viernes, 1 de agosto de 2014

Castigo.

         Es la retribución de la culpa. Con frecuencia tiene aspecto judicial, de sentencia ejecutada. Unas veces, la ley, en su enunciado, lleva aneja la pena (Éx 20); otras veces, el oráculo profético conmina la pena. Muchas veces, toma la forma de la ley del talión, en cuanto la pena se sitúa en el mismo plano que la culpa (por ejemplo, Is 5; Sal 53,7; 81).

       Función del castigo. Hay un castigo orientado a la conversión: hace recapacitar, reconocer, arrepentirse (Jue 2; Sal 106); en general, pertenecen a este tipo los castigos que Dios inflige a su pueblo; sirven para el escarmiento propio y ajeno. Si no se acepta, puede dar paso a la serie, hasta el efecto saludable (Am 4; Lv 26) o hasta el castigo final. Este definitivo castigo puede venir al final de la serie o en otro momento, puede servir de escarmiento sólo a otros. Ejemplo clásico de castigo saludable es el destierro (Is 26 y 40); de castigo definitivo, la destrucción de Sodoma (Gn 19 y frecuentes alusiones). El castigo revela la justicia o santidad de Dios (Ezequiel, pássim): el hombre, por las buenas o por las malas, reconoce a Dios (Sal 64). Instrumentos del castigo divino pueden ser los meteoros (Eclo 39); desgracias biológicas, como enfermedad y muerte prematura o violenta; desgracias históricas, como guerras; la vara es instrumento del castigo medido (Is 10); el fuego, instrumento de castigo final (Éx 32); también el hombre puede ser ejecutor del castigo. El castigo ligado a la alianza toma la forma de maldiciones. Como parte de la educación, se recomienda en la literatura sapiencial (Prov 13,24; 23,13).

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