miércoles, 25 de junio de 2014

Cenizas

No es fácil llegar a la concepción fundamental del uso litúrgico de las cenizas. No hay duda de que nuestro ritual cristiano ha sido tomado de la práctica de los judíos, una práctica retenida en ciertos detalles del ceremonial de la sinagoga hasta el día de hoy, pero la costumbre judía propiamente dicha necesita una explicación. Una serie de pasajes en el Antiguo Testamento relaciona las cenizas (efer; hebreo, APR) con el luto, y se nos dice que el doliente se sentaba o se revolcaba sobre, laminados en sí mismo, se rociaba la cabeza o mezclaba su comida, con "cenizas", pero no está claro si en estos pasajes debemos más bien traducir efer como polvo. Las frases se utilizan con la palabra afar (hebrero ‘PR), que sin duda significa polvo. Puede ser que el polvo fue tomado originalmente de la tumba, en señal de que los vivos se sentían uno con los muertos, o puede ser que la humillación y el descuido en el aseo personal constituían la idea dominante; pues una manifestación de dolor similar era, sin duda, familiar entre los pueblos arios, por ejemplo, en Homero (Ilíada, XVIII, 23). Parece menos probable que las propiedades de detersión de las cenizas (aunque esto también se ha propuesto) se toman como significativas de la purificación moral. El principal fundamento para esta última sugerencia es el Rito de la Vaca Roja (Núm. 19,17) en el que las cenizas de la víctima mezcladas con agua tenían la eficacia ceremonial de purificación de los inmundos (cf. Heb. 9,13).
Sea como fuere, el cristianismo adoptó, indudablemente, desde una fecha temprana, el uso de las cenizas como símbolo de penitencia. Así Tertuliano prescribe que el penitente debe "vivir sin alegría en la aspereza del cilicio y la miseria de las cenizas" (De Poenitentia, X), y se podría citar muchos pasajes similares de San Cipriano y otros de los primeros Padres. En su relato de la apostasía y reconciliación de Natalis, Eusebio lo describe cuando llegó donde el Papa San Ceferino vestido de cilicio y salpicado de cenizas (spodon katapasamenon, Hist. Ecles., V.28). Esta era la vestimenta penitencial normal, y la aspersión de la cabeza con cenizas siempre jugó un papel importante en la expulsión de los condenados a hacer penitencia pública, tal como figura en los primeros pontificales.
De hecho, el rito se conserva en el Pontifical Romano hasta nuestros días. Con ese traje de penitencia debemos, sin duda, relacional la costumbre, tan frecuente en la alta Edad Media, de acostar al moribundo en el suelo sobre un cilicio espolvoreado con cenizas cuando estaba a punto de expirar. Los primeros rituales le ordenaban al sacerdote a rociarlo con agua bendita, diciendo: "Recuerda que polvo eres y al polvo has de volver." Después de lo cual le preguntaba: "¿Estás satisfecho con el cilicio y las cenizas en testimonio de tu penitencia ante el Señor, en el día del juicio?" Y el moribundo le contestaba: "Sí, estoy contento".
Las cenizas también se usan en el rito de dedicación de una iglesia, en primer lugar para cubrir el pavimento de la iglesia en el que está escrito todo el alfabeto en griego y latín; y en segundo lugar para mezclar con el aceite y el vino en el agua que se bendice especialmente para la consagración de los altares. Este uso de las cenizas es probablemente anterior al siglo VIII.

Bibliografía: Kaulen, in Kirchenlex., s.v. Asche; Cabrol, Livre de la priere antique (París, 1900), 347-348; Jewish Encyclopedia, s.v. Ashes; Lesêtre in Vig., Dict. de la Bible, s.v. Cendres.
Fuente: Thurston, Herbert. "Ashes." The Catholic Encyclopedia. Vol. 1. New York: Robert Appleton Company, 1907. <http://www.newadvent.org/cathen/01776c.htm>.
Traducido por L H M.

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