miércoles, 24 de diciembre de 2014

IMPOTENTE PODER.

 
Frente a la espera del acontecimiento prodigioso que se la ha pedido, Jesús replica: "Eres tú quien debe bajar y tu hijo vivirá". En esta invitación se encuentra el núcleo del problema y la causa de la enfermedad del hijo del dignatario: "baja tú".
El dignatario ha pedido a Jesús que "baje" de lo alto de su omnipotencia para obrar un milagro.

Pero Jesús no puede.

Quién está "en lo alto" no es Jesús, que "no ha venido para ser servido, sino para servir" (Mt 20,28), sino el dignatario.

Éste debe bajar y abandonar su privilegiada posición, porque los títulos honoríficos, en cuanto prestigiosos, son incapaces de comunicar vida, y un hijo, si no recibe la vida del padre, no puede existir: muere.

El dignatario, habituado a concebir jerárquicamente las relaciones con los otros, habla del hijo utilizando la palabra "chiquillo", término que en la lengua griega significa también "siervo" e indica la inferioridad y la sumisión del hijo respecto al padre.

Jesús le recuerda que es su "hijo", vocable que exige una relación de igualdad debida a la comunicación de vida entre padre e hijo.

La dinámica del relato se comprende mejor si se inserta en la cultura de la época, en la que se creía que la vida era transmitida íntegra y exclusivamente por el padre (por esto no existe en la lengua hebrea el término "progenitor" sino "padre" y "madre" con papeles completamente diversos: mientras el padre es el que "engendra" al hijo, la función de la madre consiste en alimentarlo y después "darlo a luz", Is 45,10).

La causa de la enfermedad mortal del hijo es la falta de relación con el padre; el evangelista subraya lo dramático del caso indicando que se trata de un hijo único ("el hijo").

La grave responsabilidad del dignatario real es el haber sido separado del papel a él atribuido por la sociedad, sacrificando "paternidad" por "dignidad". Solamente ahora éste se da cuenta de que con todo su poder es impotente para salvara a su hijo.

Pero siempre es posible -como en este caso- la conversión: "Se fió el hombre de las palabras que le dijo Jesús y se puso en camino".

Jesús lo ha invitado a una auténtica relación con el hijo enfermo, a no esperar de Dios el milagroso "maná del cielo" para alimentarlo y darle vida, sino a convertirse él mismo en pan para el hambriento.

Mientras los hombres le piden una "señal para que viéndola le crean" (Jn 6,30), Jesús lo invita primero a creer para hacerse después señal visible; el dignatario en lugar de esperar "señales y prodigios" de lo alto, comprende que debe ser él mismo una señal eficaz para el hijo.

Aquél que había comenzado pidiendo a Jesús "ponerse en camino" comprende que la causa de la enfermedad era su "estar en lo alto" y que debía bajarse, despojarse de su dignidad real, para volver a ser un hombre. Sólo desde el momento en que empieza a bajar, a ponerse en camino, Juan lo llama "hombre".

En cuanto el potente abandona el pedestal de su propia posición, comienza la metamorfosis: ya no es un "dignatario" que ordena, sino un hombre que cree ("Se fió el hombre...") y el personaje importante vuelve a ser persona. "Cuando iba a ya bajando lo encontraron sus siervos y le dijeron que su chico vivía".

El hombre continúa descendiendo, se pone en el nivel del enfermo y éste vive.

Está claro cuál era la enfermedad del hijo: la ausencia del padre.

Aquél que debía transmitirle la vida, no existía ya.

Era solamente un personaje tan distante como para no poder transmitir otra cosa que muerte.

El hombre les preguntó a qué hora se había puesto mejor, y ellos le contestaron: "Ayer a la hora séptima se le quitó la fiebre". Cayó en la cuenta el padre de que había sido aquélla la hora en que le había dicho Jesús: "Tu hijo vive, y creyó él con toda su familia".

El hijo no sólo ha mejorado, sino que está curado. Porque el dignatario, "bajando" ha vuelto a ser en primer lugar "hombre" y después "padre", aquel que transmite al hijo la vida para hacerlo igual a sí.

Por primera vez en el relato aparece la "familia" que antes no existía, porque no se podía llamar así a la casa del dignatario real donde todos eran subordinados. El dignatario que había ido a Jesús para pedirle que curase a su hijo ha descubierto ser él mismo el enfermo que debía ser curado.

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