miércoles, 24 de diciembre de 2014

LA VIUDA Y LAS SANGUIJUELAS.

 
La única vez que en los evangelios se lanza una maldición es en el episodio de la higuera, y la sola vez que Jesús dirige palabras de drástica condena hacia alguien en el evangelio de Marcos es en la invectiva a los escribas que "recibirán una sentencia muy severa" (Mc 12,40).

Maldiciones y condena dirigidas a la institución religiosa, representada por el templo, y a los escribas, que con su teología justifican sus pretensiones, son el hilo conductor que une las escenas de la higuera y del episodio conocido como "el óbolo de la viuda" (Mc 12,41-44).

Este episodio, estructurado también según el esquema del tríptico, presenta en la primera tabla la denuncia de Jesús a los escribas que "se comen los hogares de las viudas" (Mc 12,38-40); en la parte central, la ofrenda de la viuda (Mc 12,41-44), y en la última tabla el anuncio de la destrucción del templo (Mc 13,1-2).

Después del episodio de la irrupción de Jesús en el templo, las autoridades llenas de miedo y alarmadas "buscaban una manera de acabar con él", pero desisten a causa del pueblo que "estaba impresionado de su enseñanza (Mc 11,18).

No pudiendo por ahora lanzar el ataque final, todo el sanedrín compuesto por los sumos sacerdotes, los escribas y los ancianos, desencadena contra Jesús una oleada de emboscadas, tendente a desacreditarlo y hacerle perder la aprobación de la gente: una vez aislado será más fácil eliminarlo.

Considerado elemento peligroso por las autoridades religiosas y civiles, se lanzan contra Jesús todos unidos, olvidando rivalidades y animadversiones, desde los piadosos "fariseos" revueltos con los disolutos "herodianos" (Mc 12,13) que es como decir el diablo y el agua santa (el diablo son los herodianos), a los ultraconservadores saduceos y toda la inteligentsia representada por los escribas (Mc 12,18-37).

El resultado de los ataques a Jesús, una vez esquivadas hábilmente todas las trampas e insidias contra él tendidas, es que el índice de su popularidad crece más aún: "la multitud, que era grande, disfrutaba escuchándolo" (Mc 12,37).

Y justamente dirigiéndose a la multitud, Jesús la pone en guardia contra los escribas, categoría fácilmente identificable por tres características: en lugar de vestirse como el común de los mortales, "les gusta pasearse con sus largas vestiduras", haciendo ostentación con un hábito religioso particular que los hace rápidamente reconocibles y que, sobre todo, indica claramente que son personas en contacto directo con Dios.

Pero la abundancia de tela empleada para mostrar a los otros tanta asiduidad con el padre-eterno no consigue esconder su desenfrenada sed de honores, su ansia de ser reverenciados y de "ser saludados en las plazas"; y como no se vive solamente para la gloria y para el espíritu (la carne es siempre débil), el deseo de ser bien vistos y reconocibles en las ceremonias, junto con el de "tener los primeros asientos en las sinagogas" va de la mano con el de asegurarse "los primeros puestos en los banquetes".

Dado que el apetito se hace al comer, los escribas tienen adiestradas sus voraces mandíbulas "devorando las casas de las viudas bajo pretexto de largos rezos".
Es éste el crimen más grave que Jesús les imputa.

La figura de la viuda en la Biblia ha representado siempre (junto con los huérfanos y los extranjeros) a aquellos a los que les falta protección y que están a la total merced de los prepotentes (Is 1,17; Jr 7,6).

Por este motivo Dios, que se preocupa de los miembros más débiles de la sociedad, establece que, con una parte de las ofrendas al templo, se asista a las viudas y a los huérfanos (Dt 14,28-39).

Jesús no tolera que cuantos pretenden ser la voz oficial de Dios, en lugar de alimentar a las viudas, las hagan morir de hambre.

Y justo cuando está poniendo en guardia a la multitud frente a aquellos que en nombre de Dios explotan a las viudas, ve a "una pobre viuda echar dos monedas" en el tesoro, la banca del templo, la estancia especial "repleta de riquezas indescriptibles, tantas que era incontable la cantidad de ofrendas" (2 Mac 3,6).

He aquí quién es el verdadero dios del templo.

No el Padre que se ocupa de los pobres, sino el tesoro, el dios-lucro cuyo cuyo culto cruento exige continuamente víctimas para despojar.

En lugar de ver saciada su hambre con los impuestos del templo, la viuda echa "todo lo que tenía para vivir" en el tesoro, monstruo que engulle con las monedas la vida misma de la pobre viuda para vomitarlas después en los bolsillos de los sacerdotes y de los adeptos al culto, que ofrecen a Dios lo que sustraen a los pobres.

Jesús constata la ineficacia de su enseñanza que choca con la fuerza de una tradición de la cual incluso las víctimas son las más convencidas sustentadoras, y con una institución que debe su misma razón de ser a la explotación de la gente.

Jesús no aprecia el gesto de la mujer. Sus palabras no son un elogio de la generosa fe de la viuda, sino un lamento sobre esta pobre víctima de la religión que se desangra por mantener en pie la estructura que la explota.

Jesús no puede tolerar que el Padre, conocido con el título de "defensor de las viudas" (Sal 68,6), sea transformado en un vampiro que las desangra.

Por esto, en la última tabla del tríptico, inmediatamente después de este episodio, Jesús anuncia que la única solución ya posible es la definitiva desaparición del templo opresor de los pobres: "No dejarán ahí piedra sobre piedra, que no derriben" (Mc 13,2).

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