domingo, 28 de diciembre de 2014

LAS DOS ESFERAS.

Examinemos otro aspecto de la diferencia. Decir «religión» y separar mentalmente un sector de la existencia del resto de la vida es todo uno; y eso aunque se sostenga que la religión ha de reflejarse en la vida. En la concepción «religiosa» Dios y el hombre habitan en planos paralelos, y entre ellos se interponen los siete cielos de la trascendencia divina, para usar antiguos símbolos. Toda la preocupación del hombre sincero era agradar a ese Dios de lo alto, pero la mirada, al levantarse, perdía de vista al hombre compañero.
A lo más, podía el prójimo servir como trampolín para saltar hasta lo trascendente. Aunque el budismo tiene más de filosofía que de religión, permítasenos recordar la conmiseración enseñada por Buda, una de las grandes figuras de la humanidad. Para él, toparse con el dolor humano constituyó una experiencia decisiva, y recomendó vivamente la compasión para con todos. Pero la subordinaba a la iluminación, la consideraba un medio, «como la barca que se deja, una vez alcanzada la otra orilla».
La encarnación del Hijo de Dios ha hecho caducar la concepción religiosa. El hombre pensaba que para llegar a Dios tenía que salir de su propia esfera. Cristo forzó las dos paralelas a una increíble convergencia; y no fue levantando la paralela terrestre, sino bajando la celeste: «Inclinó el cielo y bajó», haciendo que el cielo tocase la tierra. El es el punto de intersección, y una vez encontradas, las dos líneas corren juntas, trenzadas, indistinguibles. Dios entra en la historia humana y en ella aparece «como uno de tantos» (Flp 2,7), camina junto con el hombre, como hacia Emaús, y no se le distingue hasta el momento de la epifanía. Buscando al hombre encontramos a Dios, y conversando con Dios nos tropezamos con el hombre. Es inexacto hablar de una dimensión vertical y otra horizontal en el cristianismo; la línea que parte de Cristo es unidimensional, como un arroyo cuya agua trasparenta la tierra y refleja el cielo al mismo tiempo. Pero esa línea no permanece a ras del suelo, se va levantando insensiblemente a medida que el dinamismo de la resurrección elimina la gravitación del pecado.
Por eso tampoco pueden separarse fe y amor fraterno. El cristianismo es un amor animado por la fe. Una fe podría ser sincera, pero sin amor a los demás no sería cristiana: «Ya puedo tener una fe que mueva montañas; si no tengo amor, no soy nada» (1 Cor 12, 2). El amor mutuo es la energía de la fe (Gál 5,6), es la verdad de la vida (Ef 4,15).

En el cordón de la existencia, trenzado de divino y humano, podrá destellar más, según las ocasiones, uno u otro elemento, pero nunca puede faltar la percepción del conjunto. Este entrelace responde a lo que llaman los autores clásicos ser contemplativos en la acción, es decir, actuar penetrados de fe, embebidos de presencia.
A Dios ya no se llega verticalmente, si queremos decir con esto que para encontrarlo hay que despegarse de la tierra; él se ha instalado entre los hombres (2 Cor 6,16). No hacen falta astronautas a lo divino, sino hombres que escarben en el rastrojo, allí se encuentra el tesoro; mercaderes afanados en su negocio, para encontrar la perla; caminantes que acepten la compañía del forastero y lo inviten a casa; pescadores que escuchen el consejo de un extraño y echen la red; mujeres que pregunten a un hortelano.
Aquí se encuentra, por tanto, un criterio para distinguir si el espíritu que anima a una persona es cristiano o no: ¿separa a Dios del hombre? Esta es la piedra de toque de toda religiosidad. Sabemos por el Nuevo Testamento que Dios conserva su libertad para interpelar directamente al hombre; baste citar como ejemplo la conversión de san Pablo (Hch 9,3-6), y que el hombre puede tener experiencias interiores (Ef 1, 18-19; 3,18-19). Pero quien busca una relación con Dios sin referencia y diríamos dependencia de su actitud con el prójimo, por muy cristiano que sea su vocabulario y por muchas prácticas de piedad que observe, no es todavía cristiano, vive en la «religión».

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