jueves, 18 de septiembre de 2014

EL COLEGIO APOSTÓLICO DE LA IGLESIA BAJO UNA ÓPTICA ORIENTAL


Prof. Aloysius Chang, S.J. Taipei/Taiwan

Uno de las grandes contribuciones del Concilio Vaticano II ha sido la de haber dado una nueva importancia a la función del Colegio Apostólico en la Iglesia. Dicho colegio o cuerpo episcopal se basa en la elección de Jesús en los Doce Apóstoles, del cual el Pontífice romano y los Obispos de todo el mundo son sus herederos. En el Concilio de Jerusalén, el Colegio Apostólico ha conducido con coraje la Iglesia en el camino de la universalidad.
Después del Concilio Vaticano II, el Colegio Apostólico ha demostrado de manera clara y concreta, esta apertura universal, a través de la convocación periódica del Sínodo de los Obispos y la visita del Pontífice romano a las varias iglesias del mundo.
El Cuerpo Episcopal, por si mismo, expresa abiertamente su carácter masculino y vigoroso, porque en su dirección participan hombres que la enriquecen con las características que les son peculiares. Por ejemplo, esta colegialidad no deja de tener tensiones; la más clara es la tensión entre la universalidad y la localidad. No me extiendo demasiado en este tema, sobre todo porque el Sínodo de Obispos que actualmente se desarrolla en Roma, está afrontando justamente el tema del ministerio episcopal y, hemos podido escuchar, afronta tales tensiones.
Por disposición de la divina sabiduría, en el capítulo octavo de la Lumen Gentium, encontramos el argumento: "La Beata Virgen María Madre de Dios en el misterio de Cristo y de la Iglesia". En este capítulo se afirma que María expresa el rostro femenino y dulce de la Iglesia. Esta dimensión femenina tiene necesidad de integrarse con la masculina y vigorosa del Colegio Apostólico.
La tradición china da bastante importancia a la importancia de la "Vía del Taichi" (camino del absoluto), es decir, a la fusión armónica entre los elementos Ying y Yang (femenino - masculino / sombra - luz / negativo - positivo). Por esto en Taiwan, la 'eclesiología inculturada' aspira a la integración armónica entre la dimensión jerárquica - colegial de la iglesia y la dimensión mariana.
Pienso que esto sea lo que se tiende a reiterar el teólogo suizo Balthasar, cuando habla del principio "petrino" y del mariano en la Iglesia, además de sus respectivas funciones.
En el Evangelio de Lucas encontramos implícitamente expresado este principio "… Jesús iba recorriendo ciudades y aldeas predicando y anunciando la Buena Nueva del Reino de Dios. Lo acompañaban los Doce y también algunas mujeres… que los atendían con sus propios recursos" (Lc 8, 1-3). Los apóstoles y las mujeres en la comunidad misionera de Jesús, revisten una función específica e insustituible.
De otra parte, se necesita que, en el marco de la Iglesia Universal, el Cuerpo Episcopal se integre y trabaje armónicamente con los laicos. Son ellos quienes constituyen la dimensión mariana de la Iglesia. Los Obispos de todo el mundo, tienen necesidad de su unidad de oración, de su aceptación en la fe, del apoyo de su caridad y, también, de su contribución con consejos e ideas. Esto es lo que se entiende por armonía entre el Ying y el Yang.
En la actualidad, según Balthasar, el principio mariano es muy compartido y activo entre lo fieles.
La Iglesia Católica de Taiwan avanza con su expectativa. En efecto, la Iglesia china es muy devota de María. Una eclesiología inculturada no puede dejar de considerar este precioso recurso para encaminarlo, traduciéndolo de manera armónica, creativa y activa en la Iglesia.

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