jueves, 17 de septiembre de 2015

Rey David.

DicTB


SUMARIO: I. Las fuentes: 1. La historia deuteronomista; 2. La historia de la sucesión; 3. Las Crónicas. II. Notas biográficas: 1. Nombre; 2. En la corte de Saúl; 3. El aventurero; 4. Rey de Judá y de Israel; 5. Conquistas militares; 6. Gobierno; 7. Reveses familiares; 8. El hombre. III. La alianza davídica. 1. Texto; 2. Contexto de alianza; 3. Profundización.


Hijo de Jesé, de la tribu de Judá, David es el fundador del más vasto imperio israelita y de la dinastía que durante cuatro siglos reinó en Jerusalén. A su persona está vinculada la promesa de un reino mesiánico.
I. LAS FUENTES. 1. LA HISTORIA DEUTERONOMISTA. Los informes sobre el rey David son abundantes y diversificados. A este rey se le dedican 42 capítulos de la historia deuteronomista de los libros de lSamuel y de los /Reyes (lSam 16-lRe 2). Hay que señalar que el texto egipcio de los LXX presenta a veces lecturas mejores que las del texto masorético. La historia de la ascensión de David al trono (1Sam 16-2Sam 5,8) contiene relatos originales bien marcados, surgidos de la corte o de la tradición popular. Después de la división del reino se introdujeron en este material algunos complementos, que reflejan la influencia de los círculos proféticos, como, por ejemplo, la unción de David (1 Sam 16,1-13), que subraya el repudio del rey Saúl. Poco antes del destierro a Babilonia o durante el mismo destierro los libros de Samuel fueron sometidos a una revisión deuteronomista e insertados en el gran conjunto histórico literario que abarca los libros desde el Dt hasta los Reyes. Se añadieron algunas indicaciones cronológicas (2Sam 2,10s; 5,4s) y algunos compendios históricos (2Sam 7,18-29). Probablemente se elaboró también entonces la profecía de Natán (2Sam 7,1-24). Dada la compleja formación de los libros de Sam y Re, no hay que extrañarse de encontrar en ellos numerosas repeticiones, interrupciones, relatos que se entrecruzan. Se asiste a una idealización de la figura de David, sobre todo en la narración de sus comienzos; se ponen de relieve sus éxitos, sus virtudes, como la modestia, el afecto, la magnanimidad.
Se leen dos narraciones sobre la entrada de David en la corte de Saúl: una vez se introduce en ella como músico para aplacar el espíritu atormentado del rey (1 Sam 16,4-23; 17,1-11), mientras que otra entra en ella como joven pastor que ha derrotado a Goliat (lSam 17,12-31.40-58; 18,1-5). Es doble el atentado proyectado contra la vida de David (ISam 18,10s; 19,9s), así como el relato de su éxito y de su popularidad (ISam 18,12-16; 25-30). Se lee dos veces la promesa de dar como esposa a David una hija de Saúl (lSam 19,1-7; 20,1-10.18-39). Se narra en dos ocasiones la huida de David (ISam 19,10-17; 20,1-21,1) y la traición por parte de sus protegidos (ISam 23,1-13.19-28). David respeta dos veces la vida de Saúl (ISam 24; 26).
El redactor deuteronomista filodavídico recogió todo este material con la intención de probar que David era el sucesor legítimo de Saúl, ya que había sido elegido por Dios (lSam 16,1-13), y además porque tenía derecho a la sucesión real en virtud del matrimonio contraído con la hija del primer rey, y teniendo también en cuenta sus proezas y la voluntad del pueblo.
2. LA HISTORIA DE LA SUCESIÓN. La historia de la sucesión al trono (2Sam 7; 9-20, y 1Re 1-2) presenta una admirable unidad y perfección literaria. Es el monumento histórico más notable de la prosa narrativa de Israel. La descripción es vivaz, objetiva, parca en elementos maravillosos; pero no por ello menos profundamente religiosa. El autor es probablemente un escriba de la corte de Salomón, encargado de redactar aquella historia con la finalidad de mostrar que el hijo más joven de David, Salomón, era su legítimo sucesor. El autor tuvo a su disposición fuentes de primera mano. No se advierten preocupaciones cronológicas ni se citan las fuentes de información. Se describe a David de forma realista, en un contexto que pone de relieve sus dotes excepcionales tanto como sus errores y sus desgracias.
3. LAS CRÓNICAS. En el primer libro de las t Crónicas (11-29) se dedican 18 capítulos —una cuarta parte de toda la obra del cronista— al rey David. El objetivo de este libro tardío es más teológico que histórico. El autor hace un uso particular de los libros de Sam-Re, idealizando la figura del rey y omitiendo todo lo que pudiera deslucir su gloria. Las noticias propicias del cronista que se refieren a David deben utilizarse con cautela. Los títulos de los salmos atribuidos al rey son tardíos y los breves comentarios históricos que preceden a 11 salmos en el texto masorético no son más que citas de pasajes que aparecen en los libros de Samuel y Reyes. Por eso mismo, los títulos de los salmos no representan una fuente fidedigna de noticias relativas al rey David.
II. NOTAS BIOGRÁFICAS. 1. NOMBRE. El sustantivo dawid parece derivarse de la raíz ydd y del nombre dód, que tiene el significado de "amado", "predilecto". Parece tratarse del nombre que asumió David al hacerse rey. Antes de entonces llevaba probablemente el nombre de Eljanán (derivado de Baaljanán), a quien un texto de 2Sam atribuye la muerte del gigante Goliat (2Sam 21,19; 23,24). El nombre da-u-dum, que se ha encontrado en los textos de Ebla, parece confirmar la interpretación dada del nombre de David.
2. EN LA CORTE DE SAÚL. David nació en la segunda mitad del siglo xi a.C. en Belén, capital de la tribu de Judá. Su padre, Jesé, estaba emparentado con el clan de Efratá, que dominaba en Belén. Aunque la tribu de Judá no se encontraba bajo la autoridad del rey Saúl, David, "de buen aspecto y de buena presencia" (ISam 16,12), entró al servicio del rey. Cuando Saúl se propuso crear un ejército de profesión, David se convirtió en portador de las armas del rey (lSam 16,21) y más tarde en comandante de la tropas. Los éxitos militares lo hicieron famoso y pudo entrar en estrechas relaciones con la familia de Saúl (Jonatán, Mical). Este hecho le auguraba un magnífico futuro político. Se había conquistado además el afecto de Saúl; pero muy pronto llegó la ruptura. El rey sospechaba que David pudiera sustituir a Jonatán en la sucesión y que incluso, después de quitarle la simpatía del pueblo, pudiera destronarlo antes de morir. Si David no sucumbió a la envidia y al odio de Saúl, se lo debió a los muchos amigos que tenía en la corte y que posibilitaron su huida.
3. EL AVENTURERO. Reprobado por el rey, David se rodeó de un grupo de mercenarios ligados con él por vínculos de fidelidad. Convertido en un guerrillero independiente, encontró empleo en las colinas de Judea sometidas a los filisteos. Luego se trasladó más al sur, a la región del Negueb, donde defendió el territorio de las incursiones de los amalecitas y de otros nómadas, que estaban fuera de toda dependencia estatal. Como recompensa por la protección recibía un tributo, probablemente en géneros alimenticios. En esta circunstancia estableció buenas relaciones con las tribus del sur, que más tarde habrían de serle de gran utilidad. Se casó con Abigaíl, natural de Maón (ISam 25,42), y con Ajinoán, de Yezrael (lSam 25,42), y ofreció su ayuda militar a los habitantes de Queilá (1Sam 23,1-5), sitiados por los filisteos.
Para librarse de las maniobras de Saúl, que intentaba de todas formas detenerlo y matarlo, David prestó sus servicios al jefe filisteo Aquís, de Gat, que le dio en alquiler la ciudad de Sicelag (ISam 27,5ss). Como vasallo de los filisteos, tuvo la misión de defender la parte sur del país filisteo contra las incursiones de los nómadas. Pero fue capaz, respaldado por su señor, de conservar buenas relaciones con las tribus meridionales de Judea (lSam 27,8-12; 30,26-31).
4. REY DE JUDÁ Y DE ISRAEL. Después de la trágica muerte de Saúl (1Sam 29,31), David se dirigió con sus tropas a Hebrón, donde fue proclamado rey de Judá no sólo por parte de los que pertenecían a la tribu de este nombre, sino también por los grupos no israelitas que habitaban en el sur, con los que había mantenido relaciones amistosas. El motivo inmediato que favoreció la constitución del reino de Judá fue la aspiración de las tribus meridionales a crearse un sistema político y militar más seguro que el que había representado el Estado de Saúl. El presupuesto moral era la antigua situación particular que ligaba entre sí a las tribus meridionales, pero el factor decisivo fue sin duda la personalidad misma de David.
En Israel, Abner, comandante de las tropas de Saúl, había proclamado rey a Isbaal, hijo del difunto rey (2Sam 2,8s); sin embargo, la sucesión dinástica de Saúl no resultaba muy simpática a las tribus. David esperó con paciencia la evolución de los acontecimientos. Abner rompió con Isbaal y se pasó al lado de David. Mientras se dirigía a Hebrón para consultar con el rey, Abner fue matado por venganza de Joab, comandante del ejército de David. Podemos preguntarnos si no estaría implicado David en aquel homicidio. Isbaal fue asesinado después de dos años de reinado por dos comandantes de su ejército, que querían congraciarse con David (2Sam 2,10). David ordenó ejecutarlos, quizá también porque estaban al corriente de ciertas maquinaciones del rey de Judá. Tras la muerte de Abner y de Isbaal, los representantes de las tribus del norte decidieron reconocer como rey a David (2Sam 5,1 ss). Judá e Israel siguieron siendo dos entidades distintas, pero unidas en la persona del rey David. El estaba en medio y por encima de los dos reinos.
5. CONQUISTAS MILITARES. David atacó en primer lugar a los filisteos (2Sam 5,17). No se sabe qué batallas libró contra ellos; de todas formas, después de David los filisteos no tuvieron ya ningún papel político y su territorio quedó sometido a Israel. Además, el rey se apoderó de las ciudades-estado cananeas, convirtiéndose en soberano de un Estado territorial palestino. Con gran habilidad política escogió como residencia la ciudad-estado jebusea de Jerusalén, punto de conjunción entre el norte y el sur del país. La ocupó mediante una estratagema y la convirtió en propiedad personal suya, cambiando además su nombre (Ciudad de David). Hizo trasladar a Jerusalén el arca de la alianza, pasando a ser así la Ciudad de David el centro religioso del reino unido (2Sam 5,6; lCrón 11,4). Peleó también contra los pueblos de Trasjordania, sometiéndolos a su poder (2Sam 8,10ss; lRe 11,15-25). El territorio de los edomitas pasó a ser posesión personal del rey y fue gobernado por un gobernador militar. Moab se vio reducido a Estado-vasallo después de que murieron las dos terceras partes de sus guerreros y fueron heridos sus caballos. Derrotó a los ammonitas, de los que se nombró rey a título personal. David dirigió además campañas contra los Estados arameos del norte: Bet-Recob, Tob, Guesur, Maaca. El reino de Damasco, tras la victoria sobre el rey Adad-Ezer, quedó incorporado al reino de Israel, mientras que los demás reinos pasaron a ser vasallos. Estableció relaciones diplomáticas con las cortes extranjeras, casándose de este modo con la hija del rey de Guesur (2Sam 3,3; lCrón 3,2) y dándole a Salomón por esposa a la princesa ammonita Naama.
La actividad militar de David tuvo también una influencia provechosa para los fenicios, que pudieron desarrollar libremente su comercio marítimo. David mantenía con ellos buenas relaciones (2Sam 5,11; 1Crón 14,1).
6. GOBIERNO. El Estado davídico era una entidad muy compleja y heterogénea, que sólo mantenía unida la persona del rey y su ejército permanente. Se leen dos listas de funcionarios del reino de David (2Sam 8,15-18; 1Crón 18,14-17 y 2Sam 20,23-26). En la institución de los cargos, el rey se inspiró en el modelo de Egipto. Entre los funcionarios más importantes estaban el heraldo (mazkir) y el secretario o ministro de asuntos exteriores, que atendía a la correspondencia (sófer). También adquirió importancia el sacerdocio palatino (Sadoc y Ebiatar). El territorio de Palestina se dividió probablemente en provincias. El ejército, que tenía un comandante supremo, estaba formado por varios grupos mercenarios: la guardia personal del rey estaba constituida por extranjeros: cretenses y filisteos; igualmente el grupo selecto de los "valientes de David". Por el contrario, la milicia regular estaba compuesta por los hombres idóneos de Judá y de Israel, llamados a las armas con ocasión de las campañas militares. Las finanzas del Estado se alimentaban del botín de guerra, de los tributos de los pueblos vasallos y de las contribuciones de los ciudadanos. El censo tenía que servir para objetivos concretos militares y fiscales (2Sam 24). La peste que estalló durante esta iniciativa, inaudita en Israel, fue considerada como un castigo por parte de Dios.
David instituyó las ciudades de asilo con la finalidad de limitar la venganza de sangre (Jos 20) y les asignó a los levitas ciertas ciudades particulares como residencia (Jos 21). El rey se mostró celoso por promover la fe de los padres, que representaba un elemento unificador de los diversos grupos que componían el Estado. No hay que excluir que respetase también la religión cananea. No llegó a construir el templo, pero comenzó el culto en torno al arca de la alianza trasladada a Jerusalén. En el terreno cultural, David favoreció también la poesía y la música.
7. REVESES FAMILIARES. Después de haber cometido el rey adulterio con Betsabé y de haber tramado la muerte de su esposo Urías (2Sam 11,2-16.26s), la fortuna dejó de sonreír al gran soberano de Israel. Tuvo ocho mujeres, que conocemos de nombre (iSam 18,27; 25,42s; lCrón 3,2ss), las cuales le dieron seis hijos en Hebrón (2Sam 3,2ss; lCrón 3,1-9) y trece en Jerusalén (2Sam 5,14; 1Crón 3,5-9; 14,4-7), más una hija, Tamar (1Crón 3,9). Tuvo además otros hijos de las concubinas (2Sam 5,13). El número de sus hijos y la complicada situación del Estado explican las frecuentes rivalidades y las graves crisis que atormentaron los últimos años de la vida de David. Amnón se enamoró de Tamar, hermana de Absalón, que fue seducida y violentada (2Sam 13,1-22). Para vengarse, Absalón tramó la muerte de Amnón y emprendió la huida (2Sam 13,23-29). Gracias a la intervención de Joab, Absalón volvió y se reconcilió con su padre (2Sam 14,21-33). Durante otra rebelión, Absalón se proclamó rey, y David tuvo que huir de Jerusalén con su ejército permanente (2Sam 15). En la sublevación de Absalón estaban también comprometidas las tribus del norte. Pero las tropas de Absalón fueron derrotadas, él mismo fue asesinado y David pudo entrar de nuevo en la capital. El rey lloró amargamente la muerte de su hijo rebelde (2Sam 19). Una nueva rebelión, capitaneada esta vez por el benjaminita Seba, opuso a las tribus del norte contra la de Judá. En la disputa entre Adonías y Salomón por la sucesión del trono, Salomón logró imponerse gracias al apoyo del profeta Natán y con la ayuda de los mercenarios de su padre y de su guardia personal. Al final de la vida de David, el reino empezó a bambolearse y después de la muerte de Salomón quedó dividido en dos.
8. EL HOMBRE. Desde muchos puntos de vista, David fue una personalidad excepcional. Fue en primer lugar un valiente e indómito guerrero, un conquistador afortunado, un astuto político que supo aprovecharse en cada momento de la situación, un prudente organizador del Estado, sobre todo en los primeros tiempos de su reinado, y un sabio administrador de la justicia. De ánimo generoso, se mostró siempre fiel con los amigos hasta ser realmente cariñoso con ellos, como demuestra su actitud con el hijo de Jonatán y con el propio Jonatán cuando murió. Se mostró condescendiente con sus hijos hasta la debilidad; no supo castigar debidamente a Amnón, perdonó el fratricidio a Absalón, sin tomar con él las debidas precauciones. Por el contrario, David fue cruel con sus opositores, haciendo que desapareciera la descendencia de Saúl, diezmando a los moabitas y provocando la muerte de Urías. Fue un hombre religioso según el modelo de la época: de piedad sincera, recurría a la oración y a los consejos de los hombres de Dios, como Gad y Natán. Llegó incluso a aceptar verse expulsado del trono por temor a oponerse a la voluntad de Dios (2Sam 15,25s). Hizo penitencia por sus pecados aceptando las sugerencias del profeta Natán (2Sam 12,15-25). Mostró también una actitud penitente con ocasión del censo (2Sam 24,17). No hemos de excluir que compusiera él mismo salmos en honor del Señor.
Con el correr de los tiempos se fueron olvidando los defectos de David y este rey se convirtió en el rey ideal de Israel, profundamente humano y totalmente entregado al servicio de Dios. Así nos presentan su figura el libro de las Crónicas y el Sirácida (Si 47,1-11).
III. LA ALIANZA DAVÍDICA. El punto culminante de toda la tradición relativa a David es la promesa divina que se le hizo a él y a sus sucesores sobre el gobierno del pueblo de Israel. Podemos leerla en 2Sam 7,1-17 como coronación de las victorias obtenidas por el gran rey; además esta promesa se recoge también en 1Crón 17,1-15 y en el Sal 89,20-38.
1. TEXTO. Los textos de las Crónicas y del Salmo parecen ser relecturas más recientes del texto de 2Sam. Pero incluso este último pasaje contiene diversos indicios de elaboración redaccional, sobre todo deuteronomista. No obstante, es opinión general entre los autores que esta perícopa contiene un núcleo esencial que se remonta a la época de David y que fue pronunciado cuando el rey estaba pensando en erigir un templo al Señor. En aquella ocasión el profeta Natán tomó postura frente a la iniciativa del rey en nombre de Dios. Después de una primera respuesta positiva, el profeta le informó al rey que la construcción del templo no habría sido del gusto de un Dios que durante siglos había estado habitando en una tienda, sin haber pedido nunca la construcción de una residencia permanente (2Sam 7,1-7). Sin embargo, lo mismo que había hecho hasta ahora, también en el futuro el Señor recompensaría a su siervo David, concediéndole la victoria sobre sus enemigos y haciendo famoso su nombre. El pueblo de Israel gozaría de paz, de estabilidad y de libertad frente a sus enemigos. Después de la muerte de David, el trono permanecería estable, ya que quedaría asegurada la sucesión continua de la descendencia real davídica (2Sam 7,8-15). El Señor miraría con especial benevolencia a la casa de David, portándose con ella como un padre. Si los descendientes llegasen a fallar, serían castigados como los demás hombres, pero con moderación; sin embargo, este castigo no llegaría nunca a privar de la dignidad real a la descendencia davídica, haciéndola pasar a otra dinastía. Puesto que "tu casa y tu reino subsistirán por siempre ante mí, y tu trono se afirmará para siempre" (2Sam 7,16).
2. CONTEXTO DE /ALIANZA. Aunque en el oráculo de Natán no aparece el término de alianza, sin embargo están presentes en él algunos detalles que confieren a la promesa divina la forma de un pacto. En dos ocasiones se le otorga a David el título de "siervo" (2Sam 7,5.8), que significa vasallo, sometido al soberano. El rey y la dinastía son objeto de la benevolencia (hesed) divina, término técnico de la alianza (2Sam 7,15). La promesa se presenta de una forma que corresponde a las cláusulas de un tratado de alianza: recuerdo del pasado, estipulación relativa al porvenir, cláusulas anejas. Al recibir el rito de la unción real (1Sam 2,4; 5,3; 2Re 23,30), David se convierte en vasallo de Yhwh, es decir, en su lugarteniente, encargado de establecer el reino de Israel, de mantener al pueblo en la condición de aliado del Señor y de obtener el favor de su Dios.
La promesa hecha a David no abroga la alianza del Sinaí, sino que la precisa y la completa, centrándola en la dinastía davídica. Como vasallo del Señor, el rey asegura al pueblo el derecho y la justicia de su Dios, le procura estabilidad y bienestar. La casa davídica recibe una misión, en la que se realizan los bienes mesiánicos. En este sentido la dinastía se convierte en la portadora de la esperanza mesiánica. La institución monárquica pasa a ser un organismo de gracia, un canal de salvación. Por medio de ella Dios lleva a su cumplimiento el destino de Israel, puesto que la feliz subsistencia del pueblo está ligada a la permanencia de la monarquía. La idea mesiánica llega de este modo a asumir la forma de un reino presidido por un rey establecido por Dios.
3. PROFUNDIZACIÓN. El oráculo de Natán fue releído y profundizado en el mismo libro de Samuel (2Sam 23,5) y en el de los Reyes (1Re 2,12.45.46; 8,22ss; 9,5; 11,36; 15,4; 2Re 8,19). Fue igualmente comentado en los salmos 89 y 132: la promesa queda colocada expresamente dentro del marco de las antiguas tradiciones anfictiónicas de Israel. Los salmos reales, en los que se exalta la figura del rey davídico, su papel de garantía de la justicia (Sal 45; 72), su filiación divina (Sal 2; 110), se inspiraron en el texto de 2Sam 7.
La idealización del monarca, ya en acto en el Salterio, es recogida y ampliada por los profetas sucesivos. Su mirada se dirigirá no tanto a la sucesión de cada uno de los reyes davídicos, sino más bien a la de un descendiente extraordinario, a la de un rey único y definitivo, que llevará a cumplimiento de forma eminente la función de la dinastía davídica, dentro de un contexto escatológico (Is 9,1-6; 11,1-9; Miq 5,1-5; Jer 23,5s; Zac 9,9s) [t Mesianismo III].
BIBL.: AMSLER S., David, Roi et Messie, Delachaux, Neuchátel 1963; BOTrERWECK G.J., Zur Eigenart der chronistischen Davidsgeschichte, en "Theologische Quartalschrift" 136 (1956) 402-435; BRUEGGERMANN W., David and his Theologian, en "CBQ" 30 (1968) 156-181; CALDERONE P.J., Dynasty Oracle and Suzerainty Treaty, 2Sam 7,8-16, Loyola House of Studies, Manila 1966; CARLSON R.A., David, the Chosen King. A Traditio-Historical Approach to the Second Book of Samuel, Almqvist, Upsala 1964; GESE H., Der Davidsbund und die Zionserwiihlung, en "ZTK" 61 (1964) 10-26; NOTH M., David and Israel in II Samuel 7, Mélanges Bibliques A. Robert, Bloud et Gay, París 1957, 188-229; RosT L., Die Ueberlieferung von der Thronnachfolge Davids, Beihefte zur Wissenschaft vom A. und N.T. 3/42, Kohlhammer, Stuttgart 1926; SOGGIN A., Das Kdnigtum in Israel, Beihefte zur ZAW 104, T6pelmann, Berlín 1967; ID, The Reign of David: Israelite and Judean History (ed. J.H. Harvey-J.M. Miller), Fortress Press, Filadelfia 1977, 343-363; WHYBRAY R.N., The Succession Narrative. A study of II Samuel 9-20 and I kings 1 and2, SCM Press, Londres 1968; WORTHWEIN E., Die Erzdhlung von der Thronnachfolge Davids, Theologischer Verlag, Zurich 1974.
S. Virgulin

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