
Pero
aquella boda tuvo trampa, porque los niños no se podían casar si se hubieran
atenido a las reglas de la Santa Madre Iglesia que tanto pregonaban. Isabel y
Fernando eran primos hermanos y tenían una consanguinidad en tercer grado, y si se casaban sin una dispensa
papal se condenarían. Pero esto no fue un problema, porque a Isabel no se le ponía
nada por delante. El infierno tampoco.
Aquel matrimonio
arrastró un lío tremendo de idas y venidas de bulas, dispensas, falsificaciones
y chanchullos burocráticos. El papa reinante se negó a dar la dispensa papal. Pero,
milagro, el mismo día de la boda apareció una nueva dispensa de otro papa (Pío II)
dando el permiso; un permiso que dos años después confirmó otro papa distinto
(Sixto IV). ¿Dónde estaba la trampa? Pues en todas partes, porque el papa que había
dado la dispensa a favor del matrimonio no sólo no tenía nada que decir, es que
se había muerto cinco años antes de la boda. En resumidas cuentas, que los niños
estuvieron dos años dale que te pego sin autorización eclesial.

La boda
fue sencilla, oficiada en el palacio de los Vivero de Valladolid. Las partes se
dieron mutuo consentimiento, se leyeron las condiciones estipuladas para la futura
posesión del cetro, por supuesto favorables a Isabel, y listo, cada uno a sus
aposentos. La primera noche después de la boda no pasó nada. Pero la segunda
sí, porque entonces yacieron juntos y se consumó el tanto monta, monta tanto. Así
lo relató el médico de la reina, el doctor Toledo, en El Cronicón de Valladolid:
«Esa noche fue consumado el matrimonio entre los novios, donde se mostró
cumplido testimonio de su virginidad y nobleza en presencia de jueces,
regidores y caballeros». Qué falta de intimidad, por Dios.

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