
En
occidente, el cristianismo estuvo marcado por el liderazgo del obispo de
Roma a lo largo de la Edad Media, ya que ninguna otra ciudad ni ningún
otro obispo se podía comparar en prestigio y autoridad. Esta situación
provocó que el cristianismo occidental fuese más homogéneo que el
oriental.
La
iglesia occidental, centrada en Roma, terminó por convertirse en el
poder más influyente de Europa durante toda la Edad Media.
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