miércoles, 3 de diciembre de 2014

Canon.

(heb. qâneh y gr. kanon, "caña [vara]").

Término que -derivado originalmente del nombre semita de una vara derecha o
caña- en sucesivas aplicaciones tuvo el sentido de "instrumento para medir" y
"regla [norma]" de conducta, gramatical, etc., establecida con autoridad, Kanon
aparece varias veces en el NT: en 2 Co. 10:13, 15, 16 ("regla", RVR; "norma",
BJ) con el sentido de límites o esferas de acción; en Gá. 6:16 con el de
"regla" de la vida cristiana dada por inspiración divina; y en Fil. 3:16 con el
de "regla" o norma de vida.  Este Diccionario sólo analizará su aplicación a la
colección o lista de los libros sagrados que componen el AT y el NT, aceptados
como inspirados por Dios y, por tanto, investidos de autoridad divina.

Para la iglesia cristiana del s II d.C. "canon" llegó a significar la verdad
revelada, la regla de fe.  Orígenes (c 185-c 254) fue el escritor cristiano más
antiguo que aplicó el término a la colección de libros de la Biblia,
reconociéndola como regla de fe y práctica.  El dijo: "Nadie debe usar para
probar una doctrina libros no incluidos en las Escrituras canónicas".  Años más
tarde, Atanasio (c 293?-373) designó a toda la colección de libros sagrados
como el "canon".  De este modo, el término pasó a indicar el catálogo o lista
de libros sagrados aceptados como inspirados, normativos, sagrados y con
autoridad.

El estudio del Canon involucra las preguntas de cuándo, cómo, por quién y por
qué los diversos libros de la Biblia fueron aceptados como sagrados y plenos de
autoridad; procura descubrir quiénes los coleccionaron y organizaron en su
orden actual.  Por tanto, es mayormente una investigación histórica.  Con
relación al Canon del NT hay fuentes abundantes, pero, con respecto al AT el
investigador se encuentra con grandes dificultades por la falta 200 de
evidencias externas.  No se conservó registro histórico alguno acerca de la
formación del AT, ni en las Escrituras ni en otros documentos históricos
contables.  En los escritos judíos extrabíblicos aparecen 2 informes que tienen
que ver con el tema (2 Mac. 2:13-15; 4 Esd. 14:19-48): El 1º dice que Nehemías
reunió los libros hoy considerados canónicos y fundó una biblioteca; al 2º se
lo conceptúa como puramente legendario.

Bib.: Orígenes, Comentario sobre Mateo, sección 28.

I. Canon del Antiguo Testamento.

El Canon del AT, como lo aceptan los protestantes, es la Biblia hebrea.  De
acuerdo con la distribución actual consiste de 39 libros, pero en tiempos de
Jesús estaba organizada en 24 libros (Esd. 14:45) distribuidos en 3 divisiones:
Ley, Profetas y Escritos o Hagiógrafos (véase Biblia [II. Divisiones]).  Se han
propuesto varias teorías para explicar la triple división de la Biblia hebrea:

1. Las divisiones se fundamentan en la erudición judía de la Edad Media (entre
ellos Maimónides), que habría sostenido que las 3 divisiones representan 3
grados de inspiración: para la Torah, Moisés habló directamente con Dios; los
profetas poseyeron el "espíritu de profecía"; y los Escritos fueron inspirados
por el Espíritu Santo.  Pero esta posición es insostenible.  En realidad, el NT
ignora los grados de inspiración: Jesús usó las 3 partes como si tuvieran el
mismo valor (Lc. 24:27, 44; cf 2 Tim. 3:16).

2. Las divisiones se deben a diferencias de contenido.  En primer lugar está la
ley, luego la historia y las predicciones, y por último la poesía y la
sabiduría.  Pero estas distinciones no son sólidas.  La Torah no sólo contiene
leyes sino también una gran cantidad de historia y algo de profecía; los
Profetas incluyen un gran porcentaje de poesía; y los Escritos contienen los
libros históricos de Esdras, Nehemías y Crónicas y el libro profético (en parte
histórico) de Daniel.

3. Las divisiones se deben a diferencias en la posición oficial y el estatus de
los escritores bíblicos.  Este punto de vista lo sostienen muchos protestantes
modernos.  Por ejemplo, para explicar la posición de Daniel entre los Escritos
distinguen entre el "don de profecía" (donum profeticum) y el "oficio de
profecía" (munus profeticum).  Daniel, creen ellos, poseía el don de profecía
pero no el oficio profético.

4. Las divisiones representan etapas separadas en el proceso de canonización. 
Esta es la posición crítica moderna.  Sostiene que la formación del Canon fue
un proceso gradual que comenzó con la Torah, fue seguida por los Profetas mucho
tiempo más tarde, y todavía más tarde por los Escritos.  Aunque este punto de
vista tiene algunas cosas en su favor, el erudito conservador no puede aceptar
las fechas tardías qué se asignan a las divisiones del canon.  Además, es muy
probable que la colección de los Profetas y los Escritos se compusiera más
sincrónicamente, y que, por tanto, las 2 divisiones representen diferencias de
contenido y no sólo de cronología.  Se cree que un estudio de las evidencias
mosa que las 3 partes ya se reconocían como Escrituras en tiempos de Esdras y
Nehemías; que los profetas, excepto los postexílicos, se aceptaron como
Escritura antes del exilio; y que la ley se aceptó en tiempos de Josué.  Estas
conclusiones se basan en el supuesto de una datación temprana y conservadora de
los libros del AT.

Al trazar la historia de la formación del AT se recomienda comenzar con el
Canon completo como existía en el s I d.C., y luego trabajar hacia atrás.  El
uso en el NT de términos como "las santas Escrituras" y "Escrituras" deja bien
en claro que entre los judíos del s I d.C. había una colección definida de
escritos sagrados, fija y plena de autoridad (Mt. 21:42; 22:29; Lc. 24:32; Jn.
5:39; Hch. 17:2, 11; 18:24; Ro. 1:2; 2 Ti. 3:15).  Las declaraciones de Jesús
también evidencian el reconocimiento de la división en 3 partes de los libros
sagrados (Lc. 24:44).  Las palabras de Jesús en relación con los mártires
existentes desde Abel hasta Zacarías (Mt. 23:35; Lc. 11:51), también están en
armonía con tal disposición.  Cronológicamente, Zacarías no fue el último
hombre justo asesinado, pero su homicidio es el último registrado en la Biblia
hebrea (está en 2 Cr. 24:20, 21, último libro del Canon hebreo; esta evidencia
implica el reconociriúento de los otros libros de la 3ª división del canon
hebreo).

Las evidencias del NT en relación con el Canon hebreo se confirman por escritos
judíos del s I d.C.  El 1er escrito que habla de 24 libros sagrados es 4 Esdr.
14:19-48.  Las obras de Filón, filósofo judío alejandrino (apogeo a fines del s
I a.C. y comienzos del II d.C.), tienen citas de la mayoría de los libros del
Canon hebreo pero nada de los apócrifos.  El historiador judío Flavio Josefo
(37 d.C.-c 100) menciona 22 libros canónicos "que contienen registros de todo
el pasado" (tal vez siguiendo la costumbre de algunos judíos de hacer equivaler
el número de libros con las 22 letras del alfabeto hebreo).  Enumera 5 como de
Moisés y 13 de los Profetas (tal vez Jos., Jue.-Rt., S., 201 R., Cr.,
Esd.-Neh., Est., Job, Dn., Is., Jer.-Lm., Ez. y los 12 Profetas Menores).  "Los
4 restantes -declara-, contienen himnos a Dios y preceptos para la conducción
de la vida humana" (sin duda se refiere a Sal., Cnt., Pr. y Ec.).  Un grupo de
eruditos judíos confirmó este Canon en el Concilio de Jamnia (fines del s I
d.C.). Aunque se puso en duda la canonicidad de libros como Pr., Ec., Est. y
Cnt., al fin se retuvieron como Escrituras.  Se adoptó la posición de que, en
cuanto a los judíos, el Canon estaba cerrado; por ello, el Canon judío no sólo
excluye los libros apócrifos sino también los cristianos (como los Evangelios).
 Otra evidencia acerca del Canon en el s I a.C. acurre en la Carta de Aristeas
(que unos ubican en el s I d.C. y otros más tarde), donde habla del Pentateuco
como "Escrituras" (56); sería la más antigua mención de ese hecho.

Del s II a.C. tenemos algunas menciones significativas en los escritos
apócrifos.  En 1 Mac. (c 100 a.C.) se habla del ánimo derivado de "los libros
santos que están en nuestras manos" (12:9).  En 1:54 se alude en forma definida
a Dn. 9:24-27.  En 1 Mac. 2 se menciona a los 3 hebreos y Daniel entre los
héroes de la fe como Abrahán, José, Finees, Josué, Caleb, David y Elías (1 Mac.
2:51-60; cf Dn. 1:7; 3:26; 6:23); todo esto indica que el libro de Daniel se
consideraba normativo y canónico. En 1 Mac. 7:16, 17 se introduce una cita de
Sal. 79:2 y 3 con la frase: "Según la palabra que estaba escrita", lo que
revela que Salmos también se consideraba canónico.  En 1 Mac. también se
registra los esfuerzos de Antíoco Epífanes por destruir los libros de la ley
(1:20, 56, 57).  Como 2 Mac. proviene de más o menos la misma fecha, nos cuenta
cómo Judas Macabeo hizo una colección de escritos sagrados (2:14).

El Eclesiástico, o la Sabiduría de Jesús ben Sirá (c 180 a.C.), nos proporciona
evidencias importantes.  Hacia el 132 a.C., el nieto de este sabio judío
tradujo el texto hebreo de esta obra al griego y escribió el prólogo, en el que
se refiere a "la Ley, los Profetas y los otros que les han seguido" (sería la
1ª evidencia de la existencia de una división tripartita de la Biblia hebrea). 
El Eclesiástico alude, cita o se refiere a por lo menos 19 de los 24 libros del
Canon hebreo.  Claramente menciona la disposición de los Profetas Menores como
el grupo de "los doce profetas" (49:10), y el bien conocido "Elogio de los
antepasados" sugiere que la 2ª división del Canon gozaba de autoridad en ese
tiempo (44:3, 4; 49:6, 8,10).

No nos han llegado escritos judíos producidos entre el s II a.C. y el tiempo de
Esdras y Nehemías (s V a.C.). Sin embargo, Josefo cuenta la historia de la
visita de Alejandro Magno a Jerusalén en el s IV a.C., cuando Jad, el sumo
sacerdote, salió a recibirlo fuera de los muros y lo convenció de que no
destruyera la ciudad.  En esa ocasión, según Josefo, le mostraron a Alejandro
las profecías del libro de Daniel con respecto a él.  Si el relato es verídico,
la existencia y el estudio de esta obra profética se remontan al s IV a.C.

No puede haber dudas de que por el s V a.C. el Pentateuco se consideraba
escritura canónica (cf Neh. 8:1-8).  Evidencia de ello es la reverencia de la
gente cuando se desenrolló el manuscrito.  El Pentateuco completo o en parte se
menciona como "libro de Moisés", "la ley de Moisés", "la ley de Jehová" o "el
libro de la ley de Jehová" unas 24 veces en Cr. y Esd. Neh, y una vez en Mal.
(4:4).  La tradición judía asigna la colección de los libros sagrados y la
fijación del Canon hebreo a Esdras y Nehemías.  En 2 Mac. se mencionan los
"archivos y... las Memorias del tiempo de Nehemías", y que éste fundó "una
biblioteca, reunió los libros referentes a los reyes y a los profetas, los de
David..." (2 Mac. 2:13-1 cf 4 Esdr. 14:37- 48).  Josefo también implica que el
Canon se completó en tiempos de Esdras y Nehemías, y afirma que a partir de ese
tiempo los escritos no tienen el mismo valor, "pues ya no hubo una sucesión
exacta de profetas".

Pero existen evidencias de que la Ley y los Profetas se consideraban como
Escrituras en fecha aún más temprana.  Zacarías (c 518 a.C.) se refiere a los
israelitas anteriores al exilio del siguiente modo: "Y pusieron su corazón como
diamante, para no oír la ley ni las palabras que Jehová de los ejércitos
enviaba por su Espíritu, por medio de los profetas primeros" (cp 7:12).  Este
es un locus classicus acerca de la inspiración de los profetas del AT.  Además,
si seguimos la datación conservadora del libro de Daniel* (s VI a.C.), tenemos
la evidencia adicional de que los escritos de Jeremías se reconocían como
autoridad junto con "la ley de Moisés" (Dn. 9:2, 11, 13).  Si el Canon de los
profetas se cerró en el período del exilio, es fácil comprender por qué Daniel
no fue incluido.  La fecha más tardía que se da en Daniel es el 3er año de Ciro
(10:1); o sea, el 536/535 a.C.  El libro quizá se completó poco más tarde.

En el s VII a.C. se ven claras evidencias de que la Ley, o gran parte de ella,
se consideraba como normativa y dotada de autoridad.  El rey Josías y su corte
la aceptaron como antigua y palabra de Dios (2 R. 22:13, 18, 19).  Esta
experiencia a veces la citan los eruditos modernos 202 como el comienzo del
Canon hebreo, pero no hay base para esta afirmación.  La Ley se consideraba
normativa mucho tiempo antes (cf Ex. 24: 3, 7).  Se pueden citar evidencias en
favor de esta idea del tiempo de Joás (2 R. 14:6), la comisión que David le
encargó a Salomón (1 R. 2:2, 3) y aún del tiempo de Josué (Jos. 1:7, 8; 8:31;
23:6).

Otra evidencia importante para una canonización preexílica de la Torá es la
existencia del Pentateuco Samaritano.  Esta es la única parte de la Biblia
hebrea que los samaritanos* aceptaron como Sagrada Escritura.  Aunque el 
Pentateuco Samaritano muestra ligeras variantes con respecto al hebreo en
algunos pasajes, es idéntico en cuanto a distribución, tamaño y contenido. 
Esto muestra que la Torá había sido adoptada como Santa Escritura por ambas
naciones antes de la separación en judíos y samaritanos.  También demuestra que
el Pentateuco hebreo tuvo su forma actual antes que las 2 naciones siguieran
sus caminos separadamente.  Si los judíos hubieran agregado algún material a la
Torá después que se hubiese producido la separación entre ellos, los
samaritanos no lo habrían aceptado.  Esta ruptura  entre judíos y samaritanos
ocurrió después del regreso de los judíos del exilio (de acuerdo con Esd.
4:1-4).  Parece razonable concluir que, en tiempos cuando comenzó el exilio, el
Pentateuco se consideraba la Biblia tanto para judíos como para samaritanos. 
Durante el exilio otros libros comenzaron a ser considerados parte del canon
-los libros proféticos-, pero estos agregados al Canon preexílico no fueron
aceptados por los samaritanos cuando éstos y los judíos siguieron sus caminos
separados después del exilio; pero ambos conservaron como Sagrada Escritura esa
parte de la Biblia actual que ambas naciones habían considerado como su Biblia
antes del comienzo del exilio.  Véase Versiones.

Bib.:  FJ-AA i.8; FJ-AJ xi.8.4, 5; FJ-AA i.8.  Más por su valor como fuentes
que por su presentación de la historia del Canon del AT, se recomiendan los
siguientes libros: H. E. Ryle, The Canon of the Old Testament [El Canon del AT]
(Londres, 1914); R. H. Tyle, The Canon of the Old Testament [El Canon del AT]
(Londres, 1904).

II. Canon del Nuevo Testamento.

El AT fue la Biblia de la iglesia cristiana primitiva.  Entre los cristianos de
habla griega esa Biblia fue la Septuaginta.  Aun después que los seguidores de
Jesús se separaron del judaísmo, retuvieron los libros sagrados que habían
llegado a llamar el AT.  Esto se debió principalmente al hecho de que
Jesucristo, su Señor, había usado estos escritos y los respaldó como poseedores
de autoridad (Mt. 5:17-19; 21:42;  22:29; Mr. 10:6-9; 12:29, 36; etc.). 
Consideró su vida y misión como un cumplimiento de las promesas y profecías
contenidos en ellos (Mt. 26:54; Mr. 14:49; Lc. 4:21; 22:16, 37; 24:24-27, 44,
45; Jn. 4:39; 10:35; 13:18; 15:25; 17:12).  Con tal respaldo, los cristianos no
podían descartar las escrituras del AT como judías, sino más bien aceptarlas
como libros cristianos.  De acuerdo con Hechos, también los primeros
predicadores cristianos usaron estos documentos como revelaciones divinas
dotadas de autoridad (Hch. 1:16; 2:16-21; 8:35; 17:2, 3, 11, 17; 18:4, 19,
24-28; 19:8; 28:23).  Aun las epístolas muestran que los primeros cristianos
aceptaron el AT como Palabra de Dios, inspirada y llena de autoridad (Ro. 15:4;
1 Co. 15:3, 4; 2 Ti. 3:15-17; 2 P. 1:20, 21).

Pero, desde el principio, junto con el AT tuvieron otra fuente de verdad
igualmente autorizada: los dichos del Señor, que circulaban en forma oral hasta
que se escribieron los Evangelios.  En 1 Co. 9:14 Pablo culmina su argumento de
que un predicador cristiano tiene derecho a recibir apoyo financiero con la
cita: "Así también ordenó el Señor a los que anuncian el evangelio, que vivan
del evangelio".  Es evidente que con "Señor" quiere decir Cristo, quien dijo:
"El obrero es digno de su salario" (Lc. 10:7; cf Mt. 10:10).  En apoyo del
sostén financiero de los ancianos se cita la misma afirmación en 1 Ti. 5:18 y
en relación con una declaración de Dt. 25:4 (las 2 afirmaciones de Pablo son
introducidas con las palabras: "Pues la Escritura dice").  En respuesta a las
preguntas que hicieron los corintios acerca del casamiento y del divorcio,
Pablo menciona la instrucción del Señor o la falta de ella (1 Co. 7:10, 12, 25;
muy probablemente la frase "el Señor" se refiera a Jesús).  Con respecto a
algunas de estas preguntas Pablo pudo citar a Jesús, en otras no, pero dio su
propia opinión inspirada.  "En palabra del Señor" (1 Ts. 4:15) probablemente se
refiera a dichos de Jesús, aun cuando no se los conserva en los Evangelios. 
Hch. 20:35 presenta a Pablo diciendo: "Se debe... recordar las palabras del
Señor Jesús, que dijo: Más bienaventurado es dar que recibir"; un dicho de
Cristo que no se incorporó a los Evangelios.  Estos y otros pasajes (por
ejemplo, Hch. 11:16) señalan la autoridad que se atribuyó a los dichos de Jesús
desde el mismo comienzo.  Jesucristo no sólo era profeta sino Mesías, Hijo de
Dios, divina Palabra encarnada.  Por ello, sus seguidores no podían sino poner
sus enseñanzas al nivel que tenían 203 los libros del AT (y así reconocían que
la revelación final y completa vino por medio de Jesucristo; He. 1:1-3).

A medida que la iglesia se expandía, particularmente entre los gentiles, se
sentía la necesidad de tener registros escritos de las palabras y los actos de
Jesús.  Sin embargo, a juicio de los eruditos los documentos más tempranos del
NT son algunas de las epístolas de Pablo. En ellas no existen referencias a
algún Evangelio escrito, y se cree que la mayoría se redactó antes de los
Evangelios.  Estas cartas constituyen un tipo nuevo y distintivo de literatura
religiosa (aunque tuvieran la apariencia externa de una carta griega
corriente).  En las manos del gran apóstol la forma epistolar común llegó a ser
un poderoso medio de inspiración e instrucción religiosa; aún los enemigos de
Pablo admitieron: "Las cartas son duras y fuertes" (2 Co. 10:10).  Aún son un
medio poderoso y eficaz para esparcir la fe cristiana. ¿Y cómo se produjeron?
La evidencia sugiere que la mayoría se dictó y no fue escrita directamente por
el apóstol.  Sin embargo, al final de la carta, añadía un saludo personal y su
firma, lo que le daba autenticidad (como lo sugiere la conclusión de 2 Ts.
3:17: "La salutación es de mi propia mano, de Pablo, que es el signo en toda
carta mía; así escribo"; cf 1 Co. 16:21).  Los autógrafos originales de todas
estas cartas, como los de todos los otros libros de la Biblia, se han perdido.

Por lo general se considera que 1 Ts. es la más temprana de las epístolas de
Pablo.  Fue escrita desde Corinto c 51 d.C.; unos pocos meses más tarde le
siguió 2 Ts.  Las demás cartas fueron escritas entre el 57 y el 66 d.C.  Se
desconoce la fecha exacta cuando se escribieron los Evangelios, pero
aparentemente no fue antes de la década de 60 del s I d.C.  Al principio no se
sintió la necesidad de un registro escrito de los dichos de Jesús.  Mientras
los apóstoles y otros testigos oculares vivían, ¿qué necesidad había de ello? 
Los apóstoles podían contar no sólo lo que Jesús dijo, sino también lo que
realizó.

La mayoría de los eruditos creen que Marcos fue el 1º de los Evangelios en
escribirse, y Juan el último.  Hacia fines del s I d.C., Juan, el último
sobreviviente de los apóstoles de Jesús en los días de su carne, registró sus 
recuerdos de la vida y los dichos de Jesús junto con sus reflexiones sobre
ellos, como para suplementar los otros Evangelios.  Así, antes del fin del s I
d.C. la mayoría de las iglesias conocía los primeros 3 Evangelios.  Esto
resulta claro por su uso en los escritos de los padres apostólicos (véase la
Didajé V.2; Ignacio, Epistola a los filadelfinos 5.8; Epistola de Mathetés a
Diogneto, cp 11).  A comienzos del s II d.C., no mucho después de escribirse el
4º Evangelio, se reunieron en una colección los 4 Evangelios y se publicaron
juntos.  Pero no tenemos evidencias históricas que digan cuándo, dónde y quién
fue el responsable de ello.  Efeso es el lugar más probable; y el tiempo, algún
momento de la primera mitad del s II. F. F. Bruce explica la importancia del
evento:  "Así, aunque previamente Roma tuvo el Evangelio de Marcos, Siria el de
Mateo, un grupo de gentiles el de Lucas, y los de Efeso el de Juan, ahora cada
iglesia tenía los 4 en una unidad llamada El Evangelio (y cada componente se
señalaba por las palabras "según Mateo", "según Marcos", etc.; The Books and
the Parchments [Los libros y los pergaminos], p 107).

Que esta colección estaba formada antes del 150 d.C. lo muestra el uso de los 4
Evangelios en el papiro Egerton 2 (c 150 d.C.) que se encuentra en el Museo
Británico. El Evangelio de la verdad copto encontrado en Nag Hamadí,* de la
misma fecha, y tal vez escrito por Valentino, también muestra su familiaridad
con los 4 Evangelios.  De aproximadamente la misma fecha tenemos la declaración
de Justino Mártir en su Primera apología, en la que describe la Eucaristía:
"Los apóstoles en sus memorias, llamadas los Evangelios, transmitieron lo que
Jesús les ordenó hacer" (cp 66; The Fathers of the Church [Los padres de la
iglesia], t 6, p 106).  También se refiere a la lectura de "las memorias de los
apóstoles o de los escritos de los profetas" en los cultos de adoración (cp
67).  Luego, en su Diálogo con Trifón, introduce una cita de Mateo con la frase
técnica: "Escrito está" (cp 100).  Por el 170 d.C., Taciano, un converso sirio
al cristianismo, combinó secciones de cada uno de los Evangelios en un todo más
o menos cronológico y lo llamó Diatesarón ("A través de los cuatro").  Su
propósito habría sido formar un solo Evangelio que combinara lo esencial de los
4.  El título y el contenido de su obra presuponen la existencia y la autoridad
de los 4 (y usó nuestros Evangelios y no otros al compilar el Diatesarón). 
Cerca del 185 d.C., Ireneo arguyó que el número 4 es axiomático.

Aun antes de que se formara el grupo de los Evangelios, se reunía otra
colección de escritos cristianos tempranos, la que consistía de cartas del
apóstol Pablo.  El ímpetu por producir esa colección se habría originado en las
órdenes que el mismo apóstol dio, las que sugieren que Pablo esperaba que los
mensajes de sus epístolas se usaran extensamente.  La colección 204 de estas
cartas habría comenzado aun durante su vida.  Pero la 1ª evidencia cierta de la
existencia de algo que se parece a una colección de ellas se encuentra en 2 P.
3:15, 16, que las pone a la par con "las otras Escrituras".  El valor de este
testimonio reside en la fecha que se asigna a 2 P.: algunos eruditos piensan
que es un escrito postapostólico del s II d.C. Goodspeed sugiere que la
publicación de Hechos estimuló el interés en Pablo y sus cartas, lo que condujo
a coleccionarlas.  El martirio del apóstol (c 67 d.C.) también confirió a esos
documentos una mayor atracción, y a su vez incentivo a las iglesias a conseguir
copias de ellos.

A comienzos del s II comenzó a circular una colección de los escritos de Pablo
con el nombre de Apóstolos ("El apóstol").  La carta de la iglesia de Roma a la
de Corinto, quizás escrita por Clemente a fines de la última década del s I,
tiene el consejo: "Tomen la epístola del bendito apóstol Pablo... En verdad,
bajo la inspiración del Espíritu, él les escribió" (1 Clemente 47:1-3).  Esta
es la referencia no canónica más temprana a Pablo, e indica que 1 Co. se
conocía tanto en Roma como en Corinto.  En la carta de Ignacio de Antioquía a
los efesios, escrita desde Esmirna a comienzo del s II, se dirige a sus
lectores como a "compañeros de iniciación con Pablo... quien en cada epístola
los menciona en Cristo Jesús" (cp 12).  Esto hace presuponer una colección de
esas cartas.  Policarpo, al escribir a los filipenses a mediados del s II, se
refiere a Pablo como quien, cuando estaba presente, "enseñaba con exactitud y
firmeza la palabra de verdad", y cuando estaba ausente escribía cartas, "de
cuyo estudio se podrán edificar en la fe que les fue dada" (cp 3).  Cuando se
realizó el juicio de los mártires escilitanos de Cartago (180 d.C.), el
procónsul Saturnino le preguntó a uno de ellos, Esperato, qué tenía en su caja.
 La respuesta fue: "Unos libros y las cartas de Pablo, varón justo".  En ese
tiempo no sólo se conocían las cartas de Pablo en el norte de Africa sino que,
con toda probabilidad, se habían traducido al latín.

Resulta claro, entonces, que a mediados del s II se habían formado 2 grandes
colecciones de documentos cristianos: los Evangelios y las cartas de Pablo. 
Cuando los 4 Evangelios se convirtieron en una sola unidad, se separó Hechos de
la obra de Lucas en 2 tomos y quedó aislada.  Pero compartía la misma autoridad
y el mismo prestigio del Evangelio de Lucas.  Además, proporcionaba una
continuación del Evangelio y servía de introducción apropiada a las cartas de
Pablo.  Por eso llegó a ser el eslabón que unía las 2 colecciones; éstas, con
el nexo vital de Hechos, constituyen el núcleo sólido del Canon del NT.

Es evidente que las cartas de Pablo formaron el modelo literario para las otras
7 epístolas: Stg., 1 y 2 P., 1, 2 y 3 Jn. y Jud.  Estas epístolas católicas o
generales aparentemente se abrieron paso separadamente; no existen evidencias
de que constituyeran otra colección diferente.  Más bien parece haber sido
añadidas individualmente a Apóstolos a medida que se reconocía su canonicidad. 
Apocalipsis está en una categoría por sí mismo, a pesar de que después de la
visión introductoria del Cristo trascendente, contiene 7 cartas a las iglesias
del Asia Menor.  El escritor era consciente de ser un profeta y de que sus
mensajes eran un producto de la revelación divina (Ap. 22:6, 7).  Por eso debía
leerse en público en la iglesia (1:3).  A pesar de ello, no fue aceptado
enseguida en forma universal como canónico.

La aparición de herejes y libros heréticos en la iglesia apresuró el proceso de
canonización.  Marción (c 140 d.C.) procuró reformar la iglesia que, a su
parecer, se había contaminando con el judaísmo.  Rechazó completamente el AT y
sostuvo que aun las enseñanzas de los Doce estaban impregnadas de ideas judías.
 El único apóstol genuino, sostenía, era Pablo.  Por ello formó un Canon que
consistía de Lucas (el Evangelio, purificado de su acreciones judías) más 10
epístolas de Pablo (el Apostolikón), y excluía las epístolas pastorales y
Hechos.  A éstos añadió un tratado propio llamado Antíthesis.  El canon
limitado de Marción forzó a la iglesia a tomar posición sobre el tema de los
libros religiosos.  La iglesia del s II estaba plenamente persuadida de que el
AT era parte de las Escrituras cristianas; que había 4 Evangelios con
autoridad, no uno solo; que13 y no10 eran las epístolas de Pablo que se debían
aceptar; y que se debían incluir las otras epístolas generales.

La lista más antigua que nos ha llegado de los libros del NT aceptados por la
iglesia primitiva está contenida en el Fragmento Muratoriano, un extracto
mutilado de un Canon romano (c 180).  No sólo presenta una lista de libros,
también contiene afirmaciones con respecto a la autoría, los destinatarios, la
ocasión y los propósitos de cada uno.  Lamentablemente falta la 1ª parte, y el
fragmento comienza en medio de una oración, que aparentemente trataba de
Marcos.  Por cuanto el Canon luego se refiere a Lucas como al 3er Evangelio y a
Juan como al 4º, podemos concluir con bastante seguridad que la parte perdida
se ocupaba de Mateo y de Marcos.  La lista corresponde 205 en su mayor parte a
nuestro Canon actual del NT, excepto 4 libros que no se incluyen: Hch., Stg. y
1-2 P.  Se mencionan 2 epístolas de Juan, lo que tal vez significa que 3 Jn.
quedó fuera.  Además de 13 las cartas de Pablo (excluye He.), el documento se
refiere a supuestas epístolas a los laodicenses y los alejandrinos
"falsificadas con el nombre de Pablo y dirigidas contra la herejía de Marción",
y varias otras que no se pueden aceptar "porque no es apropiado que la hiel se
mezcle con la miel".  Además del Apocalipsis escrito por Juan, también menciona
el Apocalipsis de Pedro, que "algunos de nuestro pueblo rehúsan" escuchar en la
congregación.  También menciona el Pastor de Hermas, pero no admite que se lo
lea en la iglesia.  En suma, este documento indica cuáles eran los libros que
tenían nivel canónico en Roma hacia fines del s II.

Cerca del fin del s II d.C. el testimonio de 3 escritores patrísticos
destacados, de diversas regiones geográficas, indica que había un grupo de
escritos cristianos generalmente respetados por la iglesia: 1) Ireneo,
procedente originalmente del Asia Menor y más tarde obispo de Lyon en Galia,
habla de los libros del NT como de "Santas Escrituras" y "los oráculos  de
Dios".  Pone los Evangelios y los escritos  apostólicos a la par con la Ley y
los Profetas. Aunque no da una lista formal de los libros del NT, se refiere a
los 4 Evangelios, Hechos, 13 epístolas de Pablo (excluye Flm.), 1 P., 1 Jn. y
Ap.  Usa ampliamente Hechos y las epístolas pastorales.  Aparentemente no
acepta como canónicos He., Stg., 2 P., 3 Jn. y Jud.  2) Tertuliano, un testigo
de la iglesia del norte de Africa de c 200 d.C., llamó Escrituras a los 4
Evangelios que pertenecen al Instrumentum evangelicum.  Además de estos, parece
considerar 18 libros como parte del Instrumenta apostolica: 13 epístolas de
Pablo, Hch., 1 P., 1 Jn., Jud. y Ap.  Cita He. como obra de Bernabé y
aparentemente no lo considera canónico, aunque nota que otros lo aceptan. 
Habría sido el 1º en usar el nombre de Novum Testamentum para distinguirlo de
Scriptura Vetus.  3) Clemente de Alejandría, de aproximadamente la misma época,
citó los 4 Evangelios como "Escritura", y es evidente que aceptaba como
canónicas 14 epístolas de Pablo (incluyendo He.), Hch., 1 P., 1-2 Jn., Jud. y
Ap.  No menciona Stg., 2 P. y 3 Jn., y si los aceptaba es incierto.  Además,
parece haber considerado la Epístola de Bernabé y el Apocalipsis de Pedro como
inspirados.

Estos 3 destacados escritores del s II concuerdan en general con el Fragmento
Muratoriano respecto a la mayoría de los libros aceptados como canónicos: los 4
Evangelios, 13 cartas de Pablo, Hch., 1 P., 1 Jn. y Ap.  La inclusión de "las
epístolas católicas menores" -Stg., 2 P., 3 Jn. y Jud.- se discutió por muchos
años.  Esto también fue cierto de He. en el oeste.  Mientras el Ap. se aceptaba
en el oeste, su lugar en el Canon fue discutido mucho en el oriente.  Había
libros que hoy están fuera del Canon del NT, pero que en algún momento
estuvieron a punto de entrar: como la Epístola de Bernabé, el Pastor de Hermas
y la Didajé.

Hoy existen importantes códices de papiro que datan del s III que contienen
grandes porciones del NT.  En uno de ellos (p45), que data de la primera mitad
del s III, hay 30 hojas de 220 originales de los 4 Evangelios y Hch.  Otro
(p46), fechado c 200 d.C., tiene 84 de un original de 104 hojas de 10 epístolas
de Pablo (incluyendo He.).  De mediados del s III, o de la última mitad del
siglo, hay uno (p47) con 10 hojas del Ap.  Un códice de papiro (P66) de Juan se
debe ubicar por el 200.  Otro (p72) del s III contiene 1-2 P. y Jud. 
Finalmente, hay otro (P75), de c 200, con 102 páginas de Lucas y de Juan.

La versión Latina Antigua (Vetus Latina) del NT probablemente se produjo en la
última mitad del s II.  Aunque no existe ningún Ms de la Latina Antigua que
contenga todo el NT, sí existen Mss con los Evangelios, Hch., las epístolas de
Pablo, Ap. y fragmentos de 1 y 2 P.  Poco antes del 400, Jerónimo hizo una
revisión de la Latina Antigua, que llegó a conocerse como la Vulgata.  Que
contenga todo el NT sugiere que en la Latina Antigua también se hallaba.  Pero
en la Peshita siria, la versión oficial siria, no aparece 2 P., 2-3 Jn., Jud. y
Ap., y refleja las dudas de la iglesia oriental acerca de esos escritos.

Durante el s III hubo una cuidadosa revisión de los libros más discutidos.  El
erudito Orígenes viajó extensamente y pudo determinar cuáles eran generalmente
aceptados.  Clasificó los escritos que pretendían autoridad apostólica en 3
clases: 1. Los libros no discutidos o universalmente reconocidos (4 Evangelios,
13 epístolas de Pablo, 1 P., 1 Jn., Hch. y Ap.).  2. Los escritos falsificados:
los Evangelios de los egipcios, de los Doce, y de Basílides.  3. Las obras
consideradas dudosas: Stg., 2 P., 2-3 Jn., Jud. y probablemente He.

Esta triple clasificación, que revela dudas con respecto a varios escritos,
también se encuentra en la Historia eclesiástica de Eusebio.  Su lista de
libros aceptados es casi idéntica a la de Orígenes, salvo por la inclusión de
He. como canónico, y por algunas reservas en relación 206 con Ap.  Divide los
libros discutidos en 2 grupos: a. Los aprobados por muchos (Stg., Jud., 2 P.,
2-3 Jn.).  b. Los que son espurios (Hechos de Pablo, Apocalipsis de Pedro,
Pastor de Hermas, Bernabé y Didajé).  Su 3ª categoría incluye los libros
rechazados por ser falsificaciones heréticas: los Evangelios de los egipcios,
de Tomás, de Basílides y de Matías, más los Hechos de Andrés y los de Juan.

Temprano en el s IV el emperador Diocleciano ordenó la demolición de iglesias y
la confiscación de libros cristianos.  Todos sus escritos sagrados debían ser
entregados y quemados bajo pena de muerte.  Esto apresuró la decisión de
establecer los límites del Canon al forzarlos a decidir por cuáles libros
estaban dispuestos a arriesgar sus vidas.  El s IV quedó señalado por
declaraciones autorizadas de obispos y concilios con respecto a los límites del
canon.  Atanasio, obispo de Alejandría y el principal teólogo de la iglesia
oriental, incluyó en su 39ª Carta Festal, dirigida a sus obispos, una lista de
los libros de la Biblia: es la 1ª que contiene los 27 libros del NT exactamente
como los tenemos hoy.  "Estos -declaró- son fuentes de salvación, de modo que
los sedientos se puedan saciar... y sólo en ellos están proclamadas las buenas
nuevas de la enseñanza de la verdadera religión; nadie añada a ellos ni quite
nada de ellos".  Su carta es importante, porque su influencia se extendía por
todas las iglesias de habla griega en el Oriente, entre los cuales había dudas
con respecto a la canonicidad del Apocalipsis y de varias epístolas.  La
primera versión siria que contenía las epístolas católicas menores y el Ap. se
produjo en el 508 por Filoxeno, obispo de Mabbug o Hierápolis.

Antes del Concilio de Trento (s XIV), ningún concilio general de la iglesia se
pronunció acerca del canon.  Sin embargo, en concilios locales se tomaron
decisiones que tenían autoridad en las provincias representadas, y que serían
considerados como más o menos normativos en otras áreas a las que llegaban. 
Uno pequeño se realizó en Laodicea (363), pero hay muchas dudas con respecto a
la autenticidad del Canon final que da la lista de los libros del NT.  En un
concilio en Roma (382) se declaró la aceptación de varias epístolas, incluyendo
la de He. que había estado en duda (Ap. se aceptaba en Occidente).  En el norte
de Africa, el Concilio de Hipona (393) y el Tercer Concilio de Cartago (397)
ratificaron este Canon y excluyeron todos los demás libros y prohibieron su uso
en las iglesias.  Hacia fines del s IV ya no había más discusiones sobre el
derecho de cada uno de los 27 libros del NT de estar en el canon; se lo
consideraba fijo e inviolable.

La iglesia no creó el Canon ni confirió canonicidad a los libros.  La
iniciativa en la producción y colección de los libros sagrados fue de Dios.  La
iglesia sólo pudo reconocer y recibir con fe los documentos producidos por
inspiración divina.  El desarrollo del Canon fue un proceso gradual, presidido
por el Espíritu de Dios.  Es cierto que concilios regionales de la iglesia
tomaron decisiones con respecto al Canon de las Escrituras, pero las razones
para aceptar el actual son más profundas que la autoridad de esos concilios;
están basadas en la convicción de que la mano de Dios condujo su formación. 
Los cristianos primitivos aceptaron como confiables sólo los libros que fueron
escritos por un apóstol o un compañero de los apóstoles.  Un documento, para
ser reconocido como canónico, debía gozar de amplia aceptación entre los
creyentes de toda el área mediterránea.  Ellos juzgaban una obra sobre la base
de su contenido, su coherencia interna, su concordancia con el resto de las
Escrituras y su armonía general con la experiencia cristiana.  Cualquier
cristiano que desee convencerse por sí mismo con respecto al Canon del NT puede
hacerlo mediante una comparación cuidadosa de los 27 libros aceptados por la
iglesia con cualquier otra publicación cristiana de los primeros 3 siglos.  Sin
duda, llegará a la conclusión de que no hay libro alguno en el Canon que debió
quedar fuera de él, y ningún libro que quedó afuera debió ser incluido en él.

Resumiendo, este Diccionario emplea los términos relacionados de la siguiente
manera:

1. Canónico:

todo lo aceptado como inspirado por Dios.

a. Canon del AT:

lo aceptado por el judaísmo en sus Biblias (39 libros).

b. Canon del NT:

lo aceptado por el cristianismo hasta fines del s IV d.C. (27 libros: fecha del
establecimiento definitivo del Canon bíblico, incluyendo el del AT).

2. Apócrifo (o No canónico):

Deuterocanónicos,* Seudoepigráficos* y Apócrifos propiamente dichos (es decir,
aceptados por todas las denominaciones como realmente apócrifos).  Véase
Apócrifos.

Bib.: I-AH 2.27; 1.8; etc.; Ibíd. 1.3.6; Tertuliano, Adv. Marc.  IV.2, 5: De
Carne Christi, 3; Adv. Prax. C. 13, 20; EC-HE III.25; F. F.  Bruce, The
Spreading Flame [La llama que se extiende] (Grand Rapids, MI, 1958); F. F. 
Bruce, The Books and the Parchments [Los libros y los pergaminos] (3ª ed. rev.;
Nueva York, 1963); The Cambridge History of the Bible [La historia de la Biblia
de Cambridge].  207 3 ts (Cambridge, 1963, 1969, 1970); F. V. Filson, Which
Books Belong in the Bible? [¿Qué libros pertenecen a la Biblia?] (Filadelfia,
1957); R. M. Grant, The Formation of the New Testament [La formación del NT]
(Nueva York, 1965); A. Souter, The Text and Canon of the New Testament [El
texto y el Canon del NT] (2ª ed.; Londres, 1954).

Cantares, El Cantar de los.

Ultimo de los 5 libros poéticos del AT, y uno de los Megillôth (o Cinco Rollos)
del Canon hebreo.  El título hebreo: Shîr Hashshîrîm, "El canto de los cantos",
puede significar el mayor o el más dulce de todos los cantos (del mismo modo
que "Rey de reyes" significa "rey supremo").  El nombre que se le da al libro
se deriva del título en la Vulgata Latina: Canticum Canticorum.

I. Autor.

El libro afirma que fue Salomón, por varias evidencias: 1. Puesto que compuso
1.005 "cantares" (1 R. 4:32), no existe razón alguna para suponer que no sea el
autor de "el cantar de los cantares".  2. El vocabulario fluido y el estilo
lleno de gracia del poema son propios de un escritor del tiempo de Salomón, la
edad de oro hebrea.  3. Evidentemente el autor estaba familiarizado con la
geografía de Palestina de esa época, y la gloria y la pompa de Israel estaban
frescos en su mente.  4. El conocimiento que tenía de las plantas, los
animales, los productos del suelo y los artículos importados concuerda con lo
que se dice acerca de Salomón (1 R. 4:33; 9:26-28; 10:24-29; etc.).  5. La
similitud de Cantares con pasajes del libro de Proverbios es una indicación
adicional de la autoría de Salomón (cf Cnt. 4:5 con Pr. 5:19; 4:11 con 5:3;
4:14 con 7:17; 4:15 con 5:15; 5:6 con 1:28; 6:9 con 31:28; 8:6, 7 con 6:34,
35).

En Cantares aparecen varios personajes, aunque no siempre es claro cuándo
comienza el discurso de cada uno, especialmente en nuestras versiones, donde a
veces es algo confuso el género de quien habla (como ocurre en hebreo).  En
vista de la dificultad de seguir la conexión lógica entre las diferentes partes
del poema (aun en el texto original), algunos consideran que Cantares es una
antología de cantos de amor, tal vez de diferentes autores, en lugar de una
obra de un solo autor que escribe con un plan definido.  Sin embargo, la unidad
del libro parece clara porque (a) en todo el trabajo se destaca muy bien el
nombre de Salomón (Cnt. 1:1, 5; 3:7, 9, 11; 8:11, 12), y por (b) la repetición
de palabras, ilustraciones y figuras similares en todo el poema (cf 2:16 con
6:3, y 2:5 con 5:8).

Además, el autor señala que tenía 60 reinas y 80 concubinas (Cnt. 6:8), pero la
sulamita,* cuyo casamiento celebra el canto, las sobrepasa a todas (6:9, 13). 
Más tarde el harén de Salomón llegó a 700 esposas y 300 concubinas (1 R. 11:1,
3), por lo que parece evidente que Salomón compuso el poema durante la 1ª parte
de su reinado.  Todas estas observaciones tienden a confirmar la pretensión de
que el libro procede de Salomón.

II. Canonicidad y Estilo literario.

Su derecho a un lugar en el Canon sagrado se debatió hasta tiempos del NT (es
notable que el NT nunca cita Cantares o hace alusiones a él).  Desde el punto
de vista occidental puede ser difícil explicar cómo encontró un lugar en el
Canon sagrado.  Aparentemente, durante siglos muchos judíos no estaban seguros
de que merecía un lugar junto a las otras obras inspiradas, aunque generalmente
la interpretaron como una alegoría* espiritual del amor de Dios por el antiguo
Israel.  De acuerdo con Orígenes, el rey representa a Cristo, y la sulamita a
su iglesia, o tal vez a los individuos dentro de la iglesia; una relación
espiritual que aparece con frecuencia en el NT (Ef. 5:25-33; Ap. 19:7-9; 21:9;
etc.).  Pero un enfoque más seguro de interpretar Cantares sería tomarlo
sencillamente como lo que pretende ser: una narración poética que conmemora el
amor de Salomón por una hermosa señorita de la Palestina del norte, y
considerar que encontró un lugar en el Canon sagrado por causa de su exaltada
idealización del matrimonio como una institución del Creador, aunque con un
rico fervor oriental que tiende a dejar perplejos a los lectores occidentales. 
Sin embargo, es posible sacar lecciones de valor espiritual sin necesariamente
considerar que esas lecciones fueron la intención de la Inspiración en la
composición y canonización del libro.

III. Tema y Contenido.

Por su forma poética, Cantares es un idilio con una trama sencilla: el amor de
Salomón por una joven campesina con quien se casa, no por ventajas políticas
sino por amor genuino.  La mayoría de los críticos y comentadores modernos
favorece un bosquejo con 3 personajes principales: Salomón, la sulamita y un
pastor que la corteja.  Además, cabe destacar la continua aparición de la
familia de la novia (pero sin el padre; véase 1:6; 3:4; 8:2).

Se han propuesto varias teorías con respecto a la naturaleza y la secuencia de
las diversas partes del poema.  De acuerdo con un punto de vista, la sulamita
resiste con éxito las atenciones del rey y permanece fiel al pastor que la ama.
 Según otro punto de vista, que tal vez se ajuste más a la realidad, el poema
celebra el 208 casamiento de Salomón con la sulamita después de haber ganado su
afecto.  El rey la lleva a Jerusalén para cortejarla, ocurre el casamiento, y
luego aparecen expresiones mutuas de admiración y amor, primero de parte de la
novia y luego del novio (Cnt. 1:2-2:7).  En una feliz ocasión posterior el rey
y la novia recuerdan el momento de su compromiso y su casamiento (2:8-5:1). 
Por alguna razón no explicitada (quizás una pesadilla) se produce un
distanciamiento en la corte, pero el amor se restablece y el rey nuevamente
ensalza a su esposa (5:2-6:9).  La incomparable belleza de la sulamita
contrasta con la de las otras jóvenes de Jerusalén, y Salomón queda arrobado
por ella (7:6-9).  Con el tiempo, ambos vuelven a la casa de ella, y se entabla
el diálogo entre el rey, su esposa y los hermanos de ella (7:10-8:14; véase CBA
3:1127-1130).

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