viernes, 7 de febrero de 2014

GERASENO COMO SÍMBOLO RELIGIOSO.



(Mc 5,2-20 par.)

El episodio del endemoniado geraseno (Mc 5,2-20 par.) es proverbialmente difícil. Pero, en medio de la dificultad, el evangelista da las pistas necesarias para que pueda interpretarse debidamente.
Según el texto, antes de la llegada de Jesús existía en la región pagana de Gerasa un enfrentamiento: entre el endemoniado (sin nombre) y una sociedad (colectivo) que había pretendido domeñarlo con la violencia, inmovilizándolo con cadenas y grillos (5,4). El endemoniado, sin embargo, había roto todas las ataduras y se había refugiado en los cementerios y en los montes, donde se destrozaba a sí mismo (5, 3.5). Era un rebelde, pero su rebeldía no le proporcionaba una salida a su situación; antes bien, lo llevaba a la destrucción.
El individuo vivía en los sepulcros, pero salió espontáneamente de ese lugar de muerte para ir al encuentro de Jesús (deseo de vida).

Si se lee el Sal 67,6 (66,6 LXX), no puede dudarse de que existe una repetida alusión a su texto en la perícopa del geraseno: “Dios hace habitar en una casa gente de la misma clase (cf. Mc 5,19: “Márchate a tu casa con los tuyos”), sacando fuera con valentía a los sujetos con grillos (Mc 5,4: “muchas veces lo habían dejado sujeto con grillos y cadenas”), e igualmente a los rebeldes, a los que habitan en tumbas” (Mc 5,3: “Este tenía su habitación en los sepulcros”).

Las últimas palabras del texto citado explican que “habitar en los sepulcros” significa ser un rebelde. Este rebelde está además poseído por un espíritu inmundo, pero como se explicará más adelante, los evangelistas utilizan la figura del espíritu inmundo para designar un fanatismo violento y destructor, una ideología inaceptable para Dios (“inmundo”).

Los grillos o cepos eran propios de los esclavos, especialmente de los prisioneros de guerra reducidos a la esclavitud (cf. Jue 16,21, de Sansón hecho cautivo por los filisteos; 2 Sm 3,34; 2 Re 25,7, de Sedecías hecho cautivo por Nabucodonosor; Sal 79,11; 146,7); se trata, pues, de un hombre al que por una acción violenta se le ha privado de su libertad, haciéndolo esclavo. De hecho, el verbo “domeñar” (5,4), que describe la acción que intenta la sociedad contra el individuo, significa también “vencer” en una lucha o batalla.

El valor representativo de esta figura está indicado por Marcos de diversas maneras. En primer lugar, por su nombre, “Legión” (5,9), que indica su pluralidad (“porque somos muchos”); por otra parte, que el nombre sea primariamente el del hombre, y sólo secundariamente el de los espíritus, lo muestra la correspondencia entre la protesta del endemoniado: “¿Qué tienes tú contra mí?” (5,7), y el diálogo que sigue: “¿Cómo te llamas?”, “Me llamo Legión” (5,9).

El nombre (“Legión”) es también un término militar, en la línea de los notados anteriormente (“grillos/cepos”, “domeñar/vencer”) y denomina a un colectivo. El individuo es así multitud (5,9: “porque somos muchos”), como lo son los espíritus que lo poseen (5,15).

Reuniendo los datos obtenidos, resulta tratarse de la multitud de esclavos (“grillos”), poseídos todos por un espíritu de violencia fanática, rebeldes contra la sociedad que los ha tenido dominados y que no encuentran salida a su situación de rebeldía. Se describe el conflicto permanente intrínseco a la sociedad esclavista pagana.

Otra prueba de la pluralidad representada por el geraseno es su petición a Jesús (5,10: “Y le rogaba con insistencia que no los enviase fuera del país”). El personaje que representa a los esclavos comprende que Jesús quiere liberarlos, pero no desea que esta liberación se haga como el antiguo éxodo de los judíos, que hubieron de abandonar Egipto. El evangelista expone así que la alternativa de Jesús ha de existir en medio de la sociedad injusta.

El texto griego presenta vacilaciones en los pronombres personales: a veces duda entre “él, ellos” masculinos (que se refieren al hombre) y las formas neutras (que corresponderían a los espíritus). En realidad, para el evangelista, la distinción entre hombre y espíritu no es la que existe entre dos seres yuxtapuestos, sino solamente la que existe entre el hombre y el fanatismo que lo despersonaliza. El hombre es uno con su violencia, aunque puede renunciar a ella. Puede hablarse de una doble personalidad: la suya de hombre y la que adquiere por el influjo de la ideología y el fanatismo. Por eso, en 5,8 se lee: “Jesús le había mandado (al hombre)”, pero se dirige al espíritu: “¡Espíritu inmundo, sal de este hombre!”. Es decir, se dirige al hombre en cuanto poseído (=espíritu), en cuanto identificado con su violencia fanática; Jesús lo insta a renunciar a ella.

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