martes, 23 de diciembre de 2014

EL DIOS GINECÓLOGO.

 
El único que podría salvarla es Dios.

Pero ella, "impura", no puede ni siquier pensar en volverse al "tres veces Santo" (Is 6,3) que ha establecido tajantemente que todo lo relativo al sexo sea clasificado como "impuro".

No fiándose de los hombres, el mismo Señor tiene cuidado de enumerar con abundancia de detalles, dignos de un manual médico, todos los casos que hacen "impuros" al hombre y a la mujer, condición que imposibilita la comunicación con Dios (Lv 5,2-3; 22,3).

El nacimiento de un niño hace "impura por siete días" a la madre, que "pasará treinta y tres días purificando su sangre" (Lv 12,1-5) (los números se duplican cuando el nacimiento es de una niña, Lv 12,1-5).

El hombre es considerado impuro, no sólo en caso de gonorrea (blenorragia), enfermedad venérea conocida en la época, sino también por lamera "emisión de semen" que lo hace "impuro hasta la tarde"; "si un hombre se acuesta con una mujer y tiene una polución, se bañará y quedará impuro hasta la tarde" (Lv 15,18).

Más complicada se presenta la situación de la mujer: "Ésta, cuando tenga su mestruación, quedará manchada durante siete días" (Lv 15,19).

Durante ese tiempo es semejante a una contagiada de peste. A las mujeres en estas circunstancias les está prohibido entrar en el santuario y participar en el culto; Flavio Josefo las coloca entre "los leprosos y los que tienen gonorrea" en el elenco de personas que no pueden ni siquiera celebrar la Pascua (Guerra Judía 6,9,3).

No sólo "quedará impuro hasta la tarde quien la toque", sino que la mujer contaminará "el sitio donde se acueste o donde se siente; mientras esté manchada, quedará impuro" (Lv 15,24).

La situación se agrava en caso de irregularidad en las menstruaciones que hacen impura a la mujer durante todo el tiempo del flujo.

Una vez "curada del flujo, contará siete días y después quedará pura. El octavo día tomará dos tórtolas o dos pichones, los presentará al sacerdote, a la entrada de la tienda del encuentro" (Lv 15,28-29).

Las ya fatigosas y mortificantes prescripciones dictadas por Dios mismo serán aceptadas y ampliadas por la tradición rabínica que hará tragicómicos estos preceptos.

En la última sección del Talmud, donde se enumera todo lo que puede hacer a alguien impuro, se dedica todo un tratado a las impurezas menstruales de la mujer, pero, no siendo bastante, el tema de las menstruaciones se encuentra disperso por todo el Talmud, con prescripciones que son una mezcla de primitivismo por tratarse de conocimientos ginecológicos aproximativos, tabúes, supersticiones y terrorismo religioso.

Se enseña que "una mujer irregular (en su regla) no debe tener relaciones y no tiene derecho a la dote ni a la devolución de sus bienes; su marido la debe repudiar y no tomarla nunca más" (Nid B. 12b); el descuido en la observancia de los preceptos de la menstruación causa la muerte de la mujer (Ber. B. 31b).

Se describe con precisión incluso el tamaño de la gota de sangre suficiente para tener que recurrir a los ritos de purificación (del tamaño de un grano de mostaza, Ber. B. 31a) y se avisa que es peligroso tener relaciones con una mujer durante su menstruación porque "cuando una mujer con la menstruación pasa entre dos hombres, si es al comienzo del período, provoca la muerte de uno de ellos y si, al final, hace surgir una pelea entre ambos" (Pes 3a).

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