado de Salomón”), e incluso al ángel que interceptó el camino de Balaam (Nm 22,22: “el ángel del Señor se plantó en el camino haciéndole frente”; lit.: “como un adversario [un satán] contra él”; 22,32: “Yo he salido a hacerte frente”; lit.: “como un adversario [un satán]”).

Otras veces significa el adversario que acusa en un juicio (Sal 109,6: “Nombra contra él un malvado, un acusador [un satán] que se ponga a su derecha”). Se ve claramente que, en su origen, la palabra “satán” era solamente un apelativo común para hombres.

Llega un momento en que la realidad del adversario humano se traslada al cielo. En el libro de Job aparece por primera vez “el satán” como un ser celeste que acusa a los justos ante Dios (el fiscal de la corte celeste). Así, en Job 1,6: “Un día fueron los ángeles y se presentaron al Señor; entre ellos llegó también Satanás (lit.: “el satán”, nombre de oficio). El Señor le preguntó, etc.”. Ante el elogio que hace Dios de Job (1,8), Satanás muestra su desconfianza (1,9): “¿Y crees tú que su religión es desinteresada?, etc.”. De modo parecido , en 2,1.

Se encuentra también un “satán” en la cuarta visión de Zacarías (3,1s), donde el profeta asiste a una especie de juicio: el sumo sacerdote es acusado por un fiscal de oficio (“el satán”, como el de Job 1-2), que exagera los cargos y no puede probarlos, por lo que el juez lo llama al orden: “Después me enseñó al sumo sacerdote, Josué, de pie ante el ángel del Señor. A su derecha estaba el satán acusándolo. El Señor dijo al satán: “El Señor te llama al orden, satán”.

Se usa como nombre propio en 1 Cr 21,1; “Satán se alzó contra Israel e instigó a David a hacer un censo de Israel”, pero este Satán no es más que una personificación de la “ira de Dios”, pues en 2 Sm 24,1 se relata el mismo episodio de esta manera: “El Señor volvió a encolerizarse contra Israel (lit.: “de nuevo la ira de Dios se encendió contra Israel”) e instigó a David contra ellos: “Anda, haz el censo de Israel y Judá”.

En el primer libro de los Macabeos se aplica todavía diábolos a un grupo de judíos renegados (1 Mac 1,36: “se convirtieron en…una continua amenaza [en un diablo continuamente malvado] para Israel”; en cambio, en el libro de la Sabiduría, de principios de la era cristiana, toma el sentido moderno de un agente de maldad (Sab 2,24: “la muerte entró en el mundo por envidia del diablo”).

En resumen: en el A.T, “satán” es un término que originalmente se aplica a hombres con el significado de adversario o enemigo; de ahí pasa a designar una especie de fiscal celeste, miembro de la corte de Dios, y acusa a los hombres ante él (Job 1,6-12; 2,1-7); sólo más tarde, separado ya de la corte celeste, se llama “Satanás” a un espíritu enemigo del hombre, que procura su ruina y quiere destruir la obra de Dios (Sab 2,24).

En los escritos de Qumrán el nombre del mal espíritu es Belial. Influidos, sin duda, por el dualismo persa, se dice en ellos que Dios creó dos espíritus: el de la luz y el de las tinieblas (Belial), y que los dos ejercen su poder en el presente. “El Satán” ya no es un acusador y, en consecuencia, no tiene acceso al cielo ni a Dios.

b) EN LOS EVANGELIOS.

Marcos 1,12S: La tentación en el desierto.

Veamos ahora el cambio introducido por los evangelistas en la idea de “Satanás” o “el diablo”. En el Evangelio de Marcos, dentro de la sociedad judía figurada por “el desierto” “ Satanás” representa un agente que va a inducir continuamente a Jesús a traicionar su compromiso. Sin embargo, en todo el relato evangélico la figura de Satanás no vuelve a aparecer en contacto con Jesús. Esto indica que, como “el desierto”, “Satanás” es una figura simbólica, en este caso una personificación. Marcos ha utilizado la figura tradicional del Enemigo del hombre, pero dándole un nuevo significado.

El significado de la figura de Satanás lo indica Marcos, en primer lugar, al colocar la tentación de Jesús en “el desierto”, lugar clásico para levantamientos con más o menos acentuado carácter mesiánico; era tradicionalmente el emplazamiento de los cabecillas o agitadores que alistaban secuaces con la intención de conquistar el poder. La inactividad de Jesús en esta escena de Marcos, donde no aparecen otros personajes humanos (1,12s: “estuvo en el desierto cuarenta días”), se opone precisamente a la actividad sediciosa y guerrera asociada a los cabecillas que se retiraban al desierto para empezar desde allí la rebelión.

En Marcos, Satanás representa, por tanto, el poder y la ideología de poder, que lo presenta como un valor positivo y tienta a los hombres excitando en ellos la ambición de superioridad y dominio. La tentación de poder pretende disuadir a Jesús de llevar a cabo su entrega por el bien de los hombres, expresada en el bautismo, entrega que excluía el triunfo terreno y ponía en peligro su vida, e inducirlo a adoptar un mesianismo de violencia, cuyo objetivo fuese la conquista del poder político.

La tentación de poder aparece continuamente en el evangelio: el poseído de la sinagoga, al llamar a Jesús “el Consagrado por Dios” (1,24), equivalente de Mesías, lo está incitando a hacerse líder del pueblo; lo mismo los endemoniados de Cafarnaún, “que sabían quién era” (1,34), el entusiasmo popular en aquella ciudad, secundado por los discípulos (1,37 “Todo el mundo te busca”), las masas judías y paganas que le rinden homenaje como al Hijo de Dios (3,11), etc.

Más claramente en Mc 8,33, donde Jesús llama a Pedro “Satanás”, precisamente por oponerse al destino del Hombre que él ha anunciado, y que incluye el rechazo y la muerte.

La identificación de Satanás con la ideología del poder y con los que la proponen aparece claramente en Mc 8,33, donde Jesús llama a Pedro “Satanás”, precisamente por oponerse al destino del Hombre que él ha anunciado, y que incluye el rechazo y la muerte.

Marcos 3,23ss: La controversia con los letrados de Jerusalén.

Es interesante analizar el dicho de Jesús en Mc 3,23 par.; distinguimos, por ser importante, los casos en que la palabra “Satanás” va en griego sin artículo (es español con “un”) del caso en que lo lleva: sin artículo indica a un partidario o agente de Satanás (del poder), que lleva su mismo nombre, “enemigo”; con artículo (“el”), a Satanás mismo (el poder y su ideología): “¿Cómo puede (un) Satanás expulsar a (un) Satanás? Si un reino se divide internamente, ese reino no puede seguir en pie; …si (el) Satanás se ha levantado contra sí mismo y se ha dividido, no puede tenerse en pie, le ha llegado su fin.”

El dicho es la respuesta de Jesús a la acusación de los letrados de que Jesús tenía dentro a Belcebú y que expulsaba a los demonios (en Cafarnaún, 1,32-34) con el poder del jefe de los demonios (3,22). Belcebú era el nombre popular, despectivo y probablemente supersticioso, que se daba al diablo; aparece en el AT (2 Re 1,2.3.6.16, el dios de Ecrón) y el nombre se interpretaba irónicamente “señor de las moscas”; significaba “señor de la (celeste) morada”, aunque los judíos lo llamasen “dios del estiércol”, modo de despreciar los sacrificios paganos. Belcebú se interpretaba como un espíritu malo.

Jesús no utilizaba ese nombre, que daba pie a la creencia en un ser maligno, emplea el término “Satanás”, que ya ha aparecido en el evangelio como la personificación del poder enemigo del hombre. Su razonamiento es el siguiente:
a) Él “expulsa a los demonios”, es decir, hace que el fanático violento de una ideología de poder (un [partidario/agente de ] Satanás) renuncie a ella.

b) Según sus adversarios, eso lo hace porque Jesús mismo estima y ambiciona el poder (es otro [partidario/agente de] Satanás).

c) Consecuencia: si un partidario del poder les quita a otros partidarios la estima del poder, le está minando el terreno al poder como tal (el Satanás), objeto de su propia ambición. Si el poder se combate a sí mismo eliminando su ideología, está perdido. Si Satanás tuviese agents que liberasen a los hombres de la estima y del deseo del poder, él mismo estaría provocando su propia ruina.

De hecho, quien sea agente del poder o lleve en sí la ambición de poder
nunca dará libertad al hombre ni lo persuadirá a abandonar la ideología de poder y violencia que lo posee (el demonio o espíritu inmundo). Dar libertad es arruinar el poder, ajeno o propio. En consecuencia, a ese tal no le interesaría liberar a los poseídos (fanáticos del poder y la violencia) de su manera de pensar, sino ganarlos para su causa.

De ahí el dicho siguiente (Mc 3,27 par.), en el que aparece una figura satánica, la del “fuerte”: “Pero no, nadie puede meterse en casa del fuerte y saquear sus bienes si primero no ata al fuerte; entonces podrá saquear su casa.” En el contexto, el significado es claro: “saquear los bienes del fuerte” describe figuradamente la actividad de Jesús, que está sacando a la gente fuera de la institución religioso-política jurdía (“el fuerte”). Nótese que Jesús no pretende tomar posesión de la casa, es decir, apoderarse del poder, sino “saquearla” o, lo que es lo mismo, hacer que los hombres la abandonen. Es exactamente lo que está haciendo al causar el descrédito de la enseñanza oficial (Mc 1,22ss).

“Atar el fuerte” significa impedirle defender lo que tiene por suyo. El poder domina a los hombres cuando éstos prestan adhesión a su ideología; al desvincularlos Jesús de esta ideología, “el fuerte” queda impotente. Tiene que contemplar cómo se llevan lo que era suyo, sin poder retenerlo, porque son sus antiguos súbditos quienes sustraen ellos mismos a su dominio. Pero sólo es capaz de llevar a cabo ese cambio en los hombres y el consiguiente desmantelamiento de la institución de poder aquel sobre el que Satanás no tiene el mínimo influjo, es decir, el que es inmune a la tentación de poder (1,14).

Paralelamente, es la ideología y ambición de poder (“Satanás”) la que hace que el hombre se cierre al mensaje, como lo expresa Mc 4,15 par.: “Estos son “los de junto al camino”: aquellos donde se siembra el mensaje, pero, en cuanto lo escuchan, llega Satanás y les quita el mensaje sembrado en ellos.”

En Mateo y Lucas.

En los Evangelios de Mateo y Luchas, la identificación de “Satanás” o “el diablo” con el poder es manifiesta en la tercera tentación (Mt 4,8-10; en Lc 4,5-8, la segunda), donde el tentador ofrece a Jesús el dominio del mundo a condición de que le rinda homenaje. El poder se diviniza, como lo indica la mención del monte o de la altura (Mt 4,8: “lo llevó el diablo a un monte altísimo”; Lc 4,5: “llevándolo a lo alto”; y usurpa el lugar de Dios, es decir, se hace valor supremo y pide homenaje sin reservas.

También en el Evangelio de Mateo Pedro increpa a Jesús, que ha anunciado su rechazo y muerte: “¡Líbrete Dios, Señor! ¡No te pasará a ti eso!” Jesús corta en seco al que quiere impedir su misión: “¡Vete! ¡Ponte detrás de mí, Satanás!” (Mt 16,22s). Con su actitud, Pedro encarna la figura de Satanás.

De modo parecido, en el mismo Evangelio, cualquiera que proponga la ideología del poder es un enemigo/diablo, como el que siembra la cizaña en medio del trigo (Mt 13,28.39).

Según Mateo, el lugar del “diablo” no es el infierno: lo que se dice en su Evangelio es que el fuego inextinguible (que equivale a destrucción) está preparado para él y sus ángeles (Mt 25,41).

En Lc 13,10ss, la última vez que enseña Jesús un sábado en una sinagoga aparece “una mujer que llevaba dieciocho años enferma por causa de un espíritu y andaba encorvada, sin poderse enderezar del todo”. Jesús la cura y se indigna porque, por ser sábado, el jefe de sinagoga se oponía a la curación. Después de echarles en cara que no les importa que sea día de precepto para cuidar de los animales, añade (v. 16): “Y a ésta, que es hija de Abrahán y que Satanás ató hace ya dieciocho años, ¿no había que soltarla de su cadena en día de precepto?”

Acostumbrados ya al estilo de los evangelistas, podemos observar: a) la mujer, figura del pueblo, tiene un espíritu que la pone enferma y la tiene encorvada, es decir, que le impide alcanzar su plena estatura humana (v.10); b) en realidad, el que la tiene atada es Satanás, el poder religioso (v.16); c) Lucas insiste en el número “dieciocho años” (13,11.16), indicando su importancia; puede significar el repetido e irremediable fracaso humano causado por el espíritu inmundo.

El espíritu que produce la enfermedad representa, por tanto, el influjo de Satanás sobre el pueblo, es decir, la interiorización por éste de los principios del poder religioso, expresados en el precepto del sábado. El sábado o día de precepto, figura de la Ley, prohíbe la curación de los hombres: es el enemigo del hombre. La creencia en la legitimidad de esa observancia y en la institución que la impone es el espíritu que siempre ha impedido al pueblo su desarrollo humano.

En Juan.

En Jn 2,16, Jesús llama al templo “una casa de negocios” ( “Dejad de convertir la casa de mi Padre en una casa de negocios”), indicando que el dios falso que ha suplantado al Dios verdadero es el dinero y la ambición de riquezas. El dios falso, el poder del dinero, es el Enemigo del hombre (el “diablo” o “Satanás”).

El enemigo es homicida y embustero (8,44): el poder del dinero es agente de mentira y de muerte. Es “padre” de los dirigentes y “padre” de la mentira (8,44); es decir, la ambición y culto del dinero da origen a dos realidades: un círculo de poder (los dirigentes) y una ideología (la mentira).

En Mateo y Juan, “el Malo” o “Perverso” (Mt 5,37; 6,13; Jn 17,15) es una denominación del Enemigo, el poder/dinero, que indica su maldad intrínseca y lo presenta como inspirador del “modo de obrar perverso” propio del mundo (Jn 7,7).

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