miércoles, 24 de diciembre de 2014

EXCOMULGADO POR GRACIA DE DIOS (Jn 9)

 
"Bien y mal, vida y muerte... todo viene del Señor" (Eclo 11,14) que se define a sí mismo "creador de la desgracia" (Is 45,7) y asegura que "no sucede una desgracia en la ciudad que no sea causada por Yahvé" (Am 3,6).

La creencia, contenida en el Antiguo Testamento, de que Dios es el autor de las desdichas que se abaten sobre la humanidad, deja al hombre solamente la posibilidad de aceptar resignado lo que el Señor le envía, esperando que éste no apriete mucho la mano.

"Si aceptamos de Dios los bienes, ¿no vamos a aceptar los males? (Job 2,10), replica Job a la mujer que lo reprende por haber bendecido al Señor por todas las desgracias que le han caído encima: "El Señor me lo dio, el Señor me lo quitó, bendito sea el nombre del Señor" (Job 1,21).

La convicción de que los males y las enfermedades son un castigo, enviado por Dios a causa de las culpas de los hombres, estaba tan arraigada en la época de Jesús que cuando un hebreo encontraba a una persona con alguna minusvalía bendecía al Señor, autor del merecido castigo: "Quien ve a un mutilado, un ciego, un leproso, un cojo, diga "Bendito el juez justo" (Ber. 58b).

Pero si la enfermedad guarda siempre relación con el pecado del hombre, ¿cómo podía explicarse el sufrimiento de los niños sin duda inocentes?

Para los rabinos la solución era muy sencilla: los pequeños son el chivo expiatorio de las culpas de los adultos, como enseñan la Biblia y el Talmud al presentar un "Dios celoso: que castiga la culpa de los padres en los hijos, nietos y bisnietos cuando lo aborrecen" (Éx 20,5): "Cuando en una generación hay justos, éstos son castigados por los pecados de esa generación. Si no hay justos, los niños sufren entonces por los males de la época" (Shab 33b).

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