martes, 24 de junio de 2014

Celso el Platónico

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Su vida

Escritor platónico ecléctico y polémico contra el cristianismo, quien floreció hacia fines del siglo II. Se conoce muy poco sobre su historia personal excepto que vivió durante el reinado de Marco Aurelio, que su actividad literaria cae entre los años 175 a 180, y que escribió una obra titulada ’alethès lógos (“La Verdadera Palabra”, o “El Verdadero Discurso”), contra la religión cristiana. Él es uno de varios escritores llamados Celso, quienes aparecieron como oponentes del cristianismo en el siglo II; él es probablemente el Celso que fue conocido como un amigo de Luciano, aunque algunos dudan esto, porque el amigo de Luciano era un epicureo, y el autor del “Verdadero Discurso” se muestra a sí mismo como platónico. En general se supone que Celso era romano. Sin embargo, su conocimiento íntimo con la religión judía y su conocimiento, tal como era, de ideas y costumbres egipcias inclinan a algunos historiadores a pensar que pertenecía a la parte oriental del imperio. Aquellos que consideran que fue un romano explican su conocimiento de los asuntos judíos y egipcios, asumiendo que adquirió ese conocimiento, ya sea por viajes, o mezclándose con la población extranjera de Roma.
Celso debe su importancia en la historia de la polémica cristiana no tanto al carácter preeminente de su obra, como a la circunstancia de que alrededor del año 240 una copia de la obra le fue enviada a Orígenes por su amigo Ambrosio, con la petición de que escribiera una refutación a la misma. Tras alguna vacilación, Orígenes accedió a hacerlo, e incorporó su respuesta en el tratado "Contra Celso" (kata Kelsou). Orígenes fue tan cuidadoso al citar las palabras exactas de su oponente que es posible reconstruir el texto de Celso a partir de la respuesta de Orígenes, una tarea que fue realizada por Jachmann en 1836, y más exitosamente por Keim en 1873. Puesto que el original del tratado de Celso desapareció, nuestra fuente primaria es sólo el texto reconstruido a partir de Orígenes (de esta forma se ha recuperado alrededor de nueve décimas partes del original).

Su obra

La obra de Celso se puede dividir de la siguiente manera: un prefacio, un ataque al cristianismo desde el punto de vista del judaísmo, un ataque al cristianismo desde el punto de vista de la filosofía, una refutación de la doctrina cristiana en detalle, y un llamamiento a los cristianos a adoptar el paganismo. En el prefacio Celso anuncia el plan general de su ataque, describiendo, en primer lugar el carácter general del cristianismo y después procede a acusar a cristianos y judíos de "separatismo", es decir, de arrogarse una sabiduría superior, mientras que en realidad, sus ideas sobre el origen del universo, etc., son comunes a todos los pueblos y de los sabios de la antigüedad. En la segunda parte, Celso sostiene que Cristo no cumplía las expectativas mesiánicas del pueblo hebreo. Cristo, dice, reclamaba provenir de nacimiento virginal; en realidad, era el hijo de una aldeana judía, la esposa de un carpintero. Para demostrar que Cristo no es el Mesías utilizó argumentos como la huida a Egipto, la ausencia de cualquier intervención divina en favor de la Madre de Jesús, quien fue desterrada junto con su marido y otros. Durante el curso de su ministerio público Cristo no pudo convencer a sus compatriotas que su misión era divina. Tenía como seguidores a diez o doce "publicanos y pescadores infames", los cuales no son la compañía apropiada para un dios. (Este es uno de muchos casos en que Celso de repente pasa del punto de vista judío al pagano.)
En cuanto a los milagros atribuidos a Cristo, algunos, dijo Celso, eran narraciones meramente ficticias, los otros, si realmente se realizaron, no son más maravillosos que las obras de los egipcios y de otros adeptos a las artes mágicas. Luego procede (cf. Orig. "Contra Celso", II) a reprender a aquellos judíos que “abandonando la ley de sus padres”, se dejaron engañar por uno a quien su nación había condenado, y cambiaron su nombre de judíos a cristianos. Jesús no cumplió sus promesas a los judíos; en lugar de triunfar, como ellos hubiesen esperado que triunfara el Mesías, Él falló incluso en mantener la confianza y la lealtad de sus seguidores elegidos. Su alegada predicción de su muerte es una invención de sus discípulos, y la fábula de su Resurrección no es nada nuevo para los que recuerdan las historias similares narradas sobre Zamolxis, Pitágoras y Rhampsinit. Si Cristo resucitó de los muertos, ¿por qué se apareció sólo a sus discípulos, y no a sus perseguidores y a aquellos que se burlaron de Él?
En la tercera parte (cf. Orígenes, op. Cit., III) Celso inaugura un ataque general contra el cristianismo desde el punto de vista de la filosofía. Él reprende tanto a judíos como a cristianos por su ridículo desacuerdo en materia de religión, mientras que, de hecho, ambas religiones descansan sobre los mismos principios: los judíos se rebelaron contra los egipcios y los cristianos contra los judíos; en ambos casos, la verdadera causa de la separación fue la sedición. A continuación, les reprocha a los cristianos por la falta de unidad entre ellos; hay tantas y tan diferentes sectas que no tienen nada en común excepto el nombre de cristianos. Como casi todos los adversarios paganos del cristianismo, censura a los cristianos por excluir de su sociedad a los "sabios y buenos", y por asociarse sólo con los ignorantes y pecadores. Él malinterpreta la enseñanza cristiana sobre la Encarnación, "como si", dice, "Dios no pudiese con su propio poder realizar la obra para la cual envió a Cristo a la tierra". Con este malentendido está conectada la falsa visión de Celso de la enseñanza cristiana sobre el tema de la Divina Providencia y el cuidado especial de Dios a la humanidad, en comparación con las plantas y los animales. “El mundo”, dice, "no fue hecho para el uso y beneficio del hombre", sino para el perfeccionamiento y la finalización del plan de Dios para el universo.
En la cuarta parte de su "Verdadero Discurso" (cf. Orígenes, op. cit., V), Celso recoge en detalle las enseñanzas de los cristianos y las refuta desde el punto de vista de la historia de la filosofía. Lo que es verdadero en las doctrinas de los cristianos fue tomado, afirma, de los griegos, y los cristianos no añadieron nada salvo su propia interpretación perversa de las doctrinas de Platón, Heráclito, Sócrates y otros pensadores griegos. "Los griegos", dice él, "nos dicen claramente lo que es la sabiduría y lo que es mera apariencia; los cristianos desde el principio nos piden que creamos lo que no entendemos, que invoquemos la autoridad de uno que estaba desacreditado incluso entre sus propios seguidores ". De igual manera, la enseñanza cristiana sobre el Reino de Dios no es más que una corrupción de la doctrina de Platón; cuando los cristianos nos dicen que Dios es un espíritu, están meramente repitiendo el dicho de los estoicos de que Dios es "un espíritu que penetra todo y que abarca todo”. Por último, la idea cristiana de la vida futura fue tomada de los poetas y filósofos griegos; la doctrina de la resurrección del cuerpo es simplemente una corrupción de la antiquísima idea de la transmigración de las almas.
En la quinta, y última, parte de su trabajo (cf. Orígenes, op. cit., VII, LXII ss.; VIII) Celso invita a los cristianos a abandonar su "culto" y a unirse a la religión de la mayoría. Defiende la idolatría, la invocación de los demonios (daimones), la celebración de fiestas populares, instando entre otras consideraciones, que el cristiano que goza de las bondades de la naturaleza debe, en agradecimiento común, darle gracias a los poderes de la naturaleza. Concluye su tratado con un recurso a los cristianos a abandonar su "vana esperanza" de establecer el imperio del cristianismo sobre toda la tierra; les invita a renunciar a su "vida aparte", y a ocupar su lugar entre los que de palabra, obra y servicio activo contribuyen al bienestar del imperio. En un epílogo promete otra obra (no sabemos si alguna vez la escribió) en la que explicará en detalle cómo deben vivir los que sigan su filosofía de vida.

Sus objetivos

El objetivo del trabajo de Celso es diferente al de los demás opositores del cristianismo en los primeros siglos; muestra relativamente poca de la amargura que caracterizó sus ataques. Él no desciende al nivel inferior de la polémica pagana. Por ejemplo, omite la habitual acusación de ateísmo, inmoralidad, “fiestas caníbales y reuniones edípicas”, acusaciones que comúnmente se esgrimían contra los cristianos con el fin de despertar la indignación popular. Su objetivo era, quizás, conciliador. Su apelación a sus contemporáneos cristianos a abandonar su separatismo y hacer causa común con los súbditos paganos del imperio puede haber sido más que un recurso retórico. Pudo haber sido inspirado por un sincero deseo de "convertir" a los cristianos a una apreciación y adopción de la filosofía de vida pagana. De hecho, Orígenes reconoce que su oponente no es ciego al lado desfavorable de la religión pagana, sobre todo a los abusos de los cultos particulares y los absurdos de la mitología popular. Es sólo justo para Celso, por lo tanto, atribuirle toda la sinceridad posible en su deseo de "ayudar a todos los hombres", y llevarlos a todos al ideal de "una religión”. Por otro lado, la actitud de Celso hacia la religión cristiana fue, apenas es necesario decirlo, la de un pagano mal informado sobre todos los puntos y carente de esa simpatía que sólo le permitiría comprender el significado de los principios más esenciales del cristianismo. Había leído muy bien la literatura pagana, y, además, estaba familiarizado con las ideas religiosas de los pueblos "bárbaros".
Su conocimiento del judaísmo y el cristianismo era tal que no podía haberse obtenido a partir de los libros por sí solos. Debió haber tenido tratos con los maestros judíos y cristianos, y con los representantes de las sectas gnósticas. De ahí surgió el peligro de confundir los principios de una escuela particular de interpretaciones gnósticas con la doctrina oficial del cristianismo, un peligro del que Celso no logró escapar, como es evidente en muchos pasajes de su obra, y como Orígenes fue muy cuidadoso en señalar. Estaba familiarizado con el Antiguo Testamento sólo en parte. Usó los “libros de los cristianos”, los Evangelios y, posiblemente, algunas de las Epístolas Paulinas, pero sobre este punto hay margen para la duda. Celso pudo haber obtenido sus conocimientos sobre las enseñanzas de San Pablo por la conversación con los cristianos. No puede haber duda, sin embargo, que usó los Evangelios, no sólo algunos documentos proto-evangélicos, sino los cuatro relatos sustancialmente como los tenemos hoy. Celso se esforzó en relacionarse con las creencias de sus contemporáneos cristianos, y sin duda estuvo consciente de su conocimiento del cristianismo. Sin embargo, no tuvo indicios de la distinción entre las enseñanzas universalmente aceptadas de la “gran Iglesia” de los cristianos y de las doctrinas propias de los ofitas, marcionistas y otras sectas heréticas. Además, si bien él es bien intencionado, sin embargo está parcializado; adopta la noción romana vigente de que el cristianismo no es más que una rama del judaísmo.
En lo que respecta a la persona de Cristo no presenta nada del respeto manifestado por los platónicos posteriores hacia el fundador del cristianismo. Muestra en espíritu escéptico hacia los milagros atribuidos a Cristo, a la vez que los describe como fábulas inventadas por los discípulos, en otros iguala con las maravillas obradas por los hechiceros de Egipto. Considera la Resurrección de Cristo ya sea como estúpida historia inventada por los seguidores de Jesús o como una aparición fantasmal tal como se narraba de algunos héroes de la antigüedad. Sobre todo, no logra alcanzar una comprensión correcta de la doctrina de la Encarnación y la expiación. Cuando llega a hablar de la forma de vida de sus vecinos cristianos, en común con todos sus compañeros escritores paganos, no puede ver la razonabilidad de la humildad cristiana, ni puede reconciliar con la esperanza cristiana de la conquista del mundo para Cristo, el hecho de que el proselitismo cristiano evita los encuentros con los sabios y poderosos y busca a los pobres y pecadores, mujeres, niños y esclavos, y le predica el Evangelio a ellos. Su forma también, a pesar del probable alcance conciliador de su obra, es la de un defensor especial del paganismo, que utiliza todos los recursos de la dialéctica y la retórica, todos los artificios del ingenio y el sarcasmo, para hacer que sus opositores parezcan ridículos. Tal vez el secreto de sus esfuerzos para hacer al cristianismo ridículo se muestra en su desaprobación de la actitud de indiferencia que los cristianos adoptaron hacia el interés y el bienestar del imperio. "Ustedes se niegan a servir al Estado", dice, "en paz o en guerra, desean su caída, utilizan todas las fuerzas de sus artes mágicas para llevar a cabo la ruina de la humanidad".
En su crítica del Nuevo Testamento, Celso anticipa las objeciones que se han identificado en nuestro tiempo con los nombres de Strauss y Renan. Del mismo modo, en las objeciones que presenta desde el punto de vista de la filosofía se anticipó de forma sorprendente a los argumentos utilizados por los racionalistas y evolucionistas modernos. Quizás se ha puesto demasiado énfasis en este último punto. Sin embargo, es interesante, por decir lo menos, encontrar en el siglo II un oponente del cristianismo oponiéndose a la idea cristiana de un origen divino directo del hombre con la teoría de que los hombres y los animales tienen un origen natural común, y que el alma humana surge del alma animal.

Su filosofía

Generalmente se describe a Celso un platónico en filosofía. Esto es correcto, si no se entiende en un sentido demasiado exclusivo. A pesar de que es anterior a Plotino, el primer gran neo-platónico, por casi medio siglo, pertenece a la edad del sincretismo en que la filosofía griega, dándose cuenta de la insuficiencia de sus recursos propios, desarrolló una espiritualidad ecléctica que dio la bienvenida y se esforzó por asimilar las enseñanzas religiosas de los diversos pueblos de Oriente. Se recurrió a esta tendencia sincrética como un remedio contra el materialismo y el escepticismo en que la filosofía había, por así decirlo, perdido vitalidad. Así, Celso saca su filosofía no sólo de las obras auténticas de Platón, sino también de los escritos pseudo platónicos, en particular las llamadas cartas de Platón, de Heráclito, Empédocles, los estoicos, los epicúreos, y de los sistemas religiosos de la los egipcios, asirios, persas, hindúes, etc Sin embargo, son platónicos los principios fundamentales sobre los que construye este sistema sincrético.. Dios, enseña él, es el inefable, el ignoto, la fuente de todas las cosas, Él mismo sin principio, el Logos penetrante, el alma del mundo. Dios es un espíritu, y todo lo que ha llegado directamente de sus manos, es espíritu.
Hizo las cosas materiales a través de la acción de los dioses creados. La substancia de las cosas materiales es la materia eterna, toda la fuerza es espíritu (ángel o demonio) que mora en la materia. El alma humana es divina en su origen, fue colocada en el cuerpo a causa de algún pecado primordial. Todo cambio, todo crecimiento y decadencia en el universo, no es el resultado de la casualidad o la violencia, sino parte de un plan de desarrollo en el que los espíritus contribuyen al diseño de un espíritu que todo lo ve, infinitamente benéfico. Incluso las vicisitudes de la idea de Dios, las religiones de los tiempos antiguos y modernos, son, dice Celso, parte del esquema de cosas divinamente diseñado. Porque no importa cómo las religiones del mundo puedan diferir entre sí, todos ellas afirman que hay un Dios que es supremo. Por otra parte, debe entenderse que los diversos conceptos mitológicos denotan las mismas facultades (dunameis), que se idolatran en los distintos países con diferentes nombres. Esos son los poderes benéficos que le dan productos y frutos al cultivador de la tierra. Los cristianos son, por tanto, ingratos por los dones de la naturaleza cuando se niegan a adorar a las deidades que simbolizan las fuerzas de la naturaleza. Por último, estos poderes, espíritus o demonios, median entre Dios y el hombre, y son la fuente inmediata de la profecía y la hechura de prodigios. Este último punto es importante. Para entender la crítica de Celso de la narrativa del Evangelio, es necesario recordar que él era un firme creyente en la posibilidad de curar por arte de magia.

Bibliografía: El tratado de Celso aparece en la obra de Orígenes; para el texto griego cf. KOETSCHAU, Origenes Werke (Leipzig, 1899), también MIGNE, P.G., XI. Una traducción del tratado al alemán fue publicada por KEIM, Celsus' wahres Wort (Zurich, 1873); PATRICK, The Apology of Origen in reply to Celsus (Edimburgo, 1897); BIGG, Neoplatonism (Londres, 1895); GEM, Christian Platonists of Alexandria (Oxford, 1886); LIGHTFOOT, Apostolic Fathers, Part II, II (Londres, 1885); FAIRWEATHER, Origen (Nueva York, 1901); CRUTWELL, Library History of Early Christianity (Londres, 1893), II, 498 sqq.; KAYSER, Le philosophie de Celse (Estrasburgo, 1843); PÉLAGAUD, Etude sur Celse (Paris, 1878); BUHL, La polémique de Celse (Estrasburgo, 1844); EHRHARD, Altchristliche Litteratur, Part I (Friburgo, 1900), 335 ss.; HARNACK, Gesch. der altchristlichen Litteratur (Berlín, 1897), II, pt. I, 314-5; BARDENHEWER, Gesch. der altkirchlichen Litteratur (Friburgo, 1892), I, 158 ss.; FUNK, Kirchengeschichtl. Abhandl. u. Untersuch. (Paderborn, 1899), II, 152 ss.
Fuente: Turner, William. "Celsus the Platonist." The Catholic Encyclopedia. Vol. 3. New York: Robert Appleton Company, 1908. <http://www.newadvent.org/cathen/03490a.htm>.
Traducido por Luz María Hernández Medina

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