jueves, 17 de septiembre de 2015

BIENAVENTURANZAS-DECÁLOGO


NDC
 

SUMARIO: I. Evangelio y catequesis de las bienaventuranzas: 1. La buena noticia de las bienaventuranzas; 2. Las catequesis de Mateo y de Lucas; 3. Las bienaventuranzas en la historia de la Iglesia. II. Las bienaventuranzas, camino hacia la plenitud humana: 1. Están sembradas en lo humano, aunque amenazadas; 2. Cada bienaventuranza libera en nosotros la vida. III. Bienaventuranzas y decálogo. IV. Educar las semillas de las bienaventuranzas. V. Pistas pedagógicas y metodológicas: 1. Principios catequéticos entrañados en las bienaventuranzas; 2. Algunas sugerencias metodológicas concretas.

Los entendidos en las ciencias humanas nos confirman que buscar la felicidad es el deseo más hondo del corazón de cualquier hombre o mujer. Íntimamente relacionada con el amor que se da y se recibe, parece que se logra al saberse amado tal cual uno es. Por alcanzarla, sacrificamos dinero, tiempo y cuanto tenemos. La cultura consumista en que vivimos, que conoce bien esta necesidad de nuestro corazón, persigue, incansable, seducirnos y nos hace caer en la trampa de tener cada vez más, arrastrados por el invencible deseo de ser felices.
Precisamente porque la felicidad está siempre ante nosotros como meta inalcanzable, buscamos con ahínco los caminos que a ella conducen. Algunos la relacionan con estar en armonía consigo mismo, con la naturaleza, con los otros y con Dios, fuente de la existencia; y los rápidos momentos de paz profunda que a veces experimentan se lo confirman. Pero pronto se mezclan en sus vidas sombras y dudas que los desequilibran, hieren y rompen por dentro, o les impulsan a herir a los demás en lugar de amarlos. La ruptura de su armonía les impide continuar buscando y hace surgir en ellos la duda de si es realmente posible alcanzar la dicha que añoran y todo ser humano anhela.
A este gran interrogante, responde el evangelio con la propuesta de las bienaventuranzas, que invitan a encontrar la felicidad en la pobreza, las lágrimas, el hambre o la persecución; es decir, en situaciones inconfortables en las que parece que no puede haber ninguna dicha. Por eso, podrían parecer pura ilusión si no supiéramos que son la expresión de la vida de Jesús, que pasó por todo eso y alcanzó la felicidad que, corno cualquiera de nosotros, buscaba. El ayuda a descubrir que la felicidad se asienta en el núcleo más hondo de la persona, y que es posible mantener en paz a pesar de todas las tribulaciones en que puede verse envuelta. Es Jesús, el hombre nuevo, quien muestra con su existencia cómo lograr lo que todo ser humano anhela: ser feliz haciendo felices a los demás.

I. Evangelio y catequesis de las bienaventuranzas
1. LA BUENA NOTICIA DE LAS BIENAVENTURANZAS. Encontramos en los evangelios dos formulaciones de las bienaventuranzas. Las de Mateo, más conocidas, son ocho. Aparecen como prólogo al sermón del monte (Mt 5,3-12). Las cuatro de Lucas van seguidas de otros tantos ayes o lamentos (Lc 6,20-26). Como telón de fondo están los pobres, los que sufren, los marginados «endemoniados, lunáticos, paralíticos» a los que él curó (Mt 4,24; Lc 6,18). Las bienaventuranzas, primordialmente dirigidas a los discípulos –se lee en el Directorio general para la catequesis–, se orientan a la transformación del mundo, anuncian la buena noticia del Reino y una dicha que pasa por hacer felices a los demás (DGC 103; VC 33).
a) Dios ama a los pobres. La buena noticia de que Dios nos quiere libres y felices recorre la Escritura. Esta se abre con el reconocimiento de que la persona, ser en relación, está llamada a lograrse viviendo en armonía consigo misma, con la naturaleza, con los otros y con Dios, la fuente de la vida (Gén 1,1-4). Las conocidas imágenes del caos, del jardín y del árbol de la vida expresan simbólicamente esa invitación a vivir en plenitud. Y la Biblia se cierra con la afirmación de la plena realización del anhelo humano en la existencia de «un cielo nuevo y una tierra nueva» (Ap 21,1), en que «Dios enjugará las lágrimas de los ojos y ya no habrá muerte, ni luto, ni llanto, ni pena» (Ap 21,4). Entre este comienzo y este final, transcurre una historia de dolor y gozo, frustraciones y esperanzas en la que se van narrando las dramáticas consecuencias de pobreza, muerte, hambre y guerra (Ap 6,8) generadas por la seducción de querer ser como Dios; la quiebra del sueño de Dios de una vida en comunión con él y con los demás, expresado en la Alianza; la manifestación de su amor-dolor ante la suerte de los pobres y la ceguera de quienes la provocan, transmitida por los profetas, con la imagen de la madre cuyas entrañas se estremecen ante la situación de su pueblo (Os 11,8) y con las llamadas a volver al amor primero (Ap 2,4; Os 2,16-17), porque él es un Dios fiel, siempre dispuesto a perdonar, a recrear a la persona en su integridad original. «Los amaré de todo corazón» (Os 14,5).
Esta historia manifiesta el corazón de Dios, que escucha los gritos del pueblo y actúa liberándolo por mediación de Moisés y los profetas. Y durante la dolorosa época del exilio en Babilonia, su ternura se hace perceptible en la mediación del Siervo, misteriosa figura, cuyo perfil actualizó Jesús y cuya experiencia del Dios de los pobres mantendrá viva la esperanza. A lo largo de esta historia Dios, que es fiel, llama de continuo a conversión e invita a cada uno a ser feliz, para que guste, en libertad, la vida recibida y la ponga al servicio de los demás. Siglos antes del nacimiento de Jesús, en la imagen de un banquete, Isaías soñaba con un mundo feliz: «El Señor todopoderoso brindará a todos los pueblos en esta montaña un festín de pingües manjares, un festín de vinos excelentes... El Señor Dios secará las lágrimas de todos los rostros» (Is 25,6-8). La felicidad que reclama la comunión con Dios y con los demás es una manifestación del reino de Dios: el que Jesús nos révelará al manifestarnos que Dios es el Abbá, el Padre/Madre de todos, el Dios de los más pequeños, desfavorecidos y pobres, que a todos quiere sentar a su mesa.
b) Jesús pobre y al servicio de los pobres. Leyendo las bienaventuranzas desde la existencia de Jesús, que realmente las vivió, podremos ir descubriendo su trasfondo, pues reflejan sus actitudes y comportamientos ante la vida. De la lectura de los evangelios se deduce inmediatamente que sus primeros destinatarios fueron los pobres, los que sufren, los no violentos, los que pasan hambre... Jesús de Nazaret, el que «se rebajó» (Flp 2,7), desde abajo y enviado por el Espíritu del Señor (Lc 4,18), mostró a todos cuál es la calidad del amor de Dios y cómo evitar los sufrimientos que impiden ser felices. La primera comunidad cristiana vio a Jesús como la actualización del Siervo anunciado por Isaías. Desde esa clave leyeron su vida los evangelistas (Mt 12,18-21; Lc 4,16-21). Más en concreto, Lucas pone en boca del mismo Jesús el texto de Is 61, después de haber eliminado la referencia a la violencia, para significar que este anuncio se cumplía en él 1. La vida de Jesús se ajustó al perfil del Siervo. Consagrado como él para anunciar el derecho a las naciones; solidario con los que sufren injusticias, mentiras, odios y violencias, no se apoyó en la fuerza ni en el poder, sino en Dios, y sufrió sin defensa alguna. Hasta le mataron; pero su muerte dio vida a una multitud.
Cabe preguntarse si anunció Jesús, directamente, todas las bienaventuranzas a los pobres de su tiempo. Muy probablemente pronunciara dos: dichosos «los pobres», a secas, y dichosos «los perseguidos» como antaño lo fueron los profetas2. La primera explicita su deseo de mostrar que Dios Abbá ama a todos, y de un modo preferencial a los pobres y pecadores, y les muestra su amor, al querer cambiar, con su colaboración, las situaciones que generan pobreza, violencia y marginación o se apoyan en una imagen falsa,de él. La segunda presenta las consecuencias de una determinada opción. Tras la muerte y resurrección de Jesús, la comunidad cristiana se aplicó a sí misma lo dicho por Jesús y llegó a expresarlo en una formulación cercana a la de Lucas, con objeto de animar a los discípulos, que sufrían las consecuencias de la pobreza y la persecución al seguir a Jesús.
2. LAS CATEQUESIS DE MATEO Y DE LUCAS. Las bienaventuranzas que Mateo y Lucas insertan en su evangelio son como dos catequesis, ofrecidas a sus respectivas comunidades, teniendo en cuenta la situación particular de cada una de ellas 3.
a) Coincidencias y divergencias. La comunidad de Mateo está formada por cristianos provenientes del judaísmo, cuya mentalidad sostenía que únicamente podían pertenecer al Reino quienes cumplieran fielmente las prescripciones de la ley. Jesús intentó cambiar esta mentalidad, al abrir el reinado a todos, judíos o no; así parece deducirse de la parábola del juicio final sobre el amor, el gran criterio para formar parte del Reino (Mt 25,31-46). Las bienaventuranzas de Mateo forman dos bloques de cuatro. Recogen una serie de actitudes y de acciones respectivamente. La pobreza de corazón abre el primero de ellos, señalando su importancia. No violencia, dolor, hambre y sed de justicia siguen como desglose de la misma.
El segundo bloque se centra en las obras. Pero entre la misericordia y el trabajo por la paz aparece la pureza de corazón, actitud de la que aquellas brotan desde dentro a fuera. Finalmente en la bienaventuranza de los «perseguidos por la justicia» queda formulada la consecuencia de la entrega amorosa a Dios 4.
Ya la misma forma de presentación de las bienaventuranzas es catequética, pues evoca la tan subrayada invitación en Mateo de no separar vida y fe: «No todo el que me dice ¡Señor, Señor! entrará en el reino de Dios, sino el que hace la voluntad de mi Padre celestial» (Mt 7,21).
Las tres primeras bienaventuranzas en Lucas, que sólo menciona cuatro, están referidas a situaciones reales: ser pobre, pasar hambre, llorar. La última, semejante a la de Mateo, alude a la persecución por causa de Jesús. Pero a continuación, el evangelista añade una serie de ayes o lamentos, contrapuestos a los anuncios de dicha que acaba de mencionar y en los que advierte a los ricos, a los que ríen y a los que están saciados, que su situación no proporciona la felicidad que buscan, mientras que a los que ahora son pobres, a los que pasan hambre y a los que lloran y son difamados se les anuncia dicha plenitud. Para entender el sentido de esta catequesis hay que tener en cuenta la situación de la comunidad a la que va destinada. Una comunidad formada por cristianos de origen griego que han abrazado la pobreza evangélica por seguir a Jesús y como él están sufriendo las consecuencias del servicio a los pobres, cuyas expresiones son la pobreza y sufrimiento real que está experimentando la comunidad. Es lo que subraya la cuarta de las bienaventuranzas: «Dichosos seréis si os odian los hombres, si os expulsan, os insultan y proscriben vuestro nombre como infame por causa del Hijo del hombre» (Lc 6,22), al describir una situación contraria a la de los ricos que aparecen en el segundo bloque.
A la comunidad de Lucas le acecha la tentación del dinero que, contrariamente al amor que se entrega y hace feliz, encierra en sí, bloquea y hace desgraciados a otros: «No podéis servir a Dios y al dinero» (Lc 16,13). A la tentación de tener, tan habitual en nuestra búsqueda de felicidad, Lucas ofrece la alternativa de ser, según el proyecto de persona soñada por Dios y que se realizó plenamente en el hombre nuevo, Jesús.
b) El núcleo común. Las dos versiones de las bienaventuranzas tienen aspectos comunes. En ambas, la primera se refiere a los pobres. Mateo precisa «pobres de espíritu». Son los anawin, expresión que se aplicó tras el destierro de Babilonia a quienes, sintiendo agudamente su pobreza existencial, se sabían amados por el Dios de los pobres y confiaban en él para existir y continuar viviendo. Y consecuentemente, el que es pobre de espíritu se hace pobre de hecho, seducido por ese Dios. Lucas se dirige a los discípulos pobres a secas, que pasan hambre, que lloran y son perseguidos por su fidelidad a Jesús. Lo pasan tan mal que están tentados de recuperar lo que dejaron al seguirle. Los dos evangelistas coinciden en la última bienaventuranza, la de la persecución. Mateo la desdobla, subrayando de este modo las consecuencias del servicio al Reino y la dicha del discípulo aun en medio de injurias y calumnias.
Los discípulos de Jesús son los primeros destinatarios de ambas catequesis 5. Es evidente en Lucas; está menos claro en el texto de Mateo. Y, además, en este evangelista, los anuncios de dicha se ofrecen a todos los hombres y mujeres de buena voluntad. Estos, incluso sin ser discípulos, pueden participar de una dicha que está vinculada a actitudes y comportamientos, cuya raíz son los mismos mandamientos. El sermón del monte, que explicita las bienaventuranzas, enseña a vivirlas en plenitud: «No penséis que he venido a derogar la ley y los profetas; no he venido a derogarla, sino a perfeccionarla» (Mt 5,17).
c) La fuente de la dicha. El motivo de la dicha se declara en la primera y la última bienaventuranza, «porque de ellos es el reino de Dios» (Mt 5,3.10). El amor de Dios es fuente de gozo, porque quien se sabe amado ama a su vez, y al amar y servir se realiza como persona. Las ciencias humanas dan gran importancia al amor para la adquisición de una seguridad básica personal. Dios nos ama con ternura: «¿Puede una mujer olvidarse del hijo de sus entrañas? Pues aunque ella lo olvidara, yo no me olvidaría de ti» (Is 49,51); nos quiere vivos, felices. Cuando caemos está junto a nosotros para levantarnos: «Como a una mujer abandonada y desolada te ha requerido el Señor» (Is 54,6). Jesús, encarnación de Dios que es amor, nos enseña a dejarnos amar por el Abbá, vocablo del lenguaje familiar —papaíto, mamaíta— cargado de significación. Dios es el principio amoroso de nuestra existencia. Jesús confió en el Dios de los pobres, hasta en su muerte violenta. Y el Padre lo resucitó, mostrando de ese modo que la vida es más fuerte que la muerte y nada puede impedir que, en su núcleo más hondo, la persona sea feliz.
Por eso, únicamente desde la experiencia de la resurrección, con la que el Padre culminó la vida de entrega de Jesús, es comprensible la felicidad de las bienaventuranzas. «El Padre me ama», dice Jesús (Jn 15,9); esa es la experiencia de los pobres de corazón, primera de las bienaventuranzas y clave para interpretar las restantes. Ser pobre de corazón significa estar reconciliado con su pobreza existencial y dejarse amar. Es la actitud del niño, que tanto cuesta al adulto. La invitación de Jesús es clara: «Os aseguro que si no cambiáis y os hacéis como niños, no entraréis en el reino de Dios» (Mt 18,3). Los que se saben indefensos se dejan amar por el Dios de los pobres. Saberse amado de este modo aumenta la autoestima, al mismo tiempo que lanza a compartir con los demás lo que gratuitamente ha recibido. Cuando uno lo hace, siente que está en armonía consigo, con el cosmos, con los otros y con Dios. Es una experiencia de plenitud, que coincide con el shalom bíblico o la paz.
El término bienaventuranza o macarismo, de makarios –dichoso en griego– deriva de una palabra hebrea, ashre, que significa felicidad, prosperidad, fortuna. Es la revelación o el descubrimiento de una dicha muy profunda, que el hombre bíblico refiere a Dios. En algunos pasajes del Antiguo Testamento (Sal 2,12; 34,9; 84,13; Is 30,18) se llama dichoso al que confía en Yavé. En el Nuevo Testamento, María dice de sí misma que la llamarán bienaventurada, dichosa (Lc 1,48). Santiago declara dichosos a los que padecieron penalidades en nombre del Señor (Sant 5,11). Finalmente podemos decir que, al proclamar los macarismos o bienaventuranzas, se está afirmando un futuro que lleva consigo la transformación del presente.
d) Don y compromiso a un tiempo. Las semillas de las bienaventuranzas ya están sembradas en nuestro corazón: son un don cuyo florecer depende de la respuesta de nuestro libre compromiso. La humanidad, tal como se manifestó en la vida de Jesús, lleva en sí semillas de bondad y de amor más fuertes que la muerte, el odio, la violencia o la mentira. Por eso, cualquier hombre o mujer puede ser feliz en la medida en que vaya educando y desarrollando esas semillas. Con frecuencia se habla de ley natural cuando nos referimos a los mandamientos. Las bienaventuranzas son como la flor de las tendencias amorosas inscritas en todo corazón humano. «El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por medio del Espíritu Santo que nos ha dado» (Rom 5,5). Germinan, florecen y dan ciento por uno, cuando cultivamos la pobreza de corazón, la no violencia, el llorar por sentirnos alejados del proyecto del Reino, el hambre y la sed de justicia, la pureza de corazón. Todas estas actitudes emanan de la pobreza de corazón, porque ellos, los pobres, los que se saben necesitados, están más predispuestos para dejarse amar por el Abbá, que quienes se sienten suficientes, constantemente acechados por la tentación de ser como dioses y de vivir sin él, apoyados en el dinero, la fama o el poder.
El sermón del monte, que en Mateo se abre con las bienaventuranzas, explicita las actitudes y comportamientos recogidos en estas, mostrando a los discípulos cómo se es «sal de la tierra y luz del mundo» (Mt 5,13-14). Las acciones no brotarán por voluntarismo, sino de las actitudes, como expresión de un amor que se ensancha y se entrega a los más necesitados de amor, a los más atropellados en su dignidad humana: «Dichosos los misericordiosos, dichosos los que trabajan por la paz». El compromiso por la misericordia y la paz con frecuencia encontrará oposición, e incluso la muerte; pero también en ese caso es posible experimentar el gozo muy hondo de las bienaventuranzas, porque se trata de la promesa del Señor cuya realización hace posible el Espíritu del Resucitado.
3. LAS BIENAVENTURANZAS EN LA HISTORIA DE LA IGLESIA. La comunidad cristiana, a lo largo de su historia, se ha referido constantemente a las bienaventuranzas como al núcleo de la vida cristiana. Son frecuentes las referencias de los Padres de la Iglesia a vivir la pobreza evangélica desde las actitudes de la justicia, la misericordia y la paz. También las orientaciones del magisterio actual de la Iglesia nos invitan a vivir las bienaventuranzas, porque «sin el espíritu de las bienaventuranzas no se puede transformar este mundo y ofrecerlo a Dios». Y nos recuerdan que las bienaventuranzas están en el centro de la predicación de Jesús y responden al deseo natural de felicidad del ser humano (CCE 1718-1719). A las enseñanzas dedos grandes Padres de la Iglesia, ha acompañado el testimonio de los santos y santas, canonizados o no, que en la Iglesia se han significado por vivir el evangelio y han ido realizando en sus vidas las actitudes y comportamientos de las bienaventuranzas: Francisco de Asís, Vicente de Paúl, Oscar Romero, Teresa de Calcuta, o la recientemente nombrada doctora de la Iglesia, Teresa del Niño Jesús, que en la «noche oscura del sentido», confió plenamente en Dios, en unión con los que sienten la tentación de renegarle y actualizó la bienaventuranza de los que sufren, porque no alcanzan a vivir el evangelio como lo desean. Podrían multiplicarse los testimonios de los que actualizan las bienaventuranzas trabajando por la transformación del mundo, solidarizados con los que sufren en su cuerpo o en su espíritu.

II. Las bienaventuranzas, camino hacia la plenitud humana
1. ESTÁN SEMBRADAS EN LO HUMANO, AUNQUE AMENAZADAS. El objetivo de todos los esfuerzos humanos es conseguir ser felices, aun en las situaciones más difíciles y complejas en que la persona humana pueda verse. Los psicólogos afirman que una sana autoestima, el amor, el trabajo y tener un sentido en la vida son elementos que favorecen el logro de la persona en relación6. Las bienaventuranzas dan respuesta a esas dimensiones, al invitar a dejarse amar por el Dios de los pobres, el mejor medio para la autoestima, y al ofrecer la oportunidad de sacar lo mejor de sí mismos para ponerlo al servicio de los demás, mediante el esfuerzo que transforma y recrea personas y cosas.
Tendemos siempre hacia un futuro mejor. Bienaventuranza, en castellano viene de ventura y es palabra esperanzadora, ya que une la referencia al futuro con una actitud o acción actual positiva 7. La vocación humana alcanza su plenitud en el amor que da y se entrega. Los momentos más felices en cada existencia humana están asociados a un hacer algo bueno por los demás. «La mujer cuando está de parto se siente angustiada, porque ha llegado su hora; pero cuando ya ha dado a luz al niño, no se acuerda más de la angustia por la alegría de que ha nacido un hombre en el mundo» (Jn 16,21). Quienes dicen, creyentes o no, que quieren vivir a tope la vida, la arriesgan por los demás. Vive en plenitud quien la entrega: la clave de la felicidad está en ser en sí mismo a pesar de todo.
Las bienaventuranzas están sembradas en el corazón humano en forma de bondad, de amor hasta el perdón, de misericordia y de trabajo por la justicia. Estos y otros valores están brotando de continuo en la humanidad y hacen que esta perdure a pesar de tanta guerra y violencia. Pero requieren ser cultivados porque están amenazados y hay que contrarrestar las actitudes de la violencia 8, que germinan en el caldo de cultivo de nuestra cultura. El evangelio, en frase de Pablo VI, es la plenitud de lo humano, y las bienaventuranzas, corazón del evangelio, ofrecen la posibilidad de vivir como Jesús al actualizar, por su Espíritu, sus actitudes y comportamientos en un mundo que busca ser feliz (cf CT 9; GS 22). Las bienaventuranzas vienen, sobre todo, en nuestra ayuda, porque invitan a desarrollar lo mejor que hay en cada persona y ofertan alternativas a las trampas que nos tiende el mal y que nos impiden ser felices.
2. CADA BIENAVENTURANZA LIBERA EN NOSOTROS LA VIDA9. a) Dichosos los pobres de espíritu. La primera bienaventuranza alerta sobre la mentira de los ídolos que, como el dinero, el prestigio y la autosuficiencia, intentan acaparar el corazón. Ofrece, como alternativa, la invitación a dejarse amar por Dios, poniendo en él la confianza. El sabe que somos de barro y cada creyente sabe que su amor le da fuerzas para aceptar sus desajustes personales, que le hacen sufrir, para salir al encuentro de la naturaleza herida, de las personas empobrecidas y para luchar contra la injusta riqueza con el fin de erradicar la pobreza.
b) Dichosos los que sufren. Quien deja entrar en su corazón este anuncio escucha una invitación a confiar en Jesús pobre y humillado, que lloró como un hombre cualquiera (cf Lc 19,41; Jn 11,35). Se verá libre del miedo al dolor y a la muerte porque el espíritu del Señor le dará la fuerza necesaria para aceptarse como es, para llorar ante su propia fragilidad y la de los demás, y solidarizarse con los hombres y mujeres que sufren, con la esperanza puesta en el Dios de la vida que resucitó a Jesús.
c) Dichosos los no violentos. Esta bienaventuranza desenmascara la dinámica destructiva de la violencia que un mal uso de la agresividad genera en el ser humano. Invita a canalizar esa energía para crear y construir, como Jesús, desde una actitud de no violencia, tan subrayada en el sermón del monte (cf Mt 5,38-42).
d) Dichosos los que tienen hambre y sed de justicia. La cuarta bienaventuranza estimula a superar una concepción de la justicia únicamente referida a proteger el yo de las amenazas ajenas, y alienta a que los derechos de los demás pasen antes que los propios. Así obraba Jesús, que tenía hambre y sed de ver cumplida la voluntad del Padre, el reino, la fraternidad10 (cf Jn 4,34).
e) Dichosos los misericordiosos. Al ser humano le acecha el peligro de endurecer su corazón para protegerse del dolor que le produce la vista de la miseria ajena. Esta bienaventuranza alienta a cultivar el sentimiento humano de la compasión y de la solidaridad y a comprometerse con los necesitados, como el samaritano de la parábola. También nos advierte del peligro que corre de justificar una conducta egoísta con racionalizaciones que intentan ampararse en leyes, reglamentos o normas.
f) Dichosos los puros de corazón. Ante una tentación, tan habitual en nuestra existencia, como la de la hipocresía, la mentira, o la ceguera 11, la bienaventuranza de los que tienen el corazón limpio anima a ser sinceros y a intentar vivir en la verdad que nos hace libres (Jn 8,32). La verdad sobre uno mismo y sobre los demás es fuente de liberación y dicha. Jesús guía a la plenitud de esa verdad cuando abre los ojos para confesar a Dios como amor, fuente de toda existencia, en quien podemos confiar plenamente. Francisco de Asís veía el cumplimiento de está bienaventuranza, que nos conduce a la adoración, en que Dios sea Dios.
g) Dichosos los que trabajan por la paz. Semejante proclamación descubre la trampa, tan arraigada en nuestra cultura, de creer en el principio diferenciador de los otros, distintos e inferiores: hay negros y blancos, pobres y ricos, payos y gitanos, hombres y mujeres, españoles y marroquíes... La ideologización de este principio está en la base de muchos odios y guerras12.
El verdadero trabajo por la paz pasa por el diálogo, en el que las dos partes aportan algo. El sermón del monte sugiere formas concretas de no-violencia: somos hermanos, hijos de un mismo Padre «que hace salir el sol sobre buenos y malos y hace llover sobre justos e injustos» (Mt 5,45-46). Sobre esta base se apoya también el amor a los enemigos. La formulación de esta bienaventuranza es ya un recuerdo de que la paz se logra con trabajo y con esfuerzo, que supone en sí mismo una fuente de dicha.
h) Dichosos los perseguidos por causa de la justicia. La última de las bienaventuranzas de Mateo, libera de la trampa de creer que la vida se logra guardándola, en lugar de entregándola. Pone de manifiesto la tentación de tener reservas personales en dinero, fama, prestigio, etc. El testimonio de Jesús, que se entregó hasta dar la vida, es el gran motivo para entregarse sin miedo. El mensaje pascual es el fundamento de la esperanza activa que hoy moviliza a hombres y mujeres hacia el encuentro con el Resucitado en los crucificados de la historia, e invita a descubrir en ellos una vida amenazada que pide ser liberada, y reclama una entrega que hace feliz.

III. Bienaventuranzas y decálogo
¿Qué relación existe entre las bienaventuranzas y los mandamientos? El documento Libertad cristiana y liberación, en el número 62, afirma que «Jesús, el nuevo Moisés, comenta en ellas [las bienaventuranzas] el decálogo, dándole su sentido pleno y definitivo». Por su parte el Directorio abunda en ello cuando manifiesta que «el amor a Dios y al prójimo, que resumen el decálogo, si son vividos con el espíritu de las bienaventuranzas evangélicas, constituyen la carta magna de la vida cristiana que Jesús proclamó en el sermón del monte» (DGC 115).
La misma expresión de carta magna la encontramos en Pablo VI (EN 8). Ya san Agustín presentaba el sermón del monte como la «carta perfecta de la vida cristiana» (De sermone Domini in monte 1.1). «El sermón del monte, en el que Jesús, asumiendo el decálogo, le imprime el espíritu de las bienaventuranzas, es una referencia indispensable en la formación moral, hoy tan necesaria» (DGC 85).
Así pues, el cristiano habrá de tener en cuenta las consecuencias sociales de las exigencias evangélicas (cf CT 29).
Parece obvio que el mensaje que la Iglesia comunica tiene que ser significativo de la persona humana. Por tanto, la catequesis moral, cuando presente en qué consiste la vida digna del evangelio y promueva las bienaventuranzas como espíritu que impregna el decálogo, intentará enraizarlas en las virtudes humanas presentes en el corazón del hombre (cf DGC 117). No es de extrañar entonces que el Catecismo de la Iglesia católica se refiera a la catequesis de la vida nueva en Cristo señalando que esta, entre otras características «sea una catequesis de las bienaventuranzas, porque el camino de Cristo resumido en ellas es el único camino hacia la dicha eterna a la que aspira el corazón del hombre»; sea «una catequesis de las virtudes humanas que haga captar la belleza y el atractivo de las rectas disposiciones para el bien», y sea una «catequesis del desdoblamiento de la caridad desarrollada en el decálogo» (CCE 169), ya que, efectivamente, los diez mandamientos enuncian las exigencias del amor a Dios y al prójimo.
El mismo Directorio no deja de notar cómo la tradición patrística y de los catecismos enriquece la catequesis actual de la Iglesia. Y recuerda que el decálogo –una de las siete piezas maestras que la configuran, articuladas de diferentes maneras– está en la base tanto del proceso de iniciación como del proceso permanente de maduración cristiana (cf DGC 130). Los mandamientos son como señales en el camino del cristiano, que le reenvían de continuo al Yo soy de Dios. El nos hace firmes a la hora de seguir esas orientaciones, auténticamente humanas, que nos permiten amar y ser felices. Adquieren todo su sentido cuando tratamos de vivir cada uno de ellos con el espíritu de las bienaventuranzas y no cuando nos limitamos a cumplirlos de forma legalista. Situarnos en este punto de vista es reconocer de lleno el mundo de la fe y de la gracia de Dios. A este mundo estamos llamados en el seguimiento de Jesucristo.

IV. Educar las semillas de las bienaventuranzas
Para que una semilla florezca hay que cultivarla (cf Mt 13,4ss). Educar es sacar lo mejor de uno mismo. Las ciencias humanas afirman la necesidad de cultivar, antes de la adolescencia, las semillas de la bondad, la compasión, la misericordia...13. La catequesis es una de las acciones privilegiadas para cultivarlas, progresivamente, en las diferentes edades mediante el proceso de identificación con Jesús (DGC 72).
La vivencia de las bienaventuranzas supone la madurez humana necesaria para ser conscientes de que la muerte, el dolor y el sufrimiento no son la última palabra y de que la vida se gana entregándola. Ese es el eje de la dicha que anuncian. El espacio catequético más adecuado para educar en esta madurez es el llamado catecumenado o catequesis de adultos de inspiración catecumenal (cf DGC 64). No obstante, y hasta que llegue ese momento, no sólo es posible, sino necesario, ir educando esos valores a partir de la primera infancia, conjugando integridad del mensaje con adaptación del mismo (DGC 112).
a) Catequesis de infancia. A juicio de los psicólogos, a partir de las primeras edades y antes de los 14 años, es conveniente educar las actitudes en la línea que señala Mateo en la formulación de las bienaventuranzas: pobreza de corazón o aceptación de sí mismo, tan asociada al sentirse querido por el Dios Padre/Madre, o las personas que lo simbolizan, tal vez los propios catequistas. Experimentar la dicha de saberse amado como uno es, anima a ser compasivo; sentirse invitado a realizar gestos de bondad hacia los otros, ayuda a saborear el gozo que estos gestos producen en uno mismo y en los demás. En estas primeras edades, la referencia a Jesús como modelo está muy mediada por el testimonio de los educadores.
b) Infancia adulta. En la etapa que se inicia a partir de los 9-10 años predominan la norma y la acción; la lógica supera a la afectividad. Es un momento favorable para presentar a Jesús en su contexto histórico, realizando signos en favor de los demás, y para aproximarles a las bienaventuranzas como orientaciones que brotan del amor. Por la curiosidad intelectual propia de los niños y niñas de estas edades, es también un tiempo propicio para iniciarles en el conocimiento de la configuración de los evangelios y de las mismas bienaventuranzas.
c) Preadolescencia-adolescencia. En esta etapa de claro predominio afectivo, es frecuente que los chicos y chicas se sientan solos, desconectados. De ahí que la tarea más importante del catequista sea la de acompañarles en la aceptación de la propia realidad personal, que tanto les desconcierta por sus cambios notables y sus nuevas reacciones. Es buen momento para verificar si la imagen de Dios que se está perfilando en ellos es la idealización del propio yo o la imagen del Dios de Jesús, cuyas entrañas de Padre/Madre se describen en los relatos de Oseas (cf Os 11): el Dios que nos quiere porque él es bueno, el Dios que perdona y no culpabiliza.
Hay que tener en cuenta que en esta etapa pueden aflorar sentimientos de culpa ante los impulsos nuevos incontrolados. Por eso puede facilitar el crecimiento desde dentro, la identificación con personajes bíblicos que se dejan encontrar por Jesús tal como son y se sienten amados y reconocidos por él, como la samaritana, el paralítico, Zaqueo y otros. El catequista es el testigo más inmediato para ayudar a crecer sin paternalismos, estimulando lo mejor de uno mismo, desde las claves de las bienaventuranzas.
d) Jóvenes. En buena parte de la juventud de hoy se aplaza mucho la independencia de la protección familiar, debido principalmente a la prolongación de los estudios y a la dificultad para encontrar trabajo; por ello interesa que los chicos y chicas vayan descubriendo el modo de ir situándose en la vida. Las bienaventuranzas son para ellos modelos de conducta ética y estímulo para una acción solidaria. Pero hay que ir más allá, para que perciban los sentimientos de Jesús, con los que puedan identificarse. Los jóvenes atraviesan una etapa muy adecuada para tomar conciencia de lo que viven, de lo que les hace desgraciados o felices y para decidirse a tomar la vida en sus propias manos.
e) Adultos. A partir de la experiencia de una vida haciendo frente al dolor y a la injusticia, a la frustración y al fracaso, etc., la edad adulta es propicia para experiementar el don de las bienaventuranzas, desde la experiencia de la pobreza y las limitaciones propias. Esto puede conducir a confiar en el Dios de los pobres, primera de las bienaventuranzas. Pero antes habrá que verificar si la imagen de Dios que tiene la persona adulta es infantil y culpabilizante y necesita ser purificada para acercarse a la imagen de Dios que revela Jesús. En tales casos, se precisa el catecumenado de adultos, que les ayude a conocer, a través de la Escritura, que «tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único» (Jn 3,16), y que, al mismo tiempo, vaya creando el deseo y la necesidad de celebrarlo en la liturgia, profundizarlo en la oración y expresarlo en el compromiso.
f) Tercera edad. Con frecuencia se olvida esta etapa, y es importante tenerla en cuenta. La persona mayor lleva mucha carga de experiencia dolorosa en su existencia, y la perspectiva de una muerte cercana la lleva a preguntarse por el logro o pérdida definitiva de su vida. Puede ser, por lo tanto, un tiempo adecuado para reconocer toda la carga de bondad que ha ido acumulando en su vida, para ir perdiendo miedo a la soledad y a la muerte, por la esperanza en un futuro que será pleno, como el anunciado en las bienaventuranzas (DGC 188).
g) Los educadores, a lo largo del proceso catequético, siguiendo a Jesús, aprenderán de él a ver en el corazón de toda persona la bondad y el deseo hondo de lograr la vida entregándola; aprenderán a estar alerta ante el mal que tienen cerca y en cuyas trampas pueden caer sin darse cuenta. Las bienaventuranzas ayudan a detectar estos males, a desenmascararlos y hacerles frente con sus contrarios. Parece necesario que el catequista tenga asumidas, en cierta medida, las bienaventuranzas o tienda a ello con pasión.

V. Pistas pedagógicas y metodológicas
1. PRINCIPIOS CATEQUÉTICOS ENTRAÑADOS EN LAS BIENAVENTURANZAS. a) Identificación con el modelo Jesús. Función de los testigos. Las bienaventuranzas nos ofrecen un modelo de persona que encuentra la dicha en la entrega a los demás y no en la mera satisfacción de las necesidades creadas por los sentidos: «El que quiera salvar su vida la perderá, pero el que pierda su vida por mí y por el evangelio la salvará» (Mc 8,35). Es un modelo opuesto al hedonista e individualista que nos ofrece la sociedad. La misma antropología afirma que el camino de la felicidad pasa por la entrega de la propia vida a los demás. La persona como ser en relación alcanza su plenitud en la medida de su propia donación. Hasta llegar a ello, va madurando en un proceso de identificación con los padres, con los educadores y otras personas clave. Las bienaventuranzas nos invitan a contemplar las actitudes y comportamientos del modelo Jesús, como la perla preciosa por la que se vende todo (cf Mt 13,45-46).
Actualmente se está acentuando la importancia de la sensibilidad en el crecimiento personal14; esto apoya la necesidad de que el educador tenga presente la enseñanza de Pablo a los cristianos de Filipos: «Procurad tener los mismos sentimientos que tuvo Cristo Jesús» (Flp 2,5). Esto quiere decir que hay que conocer a Jesús no sólo teóricamente, sino sobre todo de modo experiencial, a base de contemplarle con los sentidos y a través de los datos que nos hablan de él en la Escritura, y en la vida de sus testigos. Este conocimiento supone mirar, escuchar, tocar, oler, gustar, para que la sensibilidad de Jesús vaya configurando la nuestra y, espontáneamente, nuestros actos reproduzcan los suyos. De todo ello se deriva la importancia de que los catequistas sean personas seducidas por Jesús y deseosas de seguirle.
b) Encarnación en la vida. Las formulaciones de las bienaventuranzas explicitan las vivencias de Jesús, que se manifiestan en los evangelios. Jesús vivió y después escribieron sobre él. Los escritos recuerdan su existencia entregada. Esta perspectiva subraya la necesidad de tener muy en cuenta la vida de los catecúmenos. Esta es la que importa transformar, en ella están sembradas, y también amenazadas, la bondad, la humildad, la compasión, la misericordia, la justicia, la libertad... La acción catequética no puede, por tanto, eludir estas dimensiones de la vida en las que se juega la felicidad de la persona (cf DGC 145). Lo importante en la acción catequética es favorecer la vivencia de las bienaventuranzas, ayudando a descubrir la dicha que encierran y que se manifiesta en la obra hecha con esfuerzo personal. Cada una de ellas nos estimula a sacar de nosotros lo mejor que tenemos y a compartirlo con los demás. En eso reside la fuente de la dicha que anuncian (DGC 116-117).
c) Talante comunitario. Las bienaventuranzas están formuladas en plural, se orientan a la comunidad de los discípulos, a los que se invita a ser felices haciendo felices al grupo de lisiados, cojos y ciegos que aparecen en los versículos precedentes. Esta perspectiva señala el modo de ir educando la dimensión comunitaria en la catequesis: sentirse seducidos por Jesús, el Hombre, y ejercitarse en el amor a los hermanos. De este modo se evita el peligro de confundir comunidad con nido cálido (DGC 103).
2. ALGUNAS SUGERENCIAS METODOLÓGICAS CONCRETAS. Hay tres aspectos que conviene acentuar en relación con la catequesis de las bienaventuranzas:
a) Caer en la cuenta de la búsqueda personal de felicidad y de los medios concretos para su realización. También habrá que preguntarse por los medios que el ambiente ofrece y las consecuencias que producen. Conviene aludir a la seducción de los medios de comunicación de masas, con sus reclamos publicitarios que, a modo de trampas engañosas, alimentan los deseos de tener, de poder y de autosuficiencia, encerrando a la persona en sí misma e impidiéndole ser. Esta experiencia no se limita a lo personal, es universal; basta echar una mirada a la cultura actual, para percibir los engaños y frustraciones sociales.
Como contraste, habrá que ayudar a percibir los signos de la paz y el gozo personales y los momentos en que se vivieron. Signos que ponen de manifiesto la sed de ser felices y van acompañados de amor que se recibe y que se da. Los medios pueden ser variadísimos, siempre orientados a despertar y dinamizar el deseo profundo de la persona. Es importante invitar, sobre todo a los adultos, a la aceptación de las propias posibilidades y limitaciones, base sobre la que se puede ofertar un proyecto que anime a caminar.
Relacionado con la búsqueda, es importante presentar las bienaventuranzas como proyecto que dinamiza a muchas personas, hoy como ayer. Hay datos que confirman su veracidad. La oferta responde a las aspiraciones humanas y permite gozar de una felicidad en medio de situaciones aparentemente contrarias. Su formulación denota su realismo, invita hacia un futuro mejor. La formulación de Mateo las abre al universalismo, sin limitación de credos religiosos o de otras situaciones.
b) Verificar si las imágenes que cada persona tiene de Dios coinciden con las de Jesús, según hemos aludido anteriormente. Con frecuencia se constata que una buena teoría no basta para que las entrañas queden afectadas por el Dios de la misericordia, el Dios-con-nosotros que es Jesús. A este respecto, y con la ayuda de una técnica proyectiva como, por ejemplo, la de intentar que una persona haga de Dios para tratar de responder a los gritos de dolor de tantas personas que sufren, es posible descubrir la gran distancia que existe entre lo que conocemos de Dios y la experiencia personal que tenemos de él.
Experimentarlo ahonda la conciencia de la propia pobreza y abre al deseo de descubrir quién es Dios para los que sufren y cómo responde él al dolor humano. La pregunta deja abierta la puerta a la presentación de la vida de Jesús, el Siervo, releída desde las bienaventuranzas. Cuando hay deseo de conocer, es posible hacerlo dejándose sorprender, actitud de los pequeños que Jesús alaba, base para sentir el gozo de las bienaventuranzas y una de las expresiones de la pobreza de corazón.
Favorecer un clima que propicie tales actitudes en la catequesis, requiere que el catequista crea en la buena noticia de las bienaventuranzas y que estas ya están sembradas. Si es así podrá comunicarlas por irradiación y ayudará a cada persona para que, al sacar y compartir lo mejor de sí misma, se vaya logrando un mundo más feliz.
NOTAS: 1 J. DUPONT, El mensaje de las bienaventuranzas, Verbo Divino, Estella 1978. — 2 SECRETARIADO NACIONAL DE CATEQUESIS, Evangelio y catequesis de las bienaventuranzas, Edice, Madrid 1981, 26. — 3 Ib, 34. — 4 El sentido de justicia en Mateo incluye la justicia social, pero la desborda. Se refiere a la conducta que se ajusta al proyecto de Dios sobre la persona en el mundo. — 5 G. LOHFINK, El sermón de la montaña, ¿para quién?, Herder, Barcelona 1989, 15-39. — 6 E. ROJAS, ¿Qué es la felicidad?, Planeta, Barcelona, 55-57. — 7 J. MARÍAS, Las bienaventuranzas hoy, Planeta, Barcelona 1995, 9-15. — 8 L. RoJAs MARCOS, Semillas de violencia, Espasa, Madrid 1997, 203-221. — 9 En adelante seguimos la versión de Mateo por ser la más explícita y conocida. — 10 Ver lo dicho en nota 4 sobre la concepción de la justicia en Mateo y también SECRETARIADO NACIONAL DE CATEQUESIS, o.c., 132-157. — 11 J. SARAMAGO, Ensayo sobre la ceguera, Alfaguara 19978. — 12 L. ROJAS MARCOS, O.C., 188-205. — 13 Ib, 208-221. — 14 D. GOLEMAN, La inteligencia emocional, Kairos, Barcelona 199719.
BIBL.: Además de la consignada en notas, CHÉRCOLES A., Las bienaventuranzas, «Jesús Cáritas», El Palmar 1994; LAMBERT B., Las bienaventuranzas y la cultura de hoy, Sígueme, Salamanca 1987; Six J. F., Las bienaventuranzas, San Pablo, Madrid 19892.
Teresa Ruiz Ceberio
y Antonio Bringas Trueba

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