lunes, 5 de enero de 2015

AGUSTÍN UN HOMBRE DE IGLESIA

Santiago Sierra Rubio, OSA
Agustino, licenciado en Filosofía
y Profesor de Filosofía en el
Estudio Teológico Agustiniano de los Negrales
(Madrid)
UNA de las claves de interpretación de la vida y de la doctrina
del hombre Agustín es, sin ninguna duda, su concepción de la
Iglesia y el trabajo que ha desarrollado en favor de ella. Sin
pretender una exposición exhaustiva de todas las implicaciones
eclesiales y evangelizadoras del ministerio del obispo de
Hipona, en este estudio se ofrece al lector una aproximación a
los distintos campos en los que este hombre se empeñó de
forma decisiva en el servicio a la Iglesia; el fundador, polemista,
reformador, pastoralista, sacerdote, predicador de la palabra,
hombre de todos y contemplativo, está visto en y desde la
Iglesia: unas veces defendiendo su causa ante todos aquellos
que ponían en peligro la unidad, y otras, exponiendo su doctrina
para el progreso de sus fieles. En todos los casos Agustín es el
siervo fiel de la Madre IglesIa.


Agustín es en la Iglesia, antes que nada, un amigo, un
confidente sincero que cuenta sus experiencias. A Agustín le
conocemos sobre todo porque él mismo nos cuenta cómo
perdió la fe y fue de error en error, cómo volvió a la verdad, a la
"católica", como gusta llamar a la Iglesia, cómo pasó,
renunciando a toda esperanza terrena y a toda ambición, de ser
un profesor con aspiraciones de puestos y honores, a siervo de
Dios y de la Iglesia. Puede ser interesante contemplar a este
Agustín de Iglesia, a este Agustín servidor y con conciencia
clara de ser hijo de esta Madre.
Agustín conoció el racionalismo que rechaza toda fe, el
materialismo incapaz de concebir el espíritu, el escepticismo que
ve cortado todos los caminos para poder dirigir su vida (cfr.
Confesiones, 6,11,18); se sintió derrotado, mascó el polvo de lo
absurdo, sin norte, sin guía, experimentó la rebeldía de su
voluntad y la tragedia más honda de una vida sin sentido,
cuando más insatisfecho se encontraba, sintió el latigazo de la
gracia y temblando, entre lágrimas, en un jardín de la ciudad de
Milán, su corazón se purificó en aquellas palabras de San
Pablo: "No en comilonas y embriagueces, no en lechos y en
liviandades, no en contiendas y emulaciones, sino revestíos de
Nuestro Señor Jesucristo y no cuidéis de la carne con
demasiados deseos" (Romanos, 13,13). Aquí, en este jardín de
Milán, ha tenido lugar una de las experiencias más interesantes
de la historia del cristianismo. Pero aquí no termina todo, se
puede decir que es aquí donde nace Agustín como hombre de
Iglesia y para el pueblo. A partir de este momento sólo una
realidad atrae la atención de Agustín: la Iglesia.
El hombre que no se conforme con el "poema", grandioso sin
duda, de las Confesiones y quiera penetrar en el Agustín
auténtico, se encontrará con un hombre apasionado por la
Iglesia, su pasión es la "pasión" de la Iglesia; este es el sentido
de sus palabras: "Esclavo soy de la Iglesia, máxime de sus
miembros más débiles, sin que importe saber qué clase de
miembro soy yo mismo" (El trabajo de los monjes, 29,37). Sin la
Iglesia no se puede entender a Agustín. Antes que fundador,
polemista, reformador..., Agustín es el siervo de Dios que le
preocupa sobremanera la unidad de la Iglesia, mejor dicho, si es
fundador, polemista, reformador, pastor, es por la Iglesia y para
la Iglesia; incluso, no está descaminado el afirmar que si es un
gran pensador y teólogo, es por ser hombre-Iglesia y al servicio
de la Iglesia. De aquí nace su obra, de aquí cobra sentido su
vida.

1. AGUSTÍN FUNDADOR
Sin lugar a dudas, la Iglesia ocupa el centro de interés de
Agustín. Si pensamos en su fundación, la dimensión eclesial
está bastante clara. Ciertamente ha habido una evolución, ha
ido madurando y, posiblemente, en un primer momento ni él
mismo se daba perfecta cuenta de lo que estaba haciendo por
la Iglesia africana; pero, ya antes de instalarse en Tagaste,
buscaba el lugar más a propósito para servir a Dios (cfr.
Confesiones, 9,8,17).
En una Iglesia como la africana en la que la unidad está
amenazada por las divisiones internas (pensemos en los
donatistas y demás sectas que tenían su asiento en suelo
africano), donde la caridad de Cristo está en peligro de perder
su fervor (no olvidemos que después de las conversiones en
masa, debidas a la paz del imperio, se habían relajado las
costumbres), Agustín pretende que sus seguidores sean
cristianos comprometidos que garanticen la unidad de la Iglesia
y la defiendan por encima de todo. Agustín quiere que en sus
comunidades resplandezca la unidad de la Iglesia: "Pensad qué
calamidad es ésta: ahora que nos gozamos en la unidad por los
donatistas, lamentamos cismas internos en el monasterio"
(Epístola 211,4). Esta comparación Iglesia-monasterio es, sin
duda, intencionada, como se puede ver con más claridad
cuando Agustín, comentando el episodio del paralítico que se
cura en la piscina, dice: "Bajaba uno y no bajaban más. Uno
solo se curaba, el cual simbolizaba la unidad de la Iglesia. Con
razón ultrajan el nombre de unidad quienes se apartan de ella.
Con razón ven con malos ojos el nombre de monjes, porque
ellos no quieren habitar en unión con los hermanos"
(Comentario al Salmo 132,6).
Si al principio de la fundación no se ve con mucha claridad
esta orientación, cuando Agustín se ha visto obligado a abrirse
a la eclesialidad adquiere toda su dimensión. No hay duda
alguna que cuando Agustín comprende lo que es la Iglesia,
cuando descubre sus necesidades, cuando la ve como
prolongación del misterio de Cristo en la historia, también en los
monasterios se da esta apertura y se mira a la Iglesia como
punto de referencia de su ser y de su actuar. En estos
momentos Agustín se da cuenta con más claridad que es
necesario que sus monjes se preparen para ser auténticos
soldados de Cristo y de la Iglesia, es consciente que tiene que
preparar a los apóstoles para que se pongan
incondicionalmente al servicio de la Iglesia, de hecho,
numerosos obispos del norte de África de este tiempo saldrán
de los monasterios de Agustín (Cfr. POSIDIO, Vida 11).
A un joven que manifiesta deseos de ser monje, pero que se
opone su madre, Agustín le escribe una carta (Epístola 243)
que merece la pena ser leída con detenimiento, puesto que es
un documento imprescindible para saber lo que Agustín piensa
de sus monasterios. Agustín, en dicha carta, presenta a este
joven el ideal eclesial, la necesidad que tiene esta Madre de
miembros que se dediquen en cuerpo y alma a la labor de
evangelizar, la necesidad de nuevos predicadores bien
preparados, la urgencia que tiene de auténticos hijos
dispuestos a defenderla ante los ataques de los herejes: "Esta
Madre, difundida por todo el orbe, se ve agitada por variados y
múltiples ataques del error: algunos hijos abortivos ya no dudan
en luchar contra ella con armas desenfrenadas. Por la cobardía
y pesadez de algunos que tiene que llevar en su regazo, se
lamenta de que sus miembros se resfrían en muchos lugares y
se hace menos capaz de llevar a sus pequeños" (Epístola
243,8).
La Iglesia ha de ser también el criterio para saber lo que
tienen que hacer los monjes, de tal manera que los intereses de
la Iglesia han de estar por encima de los intereses personales
de cada uno: "No antepongáis vuestro ocio a las necesidades
de la Iglesia, pues si no hubiese buenos ministros que se
determinasen a asistirla, cuando ella da a luz no hubiésemos
encontrado medio de nacer". Y un poco antes había dicho: "Si
la Iglesia reclama vuestro concurso, no os lancéis a trabajar con
orgullo ávido ni huyáis del trabajo con torpe desidia" (Epístola
48,2).
CR/MISIONERO/AG: La razón de esta orientación es, a los
ojos de Agustín, bien sencilla: todo cristiano tiene que estar
disponible para el ministerio: "Si alguno es llamado por la Iglesia
y rehuye aceptar el ministerio será despreciado con razón y
justicia por la misma Iglesia" y es que "quien retiene la fe
evangélica de modo que le sirva de provecho a él pero sin
rehuir aprovechar a la Iglesia, es el que va calzado de los dos
pies. En cambio, quien estima que ya se ha asegurado a si
mismo pues ha creído, y no se preocupa de ganar a otros, no
sólo quedará simbolizado en aquel que está descalzo de un pie,
sino que llevará en sí mismo el oprobio de la descalcez" (Contra
Fausto, 32,10).
RAQUEL-LIA/AG COMPLA/APOSTOLADO/AG: Es más,
según Agustín, el que no quiera quedarse estéril, en el símil de
Raquel y Lía, es necesario que despose a Lía, que viva en el
apostolado. En el libro 22 Contra Fausto expone ampliamente
esta idea. Viendo las necesidades de la Iglesia, es necesario
aceptar el gobernar el pueblo, por mucho que estén
enamorados y deseosos de contemplar la verdad en el ocio. En
el texto parece que Agustín está hablando de sí mismo, de
propia experiencia: "¿Qué es lo que pretendía en su corazón el
religioso, qué ilusión acariciaba cuando la gracia le purificó de
sus pecados sino la búsqueda de la sabiduría? Los hombres
huyen del siglo y corren a refugiarse en el retiro para alcanzar
la contemplación. Quieren desposarse con Raquel
(contemplación) y no con Lía (apostolado), lo mismo que Jacob.
Pero a veces les acontece lo mismo que a Jacob: Lía, que por sí
misma no es amable, debe ser aceptada por razón de su
fecundidad entonces el siervo de Dios tiene que tolerar su
propia unión con Lía y servir otros siete años por Raquel, que
es de quien está enamorado. Viene huyendo del siglo en busca
de la contemplación, cuando de repente le hacen victima de un
trueque doloroso: le obligan a aceptar un ministerio eclesiástico;
le imponen un servicio; le obligan, como si dijéramos, a casarse
con Lía. Entonces el siervo de Dios se entrega fervorosamente
al servicio del apostolado. Las gentes ponderan su proselitismo
ardoroso, pero..., al mismo tiempo, ponderan en su presencia el
bien del monacato, aquella contemplación o Raquel por cuyo
amor había vuelto las espaldas al mundo y en cuyo camino se
interpuso el ministerio público. Este siervo de Dios lo oye todo,
propala afanosamente la buena fama de los monasterios, y
mientras él tiene que contentarse con la compañía de Lía, hace
cuanto está de su parte para que Raquel disfrute la hermosura
y fragancia de los frutos que apetece" (Contra Fausto, 22,58).

2. AGUSTÍN POLEMISTA
Un gran capitulo de la vida y de la obra de Agustín lo ocupa,
sin duda, su labor de defensa y polémica contra los herejes que
amenazaban a la católica. Lo que más sobresale en el Agustín
polemista es su amor a la Iglesia y su delicadeza para los
hombres que están en el error. Maniqueos, donatistas,
pelagianos, arrianos, paganos..., fueron invitados por Agustín a
integrarse en la Iglesia, a descansar en la verdad.
Desde el púlpito en sus sermones, a través de sus cartas, en
disputas públicas, a través de libros..., y con todos los medios
de que disponÍa y puede uno imaginar, Agustín luchaba
incansablemente exponiendo los errores de los herejes,
desmenuzando la doctrina católica explicando las verdades.
AG/A-I: Con relación a los maniqueos, Agustín, acordándose
de su propia experiencia, teme por los cristianos poco
preparados y está dispuesto a exponer sus doctrinas y
refutarlas para que nadie más sea engañado. En un momento
determinado, refutando a Fausto, se dirige a la Iglesia para que
no se deje engañar de las astucias maniqueas: "¡Oh Iglesia
católica, verdadera esposa del verdadero Cristo, guárdate
mucho, como ya lo haces, de la impiedad maniquea. Ella me
arrancó en otro tiempo de tu seno; después yo pude huir,
instruido por una experiencia que no deberÍa haber tenido. Sin
el socorro de tu fiel Esposo, de cuyo costado procedes, que me
rescató con su sangre, hubiera sido sumido en el abismo del
error y devorado irrevocablemente por la serpiente. No te dejes
engañar por esta palabra: Verdad. Sólo tú la posees en tu leche
y en tu pan; los maniqueos únicamente tienen el vocablo.
Ciertamente puedes estar segura de tus hijos mayores, pero
tiemblo por los pequeños, mis hermanos, mis hijos, mis señores,
por estos pequeñuelos que tú calientas, como huevos, bajo tus
alas ansiosas, que nutres con tu leche, ¡oh tú, fecunda y
siempre pura, oh virgen madre!" (Contra Fausto, 15,3).
ALEJADOS/COMPRENSION: A pesar de que con los
maniqueos tiene razones suficientes para ser duro, no en vano
estuvo nueve años atrapado en sus redes, sin embargo,
posiblemente acordándose de la paciencia que tuvieron con él
personas como Ambrosio, Mónica..., les habla con el corazón en
la mano, sin reproches; comprende como nadie lo difícil que es
estar en el error sin encontrar caminos de salida. De hecho, les
dice que la experiencia que ha vivido le impide ser cruel con
ellos, pero les invita a una discusión pública: "Sean crueles con
vosotros quienes ignoran con cuánta fatiga se halla la verdad y
cuán difícilmente se evitan los errores. Sean crueles con
vosotros quienes ignoran cuán raro y arduo es superar las
imaginaciones de la carne con la serenidad de una mente
piadosa. Sean crueles con vosotros quienes ignoran cuán difícil
es curar el ojo del hombre interior para que pueda ver el sol que
le es propio... Sean crueles con vosotros quienes ignoran tras
cuántos suspiros y gemidos acontece el poder comprender, por
poco que sea, a Dios. Finalmente, sean crueles con vosotros
quienes nunca se vieron engañados en error tal cual es ese en
que os ven a vosotros. Pero yo, que, errante por tanto tiempo,
pude ver al fin en qué consiste esa verdad que se percibe sin
relatos de fábulas vacÍas de contenido; yo, que, miserable,
apenas merecí superar, con la ayuda del Señor, las vanas
imaginaciones de mi alma...; yo, que tanto tiempo lloré para que
la sustancia inmutable e incapaz de mancillarse se dígnase
manifestarse a mi interior, testimoniándola los libros divinos; yo,
en fin, que busqué con curiosidad, escuché con atención y creí
con temeridad todas aquellas fantasÍas en que vosotros os
halláis enredados y atados por la larga costumbre y que me
afané por persuadir a cuantos pude y defendí con animosidad y
terquedad contra otros; yo, en ningún modo puedo ser cruel
con vosotros a quienes ahora debo soportar como en otro
tiempo a mÍ mismo, y debo usar con vosotros de la misma
paciencia que usaron conmigo mis cercanos cuando erraba,
lleno de rabia y ceguera, en vuestra doctrina" (Réplica a la carta
llamada del Fundamento, 2-3).
Con relación a los donatistas, que por naturaleza le
repugnaban por ir contra la unidad, no pretende que sean
obligados por la fuerza a entrar en la Iglesia, sino que sea la
misma verdad patente la que fuerce a ser aceptada y venza:
"Dios a quien están patentes los arcanos del humano corazón,
sabe que cuanto más amo la paz cristiana, tanto más me
conmueven las hazañas sacrílegas de aquellos que perseveran
indigna y perversamente en el cisma. Pero esa conmoción de mi
espíritu es pacifica; no trato de que nadie sea obligado por la
fuerza a entrar en la comunión católica, sino de que la verdad
evidente se patentice a todos los que yerran, para que por mi
ministerio y con el auxilio de Dios, la misma verdad manifiesta se
haga abrazar y seguir" (Epístola 34,1).
Lo único que pretende Agustín es llevar a todos a Cristo, por
esto lucha, por esto sufre y trabaja, nada le importa con tal de
ganar las almas para el auténtico Pastor. Su actitud para con
los donatistas y con todos los que están alejados de la Iglesia
católica, puede quedar resumida en estas sinceras palabras:
"Por eso sudamos (por la verdad), por eso trabajamos, por esto
peligramos de continuo entre sus armas y las cruentas furias de
los Circunciliones. Y toleramos con cierta paciencia dada por
Dios a los que aún restan, mientras el árbol busca el ramo,
mientras el rebaño busca la oveja perdida del redil de Cristo. Si
estamos dotados de entrañas pastorales, debemos
aventurarnos por cercados y espinos. Con los miembros
lacerados busquemos la oveja y llevémosla de nuevo con
alegría al Pastor y príncipe de todos" (Sobre el debate con
Emérito, 12).
Pensemos que el texto anterior ha sido escrito alrededor del
año 418, es decir, cuando ya estamos al final de la controversia
donatista y, por tanto, podemos considerarlo como la actitud
fundamental de Agustín hasta el final, incluso después de
aceptar la intervención civil en materia religiosa.
Ciertamente, por tomar esta postura, por no querer que se
pierda nadie, Agustín es considerado un enemigo; es más, ha
recibido amenazas de muerte y vive en peligro continuamente;
en una ocasión, una equivocación de camino le libró de un
atentado (cfr. POSIDIO, Vida 12), pero Agustín no puede callar,
está obligado por la caridad, así se lo dice a los mismos
donatistas: "No me permite callar la caridad de Cristo, para
quien deseo conquistar a todos los hombres, en cuanto
depende de mi voluntad. Si me odiáis porque os predico la paz
católica, yo sirvo al Señor... He aquí las Escrituras comunes, he
aquí donde reconocemos a Cristo, donde reconocemos a su
Iglesia. Si aceptáis a Cristo, ¿por qué no aceptáis a su Iglesia?
Si por la verdad de las Escrituras creéis en Cristo, a quien leéis,
pero no véis, ¿por qué negáis a la Iglesia, a quien leéis y véis?
Por deciros esto y por estimularos a este bien de la paz, de la
unidad y de la caridad, me hice enemigo vuestro. Y ahora me
enviáis a decir que me mataréis porque os digo la verdad,
porque empleo todas mis fuerzas en no permitir vuestra
perdición. Dios me vengará de vosotros, matando en vosotros
vuestro error, para que gocéis conmigo de la verdad" (Epístola
105,1 y 17).
Los pelagianos, por otra parte, negaban la misma
experiencia de conversión de Agustín, que siempre la considera
como una grandiosa obra de la gracia. Los pelagianos le dieron
la ocasión de desarrollar de forma ordenada las ideas que
desde su conversión tenía ya claras. Agustín desde el primer
momento se vio obligado a enfrentarse con estos negadores de
la gracia, pero lo hizo con toda la delicadeza, silenciando el
nombre para que fuese más fácil la conversión: "También
nosotros le amábamos antes y le amamos ahora, pero antes de
un modo y ahora de otro. Antes porque nos parecía recta su fe;
ahora, para que por la misericordia de Dios se libre de las
falsedades que, según dicen, opina contra la gracia de Dios...
Uno de nosotros contestó y discutió ese libro (De natura),
aceptando el ruego de los remitentes, porque creíamos que así
debía ser, callando el nombre del autor para que no se diera
por ofendido y la herida fuera incurable... Verás que hemos
guardado respecto de Pelagio la moderación que debíamos
para que no fuera condenado si él condenaba la maldad"
(Epístola 186,1-3).
En toda esta lucha Agustín lo que pretende es defender la
Iglesia de Cristo y ponerse a su servicio; con relación a los
pelagianos, se somete a lo que diga la Iglesia: "Ya van
mandadas sobre este particular a la Sede Apostólica las actas
de dos concilios; también vinieron de allá contestadas. El asunto
está concluido; plegue a Dios concluya pronto el error" (Sermón
131,10).
Así resume su biógrafo Posidio el hacer de Agustín en
defensa de la Iglesia: "Y enseñaba y predicaba privada y
públicamente, en casa y en la Iglesia, la palabra de la salud
eterna contra las herejías de África, sobre todo contra los
donatistas, maniqueos y paganos, combatiéndolos, ora con
libros, ora con improvisadas conferencias, siendo esto causa de
inmensa alegría y admiración para los católicos, los cuales
divulgaban donde podían a los cuatro vientos los hechos de
que eran testigos. Con la ayuda, pues, del Señor, comenzó a
levantar cabeza la Iglesia de África, que desde mucho tiempo
yacía seducida, humillada y oprimida por la violencia de los
herejes, mayormente por el partido donatista, que rebautizaba a
la mayoría de los africanos. Y estos libros y tratados se
multiplicaban con maravillosa ayuda de lo alto, y apoyados
como estaban con gran copia de razones y la autoridad de las
Santas Escrituras, interesaban grandemente a los mismos
herejes, los cuales iban a escucharle mezclados con los
católicos; cualquiera, según quiso y pudo, valiéndose del
servicio de los estenógrafos, tomaba por escrito lo que decía.
Comenzó, pues, a difundirse por toda el África su doctrina y el
olor suavísimo de Cristo, llegando su noticia y alegría a la
Iglesia de ultramar; pues así como cuando padece un miembro,
todos los miembros se compadecen, también cuando es
glorificado uno, todos los demás participan de su gozo"
(POSIDIO, Vida, 7).

3. AGUSTÍN REFORMADOR
Cuando en el año 391 Agustín fue hecho sacerdote se da
cuenta que en la iglesia de la que es pastor hay costumbres
que dejan mucho que desear, se encuentra con fieles tibios, y
con un clero poco preparado... Agustín comprende que es
necesario una reforma en profundidad y, así, desde el año que
siguió a su ordenación, se hace cargo de su función de
reformador entre los fieles y el clero. En la carta 22, dirigida a
Aurelio, encontramos un documento digno de un análisis
detenido para comprender esta faceta de Agustín.
Comienza la carta exponiendo el motivo de la misma: "Me
decidí a contestarte, hablando de un asunto de mayor interés,
tanto para tu dignidad como para mi cooperación y digno de
nuestro celo por el Señor y por el gobierno eclesiástico"
(Epístola 22,1,1).
Curiosamente Agustín parte del texto de San Pablo que ya
hemos citado a través del cual, en el jardín de Milán, recibió el
toque amoroso de Dios que produjo como fruto su conversión:
"No en comilonas y embriagueces, no en fornicaciones e
impurezas, no en disputas y fraudes..." (Rm 13,13). Y Agustín le
dice que una de las cosas que más admiración le causa es que
de los tres géneros de vida detestables que nos presenta el
Apóstol, sólo el segundo es castigado en la Iglesia con extremo
rigor, mientras que los otros dos "parecen tolerables a los
hombres. Así, poco a poco puede llegar a acaecer que no sean
considerados siquiera como viciosos" (Epístola 22,2).
A partir de este planteamiento y toda la primera parte de la
carta, Agustín se dedica a llamar la atención de Aurelio sobre el
primero de los aspectos que suponía una vergüenza para la
Iglesia africana. Se trata de los banquetes que, con ocasión de
las fiestas de los mártires, se desarrollaban en sus tumbas. El
origen de estos abusos fue debido, según Agustín, a la
conversión en masa de los paganos: "Les hice ver que después
de tantas y tan crueles persecuciones, al retornar la paz,
multitud de gentiles querían recibir el nombre de cristianos; pero
se veía impedida por su costumbre de celebrar las fiestas de los
ídolos con festines abundantes y embriagueces. No podía
abstenerse con facilidad de sus torpísimas e inveteradas
diversiones. Entonces les pareció a nuestros mayores que se
debía transigir con esta debilidad, permitiendo a los neófitos
celebrar las fiestas en honor de los santos mártires, en
substitución de las que dejaban; el exceso sería igual, pero
menor el sacrilegio. Una vez que estuviesen reunidos bajo el
nombre de Cristo y sometidos a tan alta autoridad, se irían
instruyendo en los saludables preceptos de la sobriedad y ya no
se atreverían a resistir, por el honor del Señor, que se los
mandaba observar" (Epístola 29,10).
Agustín piensa que es Aurelio el más apropiado para iniciar
esta reforma, porque si el Primado de Cartago lo hace, todos
los demás obispos le seguirán. Después se permite el lujo de
dar algunos consejos acerca del modo con el que se debe
proceder para atajar este vicio, le dice: "Estos abusos no se
atajan, a mi entender, con asperezas, rigor y modos imperiosos.
Más bien que mandar, hay que enseñar; más bien que
amenazar, hay que amonestar. Con el pueblo hay que proceder
así, reservando la severidad para el pecado de los pocos. Si
nos vemos en la precisión de amenazar, hagámoslo con dolor,
anunciando con textos bíblicos la venganza futura, para que el
pueblo tema a Dios y no a nosotros por nuestra propia
autoridad. De este modo se impresionarán los varones
espirituales y los que se avecinan a los espirituales, y con la
autoridad de éstos y con sus advertencias suaves, pero
insistentes, el pueblo se rendirá" (Epístola 22,5).
Será el mismo Agustín el encargado de desterrar de sus
fieles de Hipona el abuso que señalaba en esta carta. En la
carta 29, escrita a Alipio unos años después de la de Aurelio, le
comunica cómo logró quitar este vicio. Agustín empleó los
medios que tenía a su disposición, todos los recursos de la
retórica y toda su ciencia y la misma táctica que le exponía a
Aurelio.
La verdad es que fue una batalla dura, nada fácil, incluso
llegó un momento en que se sintió fracasado y piensa
seriamente que está equivocado y lo mejor que puede hacer es
retirarse a la soledad; a esto parece que hace alusión en sus
Confesiones, cuando dice: "Aterrado por mis pecados y por el
poso enorme de mi miseria, había tratado en mi corazón y
pensado huir a la soledad; mas tú me lo prohibiste y me
tranquilizaste diciendo: 'Por eso murió Cristo por todos, para
que los que viven ya no vivan para sí, sino para aquel que
murió por ellos"' (Confesiones, 10,43,70). De hecho, en esta
carta a Alipio le dice que estaba dispuesto a huir si no veía un
cambio notable en sus fieles: "Me determinaba, si mantenían su
opinión, a leerles aquel pasaje del profeta Ezequiel: 'Queda
absuelto el explorador si reveló el peligro, aunque aquellos a
quienes lo anunció no quieran evitarlo'; y luego a sacudir mis
vestidos y marcharme" (Epístola 29,8). Lo cierto es que no tuvo
necesidad ni de amenazarles ni de huir; logró que sus fieles
cambiasen de opinión y se desterrase esta costumbre de sus
vidas.
ALABANZA/PELIGRO: En la última parte de la carta 22,
Agustín le presenta a Aurelio el tercer género de vida
detestable que cita el Apóstol en el texto visto, y que está más
presente en el clero que en los fieles. Se trata del amor
excesivo a las alabanzas: "¿Qué te diré ahora acerca de las
contiendas y del dolo cuando estos vicios son entre nosotros
más graves que entre el pueblo? La madre de todas estas
enfermedades es la soberbia, la avidez de alabanzas humanas,
de la que nace igualmente la hipocresía" (Epístola 22,2,7). Para
vencer este vicio, Agustín presenta en una pincelada el remedio
más apropiado: "Nadie la vencerá si no se penetra de temor y
amor de Dios con la frecuente lectura de los libros divinos.
Quien así lee, muéstrese modelo de paciencia y humildad, no
acepte ni entera ni parcialmente las alabanzas de los que le
honran; si acepta algo de los hombres, hágalo no por sí propio,
pues debe vivir íntegro en la presencia de Dios y debe
desdeñar todo lo terreno, sino por ellos mismos, ya que no
podrá servirlos si se rebaja con exceso" (Epístola 22,2,7).
En este momento Agustín está pensando en una reforma en
serio del clero; el vicio que presenta a Aurelio es solamente un
botón de muestra, él pretende llegar mucho más a fondo, y es
que "hay muchas cosas que lamentar en nuestra vida y
conducta, pero no quiero confiártelas por escrito, si hay
posibilidad de que entre mi corazón y el tuvo no haya otros
intermediarios que mis labios y tus oídos" (Epístola 22,2,9).
Posiblemente responda a este deseo de reforma del clero, lo
que siendo obispo hizo con los clérigos de Hipona: instituir la
vida común para todos. De esa manera podían recibir una
instrucción mejor; es más, leyendo los sermones 355 y 356,
todo hace suponer que el "Episcopio" era también una especie
de seminario donde se formaban los futuros sacerdotes
viviendo en perfecta vida común con comunidad de bienes.
Sería falso decir que Agustín se ha colocado por encima del
bien y del mal y está condenando defectos y vicios de sus fieles
y de sus compañeros en el presbiterado; más bien, tenemos
que concluir que al primero que analiza es a sí mismo; él es el
primero que quiere corregirse y que está luchando contra estos
vicios: "Leyendo lo restante de su carta 22 a Aurelio, se llega a
la evidente conclusión de que la primera persona a quien
Agustín está hablando en este contexto es a él mismo. En
cuanto a Aurelio se refiere, Agustín dice: Me siento seguro de tu
fortaleza interior. Y así las palabras que te estoy escribiendo,
me las aplico a mí mismo. Pero estoy seguro de que tú estás
dispuesto a considerar conmigo lo serio y lo difícil que todo esto
resulta. Porque nadie se da cuenta de la fortaleza de este
enemigo, mientras no ha habido una declaración de guerra...
Únicamente deberíamos sentirnos felices, si realmente somos,
según el juicio de Dios, lo que la gente piensa que nosotros
somos, y si las cualidades que ellos rectamente aplauden en
nosotros, no son atribuidas a nosotros mismos, sino a Dios, que
es el dador de todas las cosas. Eso es lo que me digo a mí
mismo todos los días. O más bien, eso es lo que Dios mismo me
dice todos los días. Él es quien me da los preceptos salvíficos
que se encuentran en las Sagradas Escrituras o que están
presentes en el interior del alma. Pero, concluye Agustín, eso
no me evita el recibir frecuentes heridas en mi violento combate
contra el Adversario. No siempre tengo éxito en arrojar de mí el
placer que me produce una lisonja. San Agustín no hubiera
podido ser más claro sobre los peligros que él temía en el
sacerdocio" 1.

4. AGUSTÍN PASTORALISTA
Para conocer al Agustín hombre de Iglesia en toda su
profundidad, es necesario mirar a lo que él piensa del ministerio
pastoral, a la imagen de presbítero que tiene Agustín y a lo que
piensa que es la función del obispo. Al poco tiempo de su
ordenación sacerdotal, en el 391, escribe una carta
confidencial, llena de veneración y ternura, dirigida a su anciano
obispo. En esta carta se pueden percibir los sentimientos
íntimos que tiene en este momento y el alto concepto del
ministerio clerical, pero, a la vez, los graves peligros que rodean
al sacerdote. Su lenguaje revela esta admiración y este temor,
que no son solamente del momento, sino que le acompañaran a
lo largo de su vida: "Pido, ante todo, que tu religiosa prudencia
considere que en esta vida, máxime en estos tiempos, nada hay
más fácil, más placentero y de más aceptación entre los
hombres que el ministerio de obispo, presbítero o diácono, si se
desempeña por mero cumplimiento y adulación. Pero, al mismo
tiempo, nada hay más torpe, triste y abominable ante Dios que
la tal conducta. Del mismo modo, nada hay en esta vida, máxime
en estos difíciles tiempos, más gravoso, laborioso y peligroso
que la obligación del obispo, presbítero o diácono. Tampoco
hay nada más santo ante Dios, si se milita en la forma exigida
por nuestro emperador. Yo ni en mi infancia ni en mi
adolescencia aprendí qué forma es ésa. Cabalmente en la hora
en que comenzaba a enterarme, se me hizo violencia por mérito
de mis pecados, pues no hallo otra explicación. Se me forzó a
ser el segundo de a bordo, cuando ni de empuñar el remo era
capaz" (Epístola 21,1).
MIRIOS/PELIGROSIDAD PASTORES/MALOS/AG: Desde
hace tiempo sabe Agustín que es peligroso estar al frente de
otros hombres. En un precioso texto de tinte filosófico y en clave
de formación de la juventud, al poco tiempo de su conversión, lo
dice: "No busquen los cargos de la Administración del Estado
sino los perfectos. Y traten de perfeccionarse antes de llegar a
la edad senatorial, o mejor, en la juventud" (Del orden, 2,8,25).
Pero ahora, cuando se refiere a la Administración eclesiástica,
le parece mucho más peligroso; es más, en este campo ya no
se puede hablar de cargos, sino de asumir responsabilidades
públicas en la Iglesia. Esto en apariencia es un honor, pero visto
en su sentido profundo es una pesada carga: "A nosotros,
pues, toca la solicitud, a vosotros la obediencia; a nosotros la
vigilancia, a vosotros la humildad del rebaño. Aunque nos estáis
viendo dirigiros la palabra desde un sitial superior al vuestro,
estamos espiritualmente debajo de vuestros pies, porque
sabemos cuán peligrosa responsabilidad trae aneja la silla esta,
en apariencia tan honorífica" (Sermón 146,1).
La peligrosidad del ministerio procede, sobre todo, de que
ante Dios hay que dar cuentas de cómo se ha ejercido: "Él nos
ayudará a decir la verdad si no decimos cosas de la propia
cosecha. Si dijéramos de lo nuestro, seriamos pastores que nos
apacentamos a nosotros mismos, y no a las ovejas... Nosotros a
quienes el Señor ha puesto, porque así lo ha querido, no por
nuestros méritos, en este puesto del que hemos de dar cuentas
estrechísimas, tenemos que distinguir dos cosas: que somos
cristianos y que somos superiores vuestros. El ser cristianos es
en beneficio nuestro; el ser superiores es en el vuestro. En el
hecho de ser cristianos, la atención ha de caer en nuestra
propia utilidad; en el hecho de ser superiores, no se ha de
pensar sino en la vuestra. Son muchos los que siendo
cristianos, sin ser superiores, llegan a Dios, quizá caminando
por un camino más fácil y de forma más rápida, en cuanto que
llevan una carga menor. Nosotros, por el contrario, dejando de
lado el hecho de ser cristianos, y según ello, hemos de dar
cuenta a Dios de nuestra vida; somos también superiores, y
según esto debemos dar cuenta a Dios de nuestro servicio...
Puesto que los superiores están puestos para que cuiden de
aquellos a cuyo frente están, no deben buscar en el hecho de
presidir su propia utilidad, sino la de aquellos a quienes sirven;
cualquiera que sea superior en forma tal que se goce de serlo,
busque su propio honor y mire solamente sus comodidades, se
apacienta a sí mismo y no a las ovejas" (Sermón 46,2).
Esta conciencia de tener que dar cuenta a Dios de todos sus
fieles, a medida que pasaban los años se le hacÍa más pesada.
En un sermón predicado en el aniversario de su ordenación
episcopal, se lo dice así de claro a sus fieles: "El día de hoy,
hermanos, me invita a reflexionar más detenidamente sobre la
carga que llevo encima. Aunque debo pensar día y noche sobre
su peso, no sé cómo esta fecha de mi aniversario la arroja
sobre mis sentidos, de modo que no puedo evitar el pensar en
ella. Y en la medida en que los años progresan, o, mejor,
regresan, y nos acercan más al último día, que, sin duda, ha de
llegar alguna vez, el pensamiento sobre la cuenta que he de dar
a Dios nuestro Señor por todos vosotros me resulta cada vez
más vivo y penetrante y más doloroso. Entre cada uno de
vosotros y yo, ésta es la diferencia: vosotros casi no tenéis que
dar cuenta más que de vosotros mismos, mientras que yo tengo
que darla de mí y de todos vosotros. En consecuencia, es
mayor la carga, que, bien llevada, comporta una mayor gloria;
pero, ejercida sin fidelidad, precipita en el más terrible de los
suplicios" (Sermón 339,1).
Esta conciencia de los peligros que lleva consigo el ministerio
pastoral, fueron la causa de las lágrimas que derramó en su
ordenación (cfr. Epístola 21, 2), al menos esto es lo que nos
dice su biógrafo: "Aquel varón de Dios, como lo sé por
confidencia suya, elevándose a más altas consideraciones,
gemía por los muchos y graves peligros que veía cernirse sobre
sí con el régimen y gobierno de la Iglesia; y por eso lloraba"
(Posidio, vida, 4).
Continuando con la carta 21, Agustín cree que es por sus
pecados y por su presunción por lo que Dios le confió el puesto
apostólico. Confiesa que a veces juzgó severamente a los
encargados de dirigir la barca de Cristo; en cambio, él, ahora,
se siente débil, limitado, poco preparado... Por eso, le pide a
Valerio, su obispo, unos meses de preparación, sobre todo
leyendo, meditando y estudiando las Sagradas Escrituras: "Sé
de cierto que debo estudiar todas las medicinas contenidas en
sus Escrituras y dedicarme a la oración y a la lectura. Debo
adquirir para tan peligroso puesto la oportuna salud del alma
mía. No la adquirí antes porque no tuve tiempo para ello. Fui
ordenado justamente cuando buscaba ocasión y espacio para
meditar la Sagrada Escritura; ya me estaba dando traza para
buscarme el ocio con esa finalidad. Aun no conocía bastante mi
deficiencia en ese aspecto, y ahora me atormenta y aterra. Mas,
ya que los hechos me han dado experiencia de lo que necesita
un hombre para distribuir al pueblo el sacramento y la palabra
de Dios, no me es posible en la actualidad adquirir lo que
reconozco que me falta. ¿Quieres, pues, que yo perezca, padre
Valerio? ¿En dónde está tu caridad? ¿De cierto me amas? ¿De
cierto amas a la Iglesia, a cuyo ministerio me has dedicado?
Seguro estoy de que nos amas a mí y a ella. Pero me juzgas
preparado. Yo, sin embargo, me conozco mejor" (Epístola 21,3).

Desde el primer momento Agustín quiere realizar el concepto
de sacerdote de Cristo y se da cuenta que lo fundamental es
prepararse seriamente para esto. Para él el sacerdote es el
hombre de Dios, que tiene la sagrada misión de dispensar a los
hombres los tesoros que Dios le ha encomendado: el Evangelio,
los sacramentos, la gracia, y dispensarlos con generosidad y
dedicación: "Me atrevo a confesar que conozco lo que atañe a
mi propia salud. Mas, ¿cómo he de administrarlo a los demás
sin buscar mi propia utilidad, sino la salvación de los otros?
Quizá haya ciertos consejos en los Sagrados Libros (y no cabe
duda de que los hay), cuyo conocimiento y comprensión ayudan
al hombre de Dios a tratar con más orden los asuntos
eclesiásticos, o por lo menos a vivir con sana conciencia entre
las manos de los impíos, o a morir por no perder aquella vida
por la que suspiran los corazones cristianos, humildes y
mansos. ¿Cómo puedo conseguir eso sino pidiendo, llamando y
buscando, es decir, orando, leyendo y llorando, como el mismo
Señor preceptuó?" (Epístola 21,4).
Para Agustín está claro que el presbítero, el obispo, es decir,
todo ministro debe tener una preparación seria, no se puede
ejercer esa misión a la buena de Dios: "Entre otras cosas dice
(el apóstol) que el obispo ha de ser poderoso en doctrina sana
para que pueda refutar a los contradictores. Gran tarea es,
carga pesada, ardua pendiente... No hay cosa que haga más
perezoso al dispensador de Dios para refutar a los
contradictores que el temor a la palabra dura" (Sermón 178,1).

A/LO-ESENCIAL/AG: Pero además de preparación, el
ministro necesita el amor, la caridad, sin ella poco sentido
tendría su ciencia; es más, en la caridad se comprenden todas
las ciencias y toda la Escritura: "¿Qué estudios, qué doctrinas
de cualesquiera filósofos, qué leyes de cualesquiera ciudad se
podrán comparar con estos dos nuestros mandamientos de los
que dice Cristo que penden la ley y los profetas...? AquÍ está
toda la cosmología, ya que todas las causas de todas las
criaturas residen en Dios. Aquí también la ética, ya que la vida
buena y honesta se forma cuando se ama a las cosas que
deben ser amadas y como deben ser amadas, es decir, a Dios y
al prójimo. Aquí está la lógica, puesto que la verdad y la luz del
alma racional no es sino Dios..." (Epístola 137,18) Y con
relación a la Escritura: "El amor por el que amamos a Dios y al
prójimo posee confiado toda la magnitud y latitud de las
palabras divinas... Si, pues, no dispones de tiempo para
escudriñar todas las páginas santas, para quitar todos los velos
de sus palabras, penetrar en todos los secretos de las
Escrituras, mantente en el amor, del que pende todo; así
tendrás lo que allí aprendiste e incluso lo que aún no has
aprendido. En efecto, si conoces el amor, conoces algo de lo
que pende también lo que tal vez no conoces; en lo que
comprendes de las Escrituras se descubre evidente el amor, en
lo que no entiendes se oculta. Quien tiene el amor en sus
costumbres, posee, pues, tanto lo que está a la vista como lo
que está oculto en la palabra divina" (Sermón 350,2). Por lo
tanto, "quien tiene su corazón lleno de amor, hermanos míos,
comprende sin error y mantiene sin esfuerzo la variada,
abundante y vastísima doctrina de las Sagradas Escrituras"
(Sermón 350,1). Esta tensión entre el amor y el temor, hizo de
Agustín "uno de los obispos más ejemplares de la cristiandad de
todos los tiempos" 2

5. AGUSTÍN SACERDOTE
El sacerdocio es, ante todo, un servicio. Servir a Cristo, ser
ministros suyos, desempeñando el ministerio como él lo
desempeñó, es la clave para entender el sacerdocio: "Cuando
(Cristo) dijo: 'si alguno me sirve, sígame', dio a entender que
quería decir: Si alguno no me sigue, éste no me sirve. Sirven,
pues, a Cristo los que no buscan sus propios intereses, sino los
de Jesucristo. Sígame, esto es, vaya por mis caminos y no por
los suyos... Si da pan al hambriento, debe hacerlo por caridad,
no por jactancia; no buscar en ello nada más que la buena
obra, de modo que no sepa la mano izquierda lo que hace la
derecha, esto es, que se aleja la codicia de la obra caritativa. El
que de este modo sirve, a Cristo sirve... y no solamente el que
hace obras corporales de misericordia, sino el que ejecuta
cualquier otra obra buena por amor de Cristo, es siervo de
Cristo, hasta llegar a aquella magna obra de caridad que es dar
la vida por los hermanos, esto es, darla por Cristo... Él mismo se
dignó hacerse y llamarse ministro de esta obra, cuando dice:
'Así como el Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a
servir y a dar su vida por muchos'. De donde se sigue que cada
cual es ministro de Cristo, por las mismas cosas que lo es el
mismo Cristo. Y a quien de este modo sirve a Cristo, su Padre le
honrará" (Comentario al Evangelio de Juan. 51.12).
Para ser servidor como Dios quiere, una de las condiciones
elementales es estar dispuesto a todo, incluso a dar la vida. Si
el ministro no está dispuesto a dar la vida por sus fieles, no
puede decirse que es ministro según Cristo: "Véis que el
apacentar las ovejas del Señor incluye el no rehusar morir por
ellas... Yo, a la vez que os alimento, me alimento con vosotros;
concédame el Señor fuerza para amaros hasta morir por
vosotros ya en la realidad, ya en la disponibilidad" (Sermón 296
4 y 5).
El ser servidor implica estar siempre pendiente de lo que
Dios le pide, no se trata de agradar a hombre alguno, sino al
dueño al que se sirve. Esta es la actitud que Agustín ha tenido:
"Es cierto, que soy importuno y me atrevo a decir: Tú quieres
errar, tú quieres perderte; yo no quiero. En última instancia, no
quiere aquel que me atemoriza... llamaré a la oveja extraviada,
buscaré la perdida. Quieras o no, yo lo haré. Y aunque, al
buscarla, me desgarren las zarzas de los bosques, pasaré por
todos los lugares, por angostos que sean; derribaré todas las
vallas; en la medida en que el Señor, que me atemoriza, me dé
fuerzas, recorreré todo. Llamaré a la descarriada, buscaré a la
que se pierde. Si no quieres tener que soportarme, no te
extravíes, no te pierdas" (Sermón 46 14).
Agustín mismo dice a sus fieles cuál es su disponibilidad para
con ellos, lo que pretende y desea, la actitud que tiene en todas
sus actividades al servicio de los fieles: "¿Qué pretendo, qué
anhelo, por qué hablo, por qué me siento aquí, por qué vivo?
Hago todo esto con la sola intención de que vivamos juntos en
Cristo. Esta es toda mi ambición, mi honor, mi gozo, toda mi
herencia y toda mi gloria. Si no me oís y yo sigo hablando,
salvaré mi alma. Pero no quiero salvarme sin vosotros" (Sermón
7 2).
En la carta 26, escrita a Licencio, se descubre todo un alarde
de delicadeza, no en vano era el discípulo preferido en su retiro
de Casiciaco. Agustín contesta una carta en verso que le había
enviado y le dice: "He aquí mi mandato. Entrégate a mí, si es
preciso, y después entrégate a mi Señor, al Señor de todos, al
mismo que te dio tu ingenio. ¿Qué soy yo mismo sino tu servidor
en nombre suyo, tu compañero en su servicio?... Si tú
encontrases en la tierra un cáliz de oro lo entregarías a la
Iglesia. El ingenio que recibiste de Dios es un cáliz espiritual, es
de oro; tú lo haces servir para tus concupiscencias, haces
beber en él al diablo. Basta, te lo suplico. (Ojalá pudieses ver mi
dolor al escribir estas líneas! Si no tienes interés alguno por ti,
ten, al menos, compasión de mí" (Epístola 26 4 y 6). Pero
Agustín no se contenta con esto, sino que pone lo que está de
su parte para ganar a Licencio; le invita a visitar a Paulino de
Nola. Es más, después de su consagración episcopal, escribe a
Paulino y le recomienda a Licencio (cfr. Epístolas 27 y 31).
Esta delicadeza pastoral se nota incluso más en sus
sermones, por ejemplo, dirigiéndose a los recién bautizados les
dice: "A vosotros, pues, hermanos; a vosotros, hijos; a vosotros,
retoños nuevos de la madre Iglesia, os ruego, en nombre de lo
que habéis recibido, que pongáis vuestros ojos en quien os
llamó, en quien os amó, en quien os buscó cuando estabais
perdidos, os iluminó una vez encontrados, para no seguir el
sendero de los que se pierden, en quienes desentona el
nombre de fieles... Comienza a vivir bien, y verás cuántos se te
asocian, te rodean, y de cuánta fraternidad disfrutarás. Además,
¿no encuentras nada que imitar? Conviértete tú en objeto de
imitación para otros" (Sermón 228 2).
Además de servir a Cristo, Agustín es consciente que tiene
que ser servidor de la verdad: "Útil es para nosotros estar
sujetos a tanta grandeza, servir a la Verdad" (Comentario al
Evangelio de Juan 58 3). Y servir a la verdad, no es otra cosa
que ser sinceros, no buscar recompensa alguna con el servicio:
"Las palabras del Señor son palabras puras, dice puras o
castas en el sentido de sinceras, esto es, sin depravación de
simulación. Muchos predican la verdad sin sinceridad porque la
venden por la recompensa de las comodidades de este mundo.
De éstos dice el Apóstol que anuncian a Cristo sin recta
intención" (Comentario al Salmo 11,7).
CR/SIERVO-LIBRE/AG: Todo hombre es siervo de Dios, y
será absurdo hacer este servicio de mala gana: "A un tiempo
eres siervo y libre: siervo porque fuiste hecho, Iibre porque eres
amado por Dios que te hizo; es más, también eres libre porque
amas a aquel por quien fuiste hecho. No sirvas a regañadientes,
porque tus murmuraciones no consiguen librarte de la
servidumbre, sino que sirvas siendo mal siervo" (Comentario al
Salmo 99 7).
Pero la conciencia del sacerdote es que es siervo que
administra las bienes de su Señor en favor de sus hermanos:
"Nuestra tarea no fue otra que dar lo que habíamos recibido; no
fuimos nosotros los que dimos, aunque se dio por medio de
nosotros. El dinero es del Señor; nosotros somos distribuidores,
no donantes. Tenemos un Señor común; repartimos el alimento
a nuestros consiervos y nos alimentamos de la misma dispensa.
No nos pertenecemos a nosotros mismos, sino a aquel que
derramó su sangre como precio por nosotros. Hemos sido
redimidos todos al mismo tiempo y a un mismo precio" (Sermón
260 D,2).
Por otra parte, el servicio ministerial no es un seguro de vida,
sino que exige un mayor esfuerzo, exige ir por delante, ser los
primeros en cumplir, y es que, como afirma el mismo Agustín, "el
ser dispensador de la salud por la palabra y los sacramentos no
es todavía el ser participe de ella" (Epístola 161,2).
Esta conciencia de que tiene que hacer suyas las palabras
que ha de pronunciar, le lleva a alimentarse de lo mismo que
da, a sentirse servidor y no maestro, a dar gratis lo que ha
recibido y porque lo ha recibido gratis: "Os alimento de lo mismo
que yo como; siervo soy como vosotros, no padre de familia; os
pongo en la mesa lo mismo de lo que yo vivo, es decir, lo que
extraigo del tesoro del Señor, del banquete de aquel padre de
familia que, siendo rico, se hizo pobre por nosotros para que
con su pobreza nosotros nos hiciéramos ricos" (Sermón 339,4).
El que quiera convertirse en maestro, lo que puede consigue es
decir mentira, porque "quien habla mentira, habla de lo suyo"
(Sermón 101,4).

6. AGUSTÍN, PREDICADOR DE LA PALABRA
PREDICACION/PD/AG: La actitud fundamental del ideal que
Agustín tiene del sacerdote, es servir al pueblo de Dios 3. Y en
este servicio posiblemente la obligación principal del sacerdote
consista en predicar la Palabra de Dios. Para cumplir con esta
misión, Agustín recomienda, como primera cosa, identificarse
con la Palabra: "Como ministro de la Palabra, sé la voz de la
palabra" (sermón 288,5). Ser portador, por tanto, de la Palabra
de Dios, desde la reevangelización de la propia vida. No ser un
mero profesional del Evangelio, sino llegar a ser encarnación,
voz de la Palabra, del Evangelio: "Parte siempre de su propia
convicción de que no podrá ser buen predicador de la Palabra
quien no sepa seguir a la escucha de la misma en su interior y
en la Escritura" 4.
Agustín es consciente que es mediador de la Palabra
revelada y siente su limitación e incapacidad. Traducir esa
Palabra de Dios en palabra del hombre no es nada fácil y exige
estar siempre a la escucha, dejar que el Maestro interior hable:
"Hablamos nosotros, pero es Dios quien instruye; hablamos
nosotros, pero es Dios quien enseña... Nos sentimos deudores
de vuestra caridad y os vemos exigiendo nuestra deuda. Como
nosotros oramos para que podáis recibirlo, orad vosotros
también para que podamos explicároslo. Vaya de acuerdo
nuestra oración, y de esta forma Dios os hará buenos oyentes y
a nosotros propagadores fieles de la deuda" (Sermón 153,1).
Como dice Julián García Centeno, el predicador es ante todo,
según Agustín, "orador", porque ora, está de rodillas asimilando
la Palabra para poder exponerla conforme a su contenido 5.
Agustín ora y después habla; "es más, toda su preparación
consistía prácticamente en la oración y, en ocasiones, en unos
momentos de reflexión. Agustín improvisaba sobre los textos
bíblicos que se leían o se cantaban inmediatamente antes" 6
Una de las normas elementales de la predicación, que es ser
testigo, bien con la palabra, bien con la vida, del evangelio, es
no buscar nada, no pretender algún beneficio para el
predicador: "Quien predica el Evangelio para ser bien retribuido,
piensa que sirve a Dios (pues predica) y al lucro (pues lo hace
por él). Y dijo el Señor que eso es imposible. Así, a quien
predica el Evangelio con esa finalidad, se le prueba que no
sirve a Dios sino al lucro aunque Dios utilice al predicador para
beneficiar a otros en forma que el mismo predicador ignora" (El
trabajo de los monjes, 26,34).
Como es lógico, el que predica el Evangelio ha de estar muy
acostumbrado a olvidarse de sí mismo, a buscar el bien
espiritual de los destinatarios de sus palabras y de su misión:
"Hay en la Iglesia hombres que, según dice el Apóstol, anuncian
el Evangelio por conveniencias, buscando de los hombres su
propio medro, ya en dinero, ya en honores, ya en alabanzas
humanas. Buscando a toda costa sus personales ventajas, no
miran al predicar, tanto a la salud de aquellos a quienes
predican como a sus particulares emolumentos" (Sermón
137,5).
Ser predicador de la Palabra es tomar conciencia de estar
puesto como servidor: "Nosotros, por ejemplo, no debemos
evangelizar para comer, sino comer para evangelizar; porque si
evangelizamos para comer, manifestamos menor aprecio del
Evangelio que del alimento, de esta manera será nuestro bien el
comer, y nuestra necesidad el Evangelio" (Sermón de la
montaña, 2,16,54). No es posible convertir la evangelización en
una profesión para vivir, esto sería hacer venal el Evangelio:
"No busquen, por lo tanto, su comodidad; pudiera parecer que
anuncian el Evangelio para hacer frente a su penuria. Preparen
para los hombres, que deben ser iluminados, la luz de la
palabra de la verdad. Son como lámparas... No se trata de
hacer vanal al Evangelio, como si él fuera el precio de aquello
que consumen quienes lo anuncian para tener con qué vivir. Si
lo venden de esta forma cambian una cosa excelente por otra
vil" (Sermón 296,5).
Con frecuencia Agustín reconoce que si predica no es por
gusto, sino por cumplir una misión y que no le queda más
remedio que hacerlo porque así se lo pide su dueño: "En todas
mis palabras presento un espejo. Y no son mías, sino que hablo
por mandato del Señor, por cuyo temor no callo. Pues, ¿quién
no elegiría callar y no dar cuenta de vosotros? Pero ya
aceptamos la carga que no podemos ni debemos sacudir de
nuestros hombros... No queremos nada que nos convenga a
nosotros si no os conviene también a vosotros" (Sermón 82,15).

En una misión como la que tiene el sacerdote, siempre está
al acecho la tentación de buscar fama, honor, popularidad..., a
veces, parece que lo mejor es contentar a las personas,
hacerse simpático. Pero si lo que se busca es servir, predicar la
verdad, es necesario estar por encima de todas estas cosas: "Si
aconsejamos todo esto (que sirvan como quieran, ir a los
espectáculos públicos, llenarse de vino...), quizá reuniríamos
mayores multitudes. Quizá hay alguno que al escucharnos decir
esto, piensan que no hablamos sabiamente; podían ser pocos a
los que ofendemos y nos congraciaríamos con la multitud. Si
dijéramos esto, no proclamando la Palabra de Dios, no la de
Jesucristo, sino la nuestra propia, seríamos pastores que se
apacientan a sí mismos y no a las ovejas" (Sermón 46,8).
Agustín es consciente que la labor del sacerdote no es
ganarse clientes para sí mismo, no se trata de hacer el propio
rebañito; ni dejarse vender por favores. Los malos pastores se
diferencian de los buenos, en que los malos quieren hacer
suyas las ovejas de Cristo, mientras que los buenos, lo único
que persiguen es apacentar las ovejas de Cristo: "Puesto que
me amas, puesto que me tienes afecto, te confío mis ovejas;
apaciéntalas, pero no olvides que son mías. Los cabecillas de
las herejías quieren hacer propias las ovejas de Cristo; pero,
quiéranlo o no, se ven obligados a ponerles la marca de Cristo;
las hacen patrimonio propio, pero les ponen el nombre del
Señor" (Sermón 229 0,3). Agustín se lamenta de que existan
ministros que no se preocupen por sus fieles: "Hay algunos que
ocupan la cátedra pastoral para mirar por las ovejas de Cristo.
Pero hay otros que las ocupan para gozar de sus honores y
comodidades seculares" (Epístola 208,2).
Agustín da alguna pista de lo que tiene que hacer todo
predicador de la palabra, y se puede pensar que éste era el
sistema que él seguía en la preparación de sus sermones:
"Ciertamente este nuestro orador cuando habla cosas justas,
santas y buenas, y no debe hablar otras, ejecuta al decirlas
cuanto puede para que se le oiga con inteligencia, con gusto y
con docilidad. Pero no dude que si lo puede, y en la medida que
lo puede, más lo podrá por el fervor de sus oraciones que por la
habilidad de la oratoria. Por tanto, orando por sí y por aquellos
a quienes ha de hablar, sea antes varón de oración que de
peroración. Cuando ya se acerque la hora de hablar, antes de
soltar la lengua una palabra, eleve a Dios su alma sedienta para
derramar lo que bebió y exhalar de lo que se llenó... El que
quiera saber y enseñar, aprenda todas las cosas que deben ser
enseñadas. Adquiera el arte de decir qué conviene al orador
sagrado, pero al mismo tiempo de hablar piense que a una
mente buena le conviene más lo que dice el Señor" (Sobre la
doctrina cristiana. 4. 15,32).

7. AGUSTÍN EL HOMBRE DE TODOS
Agustín confiesa ingenuamente que desea darse a todos
(Epístola 118,2) y su biógrafo presenta como síntesis de su vida
y el lema que le movió a actuar, a leer, escribir, investigar, todo
era "deseando ser útil a todos" (POSIDIO, Vicia, 28). Como dice
uno de sus estudiosos, "el Pastor de Hipona no se pertenecía;
era el hombre de sus hermanos, y sus hermanos eran todo el
mundo, todos los que tenían necesidad de él. Siervo de Dios y
de la Iglesia, realizó plenamente su divisa de obispo: 'No busco
dominar, sino prestar servicio'. A ejemplo de San Pablo se había
hecho todo para todos para ganar todas las almas que pudiese
para Jesucristo" 7.
Con esta conciencia de ser siervo de los hombres, de que no
se pertenecía a sí mismo, y con el fuego de la caridad dentro,
Agustín estaba enormemente atareado; él mismo nos dice que
éste ha sido el motivo de escribir los libros sobre la Trinidad:
"Siervo de mis hermanos, no sé negarme a sus justos
requerimientos, y trato, en la medida de mis fuerzas, de
ayudarles en sus loables estudios cristológicos con mi palabra y
con mi pluma, pues a ello me impulsa con ardor, cual viga
fogosa, la caridad" (De Trin. 3, pról., 1).
Su conciencia del deber ministerial, su amor a los hombres y
su dedicación plena para con ellos, le lleva a realizar todas las
tareas, por desagradables que sean, como un vigilante en la
Iglesia: "Cuando San Agustín era requerido por los cristianos o
personas de otras sectas, oía con diligencia la causa, sin perder
de vista lo que decía alguien... A veces, hasta la hora de comer
duraba la audiencia; otras se pasaba el día en ayunas, oyendo
y resolviendo. Y siempre miraba en todo el estado espiritual de
los cristianos, interesándose de su aprovechamiento o
defección en la fe y buenas costumbres; y según la
oportunidad, instruía a los contendientes en la ley de Dios,
inculcando su cumplimiento y dándoles consejos de la vida
eterna, sin buscar en los favorecidos más que la devoción y la
obediencia cristiana, debidas a Dios y a los hombres. Corregía
públicamente a los pecadores para que los demás temiesen al
Señor; y lo hacia todo como el vigía puesto sobre la casa de
Israel predicando la palabra divina e instando a cumplirla
oportuna e inoportunamente, arguyendo, exhortando y
corrigiendo con toda paciencia y doctrina, siendo también
principal cuidado suyo instruir a los que eran idóneos para la
enseñanza. Se comunicaba por carta con algunos que le
consultaban sobre asuntos temporales. Pero soportaba como
una pesada carga esta distracción de más altos pensamientos,
y era su mayor gusto platicar de las cosas de Dios en intima
familiaridad con los hermanos" (POSIDIO, Vida, 19).
Por otra parte, intercede ante el poder civil en favor de los
reos, ya que, para él, esta es una de las misiones particulares
del obispo. Otras veces escribía cartas de recomendación o
visitaba a las autoridades; ni una ni la otra cosa eran cuestiones
que le resultasen fáciles; más bien, cuando lo hacía, tenía el
temor de molestar y de hipotecar un poco su condición de
obispo: "Todos somos cristianos; pero yo llevo una carga mayor
y más peligrosa. Con frecuencia se habla de mí: '¿A qué tendrá
que ir a casa de tal autoridad? ¿Qué busca el obispo en ella?'
Y, sin embargo, vosotros sabéis que son vuestras necesidades
las que me obligan a ir adonde no quiero, a observar, a
aguantar de pie a la puerta, a esperar mientras entran dignos e
indignos, a hacerme anunciar, a ser admitidos con rara
frecuencia, a sufrir humillaciones, a rogar, a veces a conseguir
algo, y otras veces a salir de allí triste. ¿Quién querría sufrir
todo eso de no verse obligado? Dejadme libre; que nadie me
obligue a padecer tales cosas; concedédmelo, dadme
vacaciones al respecto. Os lo pido, os lo suplico: que nadie me
obligue. No quiero tener nada que ver con las autoridades.
Sabe Dios que lo hago obligado. Trato a las autoridades lo
mismo que a los cristianos, si entre ellas encuentro cristianos; a
quienes son paganos, como debe tratar a los paganos:
queriendo el bien para todos" (Sermón 302,17).
Agustín era la voz de los sin voz. Para él, posiblemente, la
atención para con los pobres era una de las labores más gratas
de las realizadas como pastor. AsÍ se lo decía a los fieles: "Yo
soy ahora mendigo de los mendigos; pero ¿qué me importa?
Soy yo mendigo de los mendigos, para que vosotros seáis
contados en el número de los hijos" (Sermón 66,5).
Agustín considera que una de sus misiones es ser pedigüeño
en favor de los pobres. Cuando habla a sus fieles en favor de
los necesitados, es difícil no hacerle caso: "Dad, pues, a los
pobres. Os ruego, os lo aconsejo, os lo mando, os lo prescribo.
Dad a los pobres lo que queráis. No ocultaré a vuestra caridad
por qué me fue necesario predicaros este sermón. Desde el
momento en que salgo para venir a la Iglesia y al regresar, los
pobres vienen a mi encuentro y me recomiendan que os lo diga
para que reciban algo de vosotros. Ellos me amonestaron a que
os hablara. Y cuando ven que nada reciben, piensan que es
inútil mi trabajo con vosotros. También de mí esperan algo. Les
doy cuanto tengo; les doy en la medida de mis posibilidades.
¿Acaso soy yo capaz de satisfacer todas sus necesidades?
Puesto que no lo soy, al menos hago de legado suyo ante
vosotros. Al oír esto habéis aclamado. ¡Gracias a Dios!
Recibisteis la semilla y en vuelta pagáis con palabras. Estas
alabanzas vuestras son para mí más un peso que otra cosa y
me ponen en peligro. Las tolero al mismo tiempo que tiemblo
ante ellas. Con todo, hermanos míos, estas vuestras alabanzas
son hojas de árboles: se pide el fruto" (Sermón 61,13).
Agustín habla a sus fieles de forma directa, como si apelase
al corazón del pueblo para salir de un apuro, y por eso
generalmente encuentra respuesta. En una ocasión un
hermano estaba en dificultades con los acreedores y Agustín
salió fiador por él, pero cuando hay que pagar, está sin nada y
pide ayuda a sus fieles: "Escribí también a los presbíteros para
que, si faltare algo después de la colecta de vuestra santidad, lo
suplan ellos con lo que posee la Iglesia, con tal de que vosotros
os ofrezcáis alegremente según os place. Ya sea de lo vuestro,
ya de lo de la Iglesia, todo es de Dios, y vuestra devoción será
más dulce para los tesoros de la Iglesia, como dice el Apóstol,
'pues no busco el don, sino el fruto'. Alegrad mi corazón. Deseo
regocijarme en vuestros frutos, sois árboles de Dios, que Él se
digna regar con frecuentes lluvias por mi ministerio. Protéjaos el
Señor de todo mal aquí y en el siglo futuro" (Epítola 268,3).
El pobre es otro Cristo, y dar al pobre es depositar algo en
las manos de Dios y no perderlo; pero, además, el dador, al dar,
se humaniza: "No hay que pensar sólo en la bondad del dador,
sino también en la humildad del que sirve. No sé de qué
manera, hermanos míos, cuando el pudiente alarga la mano
hasta la del necesitado, el alma del primero parece como que se
compadece de la común humanidad y debilidad. Aunque uno dé
y otro reciba, se encuentran unidos el que sirve y el servidor,
pues no nos une la desgracia sino la humildad. Cuanto más
posee, más grande es el temor. Si, en cambio, se lo das a Dios
en la persona de los pobres, no lo pierdes y gozarás de
tranquilidad, porque Dios mismo te lo guarda en el cielo, Él que
te da también lo necesario en la Tierra" (Sermón 259, 5).
Está claro que Agustín vive para la Iglesia, ésta es su única
pasión y es que, para él, "la Iglesia es la hospedería en que
Jesús, el Buen Samaritano, colocó al enfermo para hacerle
cuidar allí por sus ministros. Agustín ama a la Iglesia con aquel
amor tierno y ardiente que tenía por su madre Mónica.
Acordándose de sus pasadas ingratitudes con ella, suplica a los
fieles que no imiten su ejemplo, que acepten dócilmente el
sustento espiritual de su mano amorosa: "Yo, dice, pobre y
miserable, me creí con alas y dejé el nido. Pero, en lugar de
alzar mi vuelo, caí por tierra. El Señor tuvo compasión de mí. No
queriendo verme aplastado por los transeúntes, me levantó y
me volvió al nido" (Sermón 51,ó)" 8 .
Como nos dice el Cardenal D. Marcelo, "San Agustín amaba
a la Iglesia. La amaba con toda su alma ardiente, ya no
apasionada. A lo largo de su vida tan rica fue quedando en su
corazón solamente el ardor y la llama, centrados ambos sobre lo
que había venido a ser objeto único de su amor y su existencia:
la Iglesia de Cristo....San Agustín amaba, vuelvo a decir, amaba
a la humanidad, y a la Iglesia en ella encarnada. Y este amor le
hacía dirigir su mirada incesantemente, tratando de desvelarlo,
hacia ese oculto secreto de las relaciones de Dios con el mundo
de los hombres, manchado con el pecado, puro con la
virginidad de la fe, asumido en la unión de amor y elevado a la
fecundidad creadora y sacramental de la gracia vivida en el
seno de la Iglesia" 9.

8. SÍNTESIS ENTRE ACTIVIDAD PASTORAL Y VIDA
CONTEMPLATIVA
Solamente desde este amor y dedicación sin reservas a la
humanidad y a la Iglesia, se puede entender toda la actividad
desarrollada por Agustín en el tiempo que fue el guía y pastor
de la Iglesia de Hipona, y más si tenemos en cuenta que él era
un alma contemplativa. De hecho, quisiera verse libre de los
trabajos de la vida activa: "Pongo por testigo sobre mi alma a
Jesucristo, en cuyo nombre os digo estas cosas sin vacilar; por
lo que toca a mi comodidad, preferiría mil veces ocuparme en
un trabajo manual cada día y a horas determinadas, y disponer
de las restantes horas libres para leer, orar, escribir algo acerca
de las divinas escrituras, en lugar de sufrir las turbulentas
angustias de los pleitos ajenos acerca de negocios seculares,
que hay que dirimir con una sentencia o hay que arreglar con
una intervención... Y, con todo, yo acepto este trabajo, y no sin
el consuelo del Señor, por la esperanza de la vida eterna y para
dar mi fruto con tolerancia...Dios, por cuya gracia ofrezco mis
obras a su divino examen, vea con qué sincera caridad me
preocupo de vosotros" (El trabajo de los monjes 29,37; cfr.
Comentario al Salmo 54,8).
Sobre todo, pero no sólo aquí, a lo largo de la
correspondencia, vuelve como un 'leit-motiv' la misma queja: 'no
tengo tiempo para el estudio, la oración...'. Leyendo sus cartas
se comprende el sacrificio enorme que hizo este pensador, este
contemplativo, cuando, por orden de la Iglesia, que es el cuerpo
místico de Cristo y su continuación en la historia, aceptó dirigir
la comunidad local y tomó sobre sus hombros la carga de la
acción pastoral (cfr. Epístola 189,1; 224,1). Sus palabras son
claras: "Nadie me superaría en ansias de vivir en esa seguridad
plena de la contemplación, libre de preocupaciones temporales;
nada hay mejor, nada más dulce, que escrutar el divino tesoro
sin ruido alguno; es cosa dulce y buena; en cambio, el predicar,
argüir, corregir, edificar, el preocuparse de cada uno, es una
gran tarea, un gran peso y una gran fatiga. ¿Quién no huiría de
esta fatiga? Pero el Evangelio me aterroriza" (Sermón 339,4).
Pero Agustín ha sabido llegar a una síntesis vital como
equilibrio entre los dos polos de acción y contemplación. A esto
es a lo que el Cardenal Enrique y Tarancón llama actitud
radical: "Creo sinceramente que para nosotros -obispos,
sacerdotes y religiosos- tiene esta etapa de la vida de Agustín
una importancia singular. Incluso afirmaría que su testimonio -en
lo que yo llamaría su actitud radical, y aun en detalles
importantes de su acción pastoral- tiene en nuestros días suma
actualidad. Estoy convencido que Agustín, obispo, nos dice
claramente a nosotros cómo hemos de vivir nuestro sacerdocio
y cómo hemos de concebir y realizar nuestro ministerio pastoral
ahora, en estos momentos difíciles en los que todos estamos un
poco desconcertados. Llamo actitud radical a esa síntesis
maravillosa entre contemplación y actividad que realiza en su
vida y a su radicalidad en la vivencia del evangelio. Pero incluso
los mismos detalles de su ministerio: su predicación -por el
fondo y por la forma, incluso, diría yo, por el talante de la
misma- su atención a todos -a los fieles y a los alejados, incluso
a los que se han separado del redil-, etc. son una lección
magnífica para nosotros" 10.
En un texto de la Ciudad de Dios, Agustín define estos dos
polos en los que se desarrolla la vida y dice que se es eficaz en
el servicio al próximo, con la eficacia que Dios pide, si no se
abandona el amor a la verdad en la tensión al ocio, en el
impulso a la soledad interior, y es que "sólo puede encender a
los demás quien dentro de sí tiene fuego" (Comentario al Salmo
103, s.2,4). Pero la dedicación a Dios será auténtica si no se
desentiende de la 'utilidad del prójimo'. Por tanto, la actividad
sólo puede estar equilibrada si nace de la urgencia de la
caridad y si no se olvida ese vivir dentro que es el resorte
constante de invitación a la contemplación: "En relación con
aquellos tres géneros de vida, el contemplativo, el activo y el
mixto, cada uno puede, quedando a salvo la fe, elegir para su
vida cualquiera de ellos, y alcanzar en ellos la eterna
recompensa. Pero es importante no perder de vista qué nos
exige el amor a la verdad mantener, y qué sacrificar la urgencia
de la caridad. No debe uno, por ejemplo, estar tan libre de
ocupación que no piense en medio de su mismo ocio en la
utilidad del prójimo, ni tan ocupado que ya no busque la
contemplación de Dios. En la vida contemplativa no es la vacía
inacción lo que uno debe amar, sino más bien la investigación o
el hallazgo de la verdad, de modo que todos -activos y
contemplativos- progresen en ella, asimilando el que ya ha
descubierto y no poniendo reparos en comunicarla con los
demás. En la acción no hay que apegarse al cargo honorífico o
al poder de esta vida, puesto que bajo el sol todo es vanidad.
Hay que estimar más bien la actividad misma, realizada en el
ejercicio de ese cargo y de esa potestad, siempre dentro del
marco de la rectitud y utilidad, es decir, que sirva al bienestar de
los súbditos tal como Dios lo quiere... A nadie se le impida la
entrega al conocimiento de la verdad, propia de un laudable
ocio. En cambio, la apetencia por un puesto elevado, sin el cual
es imposible gobernar un pueblo, no es conveniente, aunque se
posea y se desempeñe como conviene. Por eso el amor a la
verdad busca el ocio santo y la urgencia de la caridad acepta la
debida ocupación. Si nadie nos impone esta carga debemos
aplicarnos al estudio y al conocimiento de la verdad. Y si se nos
impone debemos aceptarla por la urgencia de la caridad. Pero
incluso entonces no debe abandonarse del todo la dulce
contemplación de la verdad, no sea que, privados de aquella
suavidad, nos aplaste esta urgencia" (La Ciudad de Dios,
19,19).
Para Agustín el lema de toda su actividad pastoral está en
arrastrar a todos al amor: "Si amáis a Dios, arrastrad al amor de
Dios a todos los que con vosotros están unidos y a todos los
que se hallan en vuestra casa. Si por vosotros es amado el
cuerpo de Cristo, es decir, la unidad de la Iglesia, arrebatadlos
a gozar y decidles: 'engrandeced conmigo al Señor...'. Luego
arrebatad a quienes podáis, exhortando, llevando, rogando,
disputando, dando a conocer con mansedumbre y con
benevolencia. Arrastradlos al amor para que, si engrandecen al
Señor, lo engrandezcan todos juntos. La Iglesia los llama; estas
palabras son la voz de la Iglesia, que llama a quienes se
desgajaron" (Comentario al Salmo 33, s. 2, 6-7). Y es que, como
les dice Agustín a sus fieles, la Iglesia es para todos, tiene sed
de personas, no se conforma con los que ya le pertenecen:
"También la sed de la Iglesia quiere beber a este que véis"
(Comentario al Salmo 61,23).
Es cierto que "aunque él pensó, amó y escribió en un
apartado rincón de la Iglesia, todo lo hizo para la Iglesia entera y
para todos los tiempos. Su voz es sólo un eco de la revelación
divina. Mientras haya en el mundo una mente y un corazón
humanos, existirá siempre la necesidad de su luz, que iluminó el
camino del cristianismo durante dieciséis siglos, y del calor,
consuelo y arrojo que sus obras irradian sobre los hombres. Los
siglos venideros no conseguirán que el pensamiento de San
Agustín quede anticuado, porque contiene los afanes, los
deseos y los anhelos de la permanente naturaleza humana" 11. 

S. Sierra Rubio
RELIGIÓN Y CULTURA/197. Págs. 293-318
........................................
1. LUC VERHEIJEN, «¿Por qué lloró San Agustín cuando fue ordenado
sacerdote?», en La Búsqueda de Dios. Publicaciones agustinianas.
Roma 1981, p. 204.
2. CAPANAGA, V., Introducción general a las Obras de S. Agustín, BAC,
Madrid 1969,4, p. 33.
3. Ctr. PINTARD, Le sacerdoce selon St. Augustín, p. 365.
4. MORÁN, C., Introducción general a los sermones de S. Agustín, BAC,
Madrid 1981, p.22.
5. Cfr. J. G. CENTENO, El sacerdote como ministro en San Agustín, Revista
agustiniana de espiritualidad, 4, 1963, pp. 375-398 y 5, 1964, pp. 234-246.

6. MEER, F. van der, San Agustín, pastor de almas, Barcelona 1965, p. 531.
7. GUILLOUX. P. El alma de S. Agustín. Madrid 1986. p. 260.
8. GU!LLOUX, P., El alma de San Agustín, Madrid 1986, p. 188.
9. GONZÁLEZ, M., Prólogo al libro de Rafael Palmero Ramos, 'Ecclesia Mater'
en San Agustín, Madrid 1970, p. 13.
10. TARANCÓN, E., ''San Agustín, maestro para el hombre de hoy", en
Religión y Cultura, 33, 1987, p. 200.
11. STANISLAUS J., Y GRABOWSKl, La Iglesia. Introducción a la teología de
San Agustín, Madrid 1965, p. XXXVI.

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