lunes, 29 de diciembre de 2014

La sed de poder

Innumerables son los pasajes del evangelio donde Cristo combate la sed de poder; él mismo se pone como ejemplo: « No he venido a que me sirvan, sino a servir» (Mt 20,28). En la última cena, para inculcar a los discípulos la actitud cristiana les lava los pies como un criado, intimándoles su voluntad de que se porten así entre ellos, pues «el criado no es más que el amo, ni el enviado más que el que lo envía» (Jn 13, 15‑16).
 
Los evangelios sinópticos repiten sin cansarse las frases de Cristo que condenan toda pretensión de poder. Vale la pena citar un pasaje entero: «Los reyes de las naciones las dominan y los que ejercen el poder se hacen llamar bienhechores. Pero vosotros, nada de eso; al contrario, el más grande entre vosotros iguálese al más joven y el que dirige al que sirve. Vamos a ver, ¿quién es más grande, el que está a la mesa o el que sirve? El que está a la mesa, ¿verdad? Pues yo estoy entre vosotros como quien sirve» (Le 22,25‑27).
 Pueden compararse Mt 20,25-28; 23,8-12; Mc 9, 35-48; 10,42-45. Los evangelistas aprendieron bien la lección y pusieron todo interés en transmitirla.
 Los apóstoles siguieron y recomendaron esta enseñanza. Cuando los corintios quisieron constituir a Apolo y a Pablo en jefes de partido, la reacción de Pablo es violenta: «En fin de cuentas, ¿qué es Apolo y qué es Pablo? Auxiliares (lit. servidores) que os llevaron a la fe, cada uno con lo que le dio el Señor» (1 Cor 3,5).
 Y en la segunda carta recuerda a los corintios que él no se predica a sí mismo, predica que el Señor es Cristo y él servidor de la comunidad (2 Cor 4,5).
                  
La primera carta de Pedro refleja los textos de Mateo y Marcos, refiriéndose concretamente a los presbíteros de la Iglesia. Les recuerda que los fieles son rebaño de Dios; les recomienda que no ejerzan su cargo con desgana ni por afán de lucro, sino con gusto y entusiasmo. Y finalmente les enseña que su misión no consiste en tiranizar a las comunidades, sino en ser su modelo (1 Pe 5,2 ).
 Cristo no excluye solamente la opresión entre los cristianos (Mt 20,25; Me 10,42); prohíbe además toda manera de gobierno que se asemeje al poder civil y ridiculiza la adulación que exigen los poderosos (Lc 22, 25). Su veto es tajante: «Vosotros, nada de eso» (ibíd. 26). En otros pasajes afirma la igualdad entre cristianos: «Vosotros sois todos hermanos» (Mt 23,8) y explicita sin equívoco posible que ninguna función eclesiástica puede ser pedestal de una superioridad; al contrario, el que ocupa un cargo ha de poner empeño en subrayar la igualdad: «El más grande sea servidor, el primero esclavo» (Mt 23,11; 20,27; Mc 10, 44); «el más grande iguálese al más joven, el que dirige, al que sirve» (Le 22,26).
 Siguiendo esta enseñanza, recusó san Pedro el homenaje del capitán Cornelio: «Cuando iba a entrar Pedro, Cornelio salió a su encuentro y se echó a sus pies, pero Pedro lo alzó diciendo: 'Levántate,' que soy un hombre como tú"» (Hch 10,26).

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