miércoles, 24 de diciembre de 2014

LA MUJER DEL EVANGELIO.

(Mc 14,3-9)
Juan Bautista desarrolló su actividad solamente con hombres y para hombres.
La única vez que se encontró con una mujer perdió la cabeza en el sentido literal de la palabra: fue "decapitado" (Mc 6,17-29).

En el Talmud está escrito que es mejor que "las palabras de la Ley sean destruidas por el fuego en vez de ser enseñadas a las mujeres" (Sota B. 19a) y en la lengua hebrea no se conoce un término para indicar "discípula"; esta palabra existe solamente con terminación masculina. En un mundo donde se afirma que "la mejor de las mujeres practica la idolatría" (Qid. Y. 66cd) y se consideran desgraciados aquellos padres a los que les nace una niña (Qid B. 82ab), el comportamiento de Jesús hacia las mujeres encontró dificultades para ser comprendido y aceptado por parte de la comunidad cristiana primitiva. Incapacidad que se refleja en los apócrifos, escritos menos preocupados por la ortodoxia, pero quizá más cercanos a la realidad histórica.

En estos textos se advierten todas las tensiones entre los hombres, capitaneados por Pedro, y las mujeres, representadas por María Magdalena.

Pedro, en nombre de los discípulos, se dirige al Señor lamentándose de que "nosotros no seamos capaces de soportar a esta mujer (María Magdalena), porque ella nos quita toda ocasión de hablar: no ha dejado hablar a ninguno de nosotros, sino que es ella la que habla siempre (Pistis Sophia 36). 
 
María Magdalena responde por su parte acusando a Pedro "que está acostumbrado a amenazarme y odia nuestro sexo" (Pistis Sophia 2,72)

La presencia de las mujeres en la comunidad cristiana debía ser totalmente insoportable para los discípulos cuando en el Evangelio de Tomás (apócrifo de la mitad del siglo II) Pedro pide expresamente que las mujeres sean arrojadas de la comunidad: "Simón Pedro dijo: ¡Que María se aleje de nosotros, porque las mujeres no merecen la vida!".

Jesús acoge la petición de Pedro, transformando a Magdalena en Magdaleno: "Jesús respondió: Ea, yo la volveré hombre", para llegar a la deducción teológico-espiritual de que sólo "si la mujer se hace hombre entrará en el reino de los cielos" (Evangelio de Tomás, 114).
 
Probablemente la igual dignidad y libertad de palabra connaturales al mensaje de Jesús habían llevado a cierto desorden a las mujeres que, hambrientas de saber, después de milenios de forzado mutismo, finalmente podían tomar la palabra.

Su locuacidad en las asambleas, que parecía confirmar lo escrito en el Talmud ("diez medidas de palabras descendieron al mundo, de las que nueve cogieron las mujeres, y una los hombres", Qid B. 49b), empujó a Pedro a preguntar: "¡Señor mío, que cesen de preguntar las mujeres, de modo que nosotros también preguntemos!". Y una vez más Jesús, condescendiente con las lamentaciones de Pedro, "dice a Marúa y a las mujeres: "Dadle a vuestros hermanos varones la oportunidad de preguntar también ellos" (P.S. 2,146).

En estos apócrifos parecen reflejarse las consecuencias de las gravosas y discriminatorias limitaciones introducidas por un interpolador en la Carta a los Corintios.

Éste, buscando quitar la palabra concedida por Pablo a las mujeres (1 Cor 11,5), y no pudiendo remitirse a la enseñanza de Jesús, debe recurrir al Antiguo Testamento: "Las mujeres guardan silencio en la asamblea, no les está permitido hablar; en vez de eso, que se muestren sumisas, como lo dice también la Ley. Si quieren alguna explicación, que les pregunten a sus maridos en casa, porque está feo que hablen las mujeres en las asambleas" (1 Cor 14,34-35; Gn 3,16).

En la primera carta a Timoteo está escrito: "La mujer, que escuche la enseñanza quieta y con docilidad. A la mujer no le consiento enseñar ni imponerse a los hombres" (1 Tim 2,11-12).

Para justificar tanta misoginia, el autor hace lo imposible, llegando incluso a incomodar a Adán y Eva, porque "a Adán no lo engañaron, fue la mujer quien se dejó engañar y cometió el pecado" (1 Tim 2,14). Para las pobres mujeres, la única salvación consiste en imitar a las conejas y traer hijos sin parar: "Llegará a salvarse por la maternidad" (1 Tim 2,15), dejando abierto el problema de si el consejo es válido también para las núbiles y las vírgenes.

Pero la rivalidad hombre-mujer se vislumbra también en las diversas líneas teológicas seguidas por los evangelistas: ¿A quién se concede la primera aparición de Jesús resucitado? ¿A María de Magdala y a las mujeres (Jn 20,11-18; Mt 28,1-9) o a los hombres? (Lc 24,13-43; 1 Cor 15,3-8).

En este clima de impronta masculina (el envuelto de espiritualismo es el más despiadado), aparece aún más sorprendente lo que está escrito en el evangelio de Marcos, donde el único episodio que Jesús pide que sea dado a conocer al mundo entero es la acción realizada por una mujer: "Os aseguro que en cualquier parte del mundo entero donde se proclame esta buena noticia, se recordará también en su honor lo que ha hecho ella" (Mc 14,9; Mt 26,13).

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